Un lugar en el mundo

miércoles, 17 de octubre de 2007

Existe un lugar en el mundo donde no se conocen el odio, el rencor, la envidia, los prejuicios, las injusticias, la tiranía, la violencia ni la ira.

Existe un lugar en el mundo en el que nadie intenta manipularte impunemente, haciendo de tu voluntad un mero juguete en sus manos.

Existe un lugar en el mundo en el que no es necesario utilizar máscaras. Un lugar donde se puede ir con la verdad por delante sin miedo a ser apartado, incomprendido o rechazado.

Existe un lugar en el mundo donde el silencio no es incomodo; donde no son necesarias las traicioneras palabras para expresar sentimientos o ideas.

Existe un lugar en el mundo libre de lujuriosos pensamientos y de ridículas tentaciones. Un lugar apartado del perturbador ruido de las masas enfervorecidas que alientan los más bajos instintos animales.

Existe un lugar en el mundo en el que amar es lo natural, la compasión es innata y la solidaridad, impuesta por ley.

Existe un lugar en el mundo que está más allá de los sueños, lejos de todo lo imaginable, lindando con el infinito cielo y a la derecha del paraíso.

Existe un lugar en el mundo que no precisa de gobiernos ni de gobernantes, de jefes ni de súbditos, de discípulos ni maestros, de banderas ni de abanderados.

Existe un lugar en el mundo en el que cada cual es libre de hacer con su vida lo que le dé la gana; en el que nadie se atreverá a conducir tus pasos por otro sendero que no sea el que tú has elegido.

Existe un lugar en el mundo en el que siempre llueve a gusto de todos. Un lugar donde el sufrimiento y el dolor pueden ser detenidos con sólo una orden.

Existe un lugar en el mundo donde las apariencias están constantemente guardadas; donde cada cual es lo que muestra y lo que ves es lo que hay.

Existe un lugar en el mundo imposible de ser invadido, ya que a nadie se le niega nada y todo el mundo es bien recibido.


Este lugar está más cerca de lo que crees. Este lugar está en tu interior; para acceder a él tan sólo tienes que lanzarte sin paracaídas al abismo de tu mente y zabullirte sin oxigeno en el océano de la conciencia. Si logras traspasar estas dos barreras infranqueables para el común de los mortales, tu recompensa será la dicha eterna, la paz perpetua y la completa desaparición de los dos grandes enemigos: el miedo y la soledad. Una vez allí, y sólo allí, podrás decir que eres verdaderamente libre.

Allí nos veremos.

Tan sólo una historia

lunes, 15 de octubre de 2007

Extraído de La cruda realidad, por la Divina Providencia
Le conocí hace unos veinte años aproximadamente. Digo “le conocí” y no “nos conocimos” porque así es como fue realmente; por aquella época yo era prácticamente invisible, así que resultaba bastante difícil percatarse de mi presencia, mucho menos conocerme. En cambio con él ocurría todo lo contrario: estaba constantemente rodeado de tal aura de grandiosidad, que era imposible no verse irradiado de alguna manera por su perfecta e impoluta existencia.
Es algo mayor que yo, de ahí que estuviera un curso por encima mía en el Instituto. Pero eso daba igual, como ya he dicho, él estaba por encima de todos, era admirado y envidiado por cada alumno del centro, sin importar que fuese más o menos veterano; ¡qué digo, si hasta los mismos profesores le rendían pleitesía! Por supuesto, mi caso no era diferente; tenía todo lo que a mí me faltaba, que no era poco. Era popular, parecía simpático, buen deportista, poseía un físico imponente, no le faltaban comentarios graciosos y oportunos, nunca se encontraba solo,... En definitiva, era el compañero que todo el mundo quería tener, a pesar de que, a su lado, siempre corrías el peligro de que te humillara en público haciéndote quedar como un estúpido delante de cualquiera, tan sólo por el puro placer de reírse un rato; pero era un riesgo que merecía la pena asumir, todo fuera por intentar contagiarse un poco de su grandiosidad y elocuencia infinita. Tengo entendido que no era muy buen estudiante, pero eso, ¿a quién le podía importar?
En fin, prosigamos con la historia. Una vez terminado el Instituto, me lo volví a encontrar unos años después en un curso impartido por el INEM para optar a un puesto de trabajo en una importante empresa multinacional. Ni que decir tiene que él no me reconoció o, al menos, no dio muestras de hacerlo. Por este tiempo, mi persona aún conservaba gran parte de la transparencia de antaño, así que tampoco le di mucha importancia al hecho de que ni tan siquiera me dirigiera una simple mirada de complacencia, mientras él seguía como siempre acaparando la atención de todos y de todas con su incuestionable simpatía, su extrovertido carácter dicharachero y su agudo ingenio sin límites.
Durante los dos meses y medio que duró el curso, no hizo más que aumentar su popularidad entre todos los asistentes, profesores incluidos. Era el que más comunicativo se mostraba siempre, en todo momento tenía una respuesta oportuna que, aunque no fuera acertada, al menos era ocurrente; sus opiniones sentaban cátedra y eran asumidas mansamente por todo el auditorio, aunque sólo fuera por el temor que infundían sus denigrantes represalias sobre todo aquel que tenía la osadía de contradecirle; tenía además una habilidad increíble para salir airoso frente a cualquier situación, por muy comprometida que ésta fuese. Por lo dicho, de todos era sabido que sería uno de los primeros en acceder al puesto de trabajo que tanto anhelábamos los demás y para el que tanto nos estábamos esforzando. Para él, por el contrario, parecía cosa de coser y cantar; de nada importaba que alguien le soplara siempre las respuestas en los exámenes descaradamente o que no mostrase ningún respeto por algunos de sus compañeros menos populares. Para ser el favorito de los profesores lo único necesario era hacerlos reír a cada momento y darles un poco de charla de vez en cuando diciéndoles lo que querían escuchar, siempre con simpatía y buen humor, por supuesto, mientras que el resto teníamos que partirnos la cara estudiando e intentando parecer perfectos y brillantes aun en las situaciones más adversas.
Y efectivamente ocurrió lo que ya sabíamos: poco después de terminar el curso lo avisaron de la empresa y entró a formar parte de la misma sin ningún problema. Yo aprobé todas las asignaturas con la máxima nota, pero de nada me sirvió; llegué a pensar que igual mi expediente también se había vuelto invisible. Al cabo de dos años me dio por enviar una carta al departamento de RR.HH. y tuve la enorme fortuna de que era un momento en el que la empresa necesitaba personal, así que me llamaron y, tras las pertinentes entrevistas, me incorporé a la plantilla.
Allí estaba él. Su glorioso hálito seguía brillando inconmensurablemente a lo largo y ancho de toda la planta. Tampoco en esta ocasión se le vio un gesto de cercanía o reconocimiento; ni yo lo esperaba, a pesar de trabajar muy cerca el uno del otro y de cruzarnos cientos de veces a lo largo de la jornada laboral. Hasta entonces creí haber superado mi larga enfermedad de la incorporeidad, pero al parecer, volví a recaer, llegando a temer incluso que ésta se volviese crónica. Me salvó el hecho de que, por entonces, yo había madurado un poco y pude observar que mi caso era uno más entre tantos otros, es decir, comprobé que no era el único al que esta persona parecía ignorar o ningunear, por no decir despreciar. Así que fui restándole importancia y dedicándome a lo mío. Afortunadamente no me faltaban compañeros con los que charlar amigablemente ni con los que pasar buenos ratos; gente como yo, sencilla, trabajadora, sin ánimo de grandeza ni complejo de superioridad.
Así transcurrieron algunos años, yo relacionándome laboral y amistosamente con mis iguales dentro de nuestro plano terrenal, mientras él continuaba paseando su incombustible aura por ese otro mundo, más cercano al Olimpo, donde sólo unos pocos privilegiados tenían acceso, y donde él, y sólo él, tenía la potestad de invitar o expulsar a quien le viniese en gana, sin otro motivo aparente más que su caprichosa voluntad.
En un principio, la empresa en la que trabajábamos, como empresa joven y extranjera que era, ofrecía a sus asalariados unos servicios sociales y una calidad humana fuera de lo común; éramos como una gran familia, donde nuestros jefes y superiores nos protegían y cuidaban como a sus propios hijos y nosotros, naturalmente, respondíamos con igual cordialidad y afecto, dándole a la empresa lo mejor de nosotros mismos (al menos la gran mayoría). Pero todo lo bueno acaba.
Y en el caso que nos ocupa, el anunciado fin llegó de la mano de nuestro protagonista. Sí, de ese mismo por el que tiempo atrás los gerentes de la empresa sentían tanto orgullo y admiración, llegándolo a coronar imaginariamente como hijo predilecto de nuestra gran familia. Ese mismo que todos los ingenieros se rifaban por tener en sus plantillas, al cargo de sus máquinas. El mismo al que todos habíamos anhelado parecernos en algún momento de nuestras insípidas existencias. Como digo, después de unos primeros años de bienestar y seguridad, tras transcurrir el tiempo necesario para poner a cada cual en su sitio, después de que nuestro protagonista hubiera perdido paulatinamente su aureola divina, una vez que quedara al descubierto su auténtica y única personalidad, aquella que sólo puede quedar oculta durante un tiempo prudencial; después de verse rodeado, sola y exclusivamente, por un pequeño puñado de incondicionales de su misma naturaleza; después de quedar sobradamente demostrada su total incompetencia, su acentuada caradura y su perenne desidia en el terreno laboral. Después de todo esto, a nuestro aburrido amigo se le ocurre la feliz idea de que la corporación necesita un comité de empresa que vele por los intereses de los desvalidos empleados, y, claro está, él era el único que podía llevar a buen término semejante cometido.
La tortilla dio la vuelta por completo. De ser el favorito, el preferido, el incuestionable pasó a convertirse en el grano más molesto para la dirección de la empresa. Pero ya era tarde; la ley lo amparaba y nada se podía hacer por evitarlo. De nuevo volvió a surgir de sus cenizas para volverse a convertir en el centro de atención de todos. Como ocurre siempre, hubo divisiones y, ya se sabe, donde se siembra división se recoge discordia. Como ya he dicho, esto supuso el principio del fin. Comenzaron las sindicalizaciones, las reuniones, los tiras y aflojas, las amenazas,... y se acabaron los tratos de favor, las risas, la tranquilidad,... Aunque todo esto pertenece a otra historia.
En la que nos ocupa, nuestro hombre no tardó en elevarse a la categoría de líder de los trabajadores, venerado por unos y odiado por otros, pero nunca indiferente. Tampoco tardó mucho en liberarse por completo de sus responsabilidades laborales para ocuparse plenamente en su nuevo cometido de liderazgo. Con el transcurso de los años se desligó por completo de la empresa para entrar a formar parte enteramente de la plantilla del sindicato, dejando al resto de compañeros en la situación actual de precariedad e inseguridad propia de cualquier empresa del sector.
También yo tuve la fortuna de poder librarme de semejante esclavitud, aunque por motivos bien distintos. La última vez que lo vi fue en la televisión (ya sabía yo que legaría lejos), en una de esas cadenas locales que tanto proliferan a día de hoy; hablaba en representación de su sindicato sobre algunos problemas que estaban teniendo en otra empresa cercana. Se le veía más gordo y envejecido, aunque, como siempre, seguro de sí mismo y con cara de saber perfectamente de lo que estaba hablando. Me alegré de que las cosas le fueran bien, si bien, ya no despertó en mí ningún sentimiento de envidia, ni de admiración, más bien todo lo contrario. Comprendí que antes de condenar o elevar a los altares a nada ni a nadie es conveniente dejar actuar al sabio e implacable juez del tiempo que, como siempre, se encargará de dar a cada cual lo que le corresponda o de quitar lo que le sobre. Por mi parte, estoy muy satisfecho del transcurrir del mismo y me alegro enormemente de no haberme esforzado más en parecer lo que no soy, y nunca seré.
Moraleja: ¡Y yo qué sé! Invéntensela ustedes, hagan algo; mi creatividad tiene un límite.

Un hermoso sueño

miércoles, 3 de octubre de 2007

Abro los ojos; de nuevo es el alborotador piar de los gorriones en la ventana el que me extrae del mundo de los sueños para devolverme al de las ilusiones. Al tiempo que me desperezo, pienso en lo alegres que se muestran todos estos pajarillos cada mañana, a juzgar por la algarabía con que me despiertan al amanecer; es como si todos los días celebrasen el nacimiento del sol por primera vez. O por última, quién sabe; quizás ellos lo sientan así y crean que hay motivos bien fundados para recibir cada día como si fuera uno especial; un día más de vida en este maravilloso y mágico lugar del Universo que nos ofrece gratuitamente todo cuanto necesitamos para ser dichosos. Concluyo diciéndome que igual hasta tienen razón.
Salgo al exterior. Una mañana preciosa; la ardiente esfera del sol ya empieza a emerger de las profundidades del basto océano que se abre ante mis ojos, allá por la difusa línea del horizonte, dándole a las pacíficas nubes ese extraño aspecto de brazas incandescentes que tanta curiosidad me suscitan cuando las observo.
Estiro un poco mis entumecidos músculos admirando la grandeza del paisaje con que el mundo me da la bienvenida, después de haberme refrescado en las tranquilas aguas del riachuelo junto al que habito. La frialdad del agua tensa mis músculos y me templa los nervios, aclara la mente y serena el espíritu. Ya estoy listo para afrontar un nuevo e impredecible día.
El ejercicio me ha abierto el apetito. Salgo al campo a ver lo que me ofrece hoy. En esta época del año se dan una uvas grandes como huevos de codorniz y tan dulces que más bien parecen néctar de los dioses; también encuentro algunas naranjas ya maduras que me tientan con un exuberante aspecto de estar bien repletas de jugoso zumo; después de tantos meses sin probarlas, me rindo ante el estimulante señuelo y cojo un par de ellas.
Tras un desayuno tan nutritivo, lo mejor es dar un buen paseo por el interior del bosque, antes de que la temperatura aumente y ahuyente la refrescante humedad de la noche. Me encanta este intenso olor a tierra mojada con que el rocío impregna el aire que respiro conforme van transcurriendo mis pasos entre la frondosidad de estos árboles. Pinos, robles, hallas, castaños, multitud de diferentes variedades de helechos, todos en su máximo esplendor y en perfecta armonía, conforman un espectáculo de lo más colorido y agradable a todos los sentidos. El alegre canto del ruiseñor, el incesante corretear de las laboriosas ardillas entre las ramas, el ulular de la suave brisa penetrando por cada resquicio de cada árbol, el persistente repiqueteo del pájaro carpintero desde lo más profundo del bosque, un ligero movimiento del algún avisado cervatillo oculto en la espesura, el hipnotizador murmullo del agua saltando sobre las piedras en la ribera del río...; mientras camino, abro al máximo mi instinto primitivo para captar y percibir en toda su pureza el más nimio detalle que la Naturaleza pone al alcance de mis sentidos. Al mismo tiempo, cierro mi mente a todos los pensamientos tóxicos y contaminados que puedan aparecer sin avisar previamente. No permito que nada enturbie esta correspondida relación de amor y respeto existente entre el bosque y yo.
De regreso, me cruzo con algunos vecinos a los que saludo amigablemente; nos tratamos poco, pero sé con seguridad que puedo contar con ellos cuando lo necesite. Por supuesto, también ellos saben que aquí estaré yo siempre que lo precisen. La presencia cercana de congéneres me da seguridad y confianza, sobretodo si no se inmiscuyen en mi intimidad ni intentan apoderarse sin necesidad de mi preciado tiempo.
De nuevo en la serenidad del hogar. Mi amigo el sol se encuentra ya en todo lo alto y calienta que da gusto. Va siendo hora de que me gane el sustento, así que agarro mi primitiva caña de pescar fabricada con madera de fresno y me dirijo al lugar acostumbrado; una gran piedra situada bajo la refrescante sombra de un centenario roble que crece a orillas del río, es el mejor lugar para hacer buenas capturas. De nuevo estas próvidas aguas vuelven a ser generosas conmigo y recompensan mi paciencia con un par de hermosas truchas, suficientes para un buen almuerzo. De regreso a casa me hago también con algunas granadas maduras que me encuentro por el camino. Hoy la comida será de lujo. No puedo olvidar tampoco recoger algo de forraje seco para encender la lumbre con la que cocinar el sabroso pescado.
No hay nada como un merecido descanso para digerir los alimentos consumidos. La paja seca que cubre el tejado del chozo proporciona una frescura a la estancia que me permite conciliar un breve y reconfortante sueño.
El reparador reposo me ayuda a afrontar lo que resta de día con una mayor vitalidad y un vigor a prueba de bombas. La tarde se presenta cálida y serena, así que me dirijo hacia la cercana playa con paso resuelto y el ánimo desbordado. De camino me aprovisiono de la fruta fresca que me van ofreciendo gratuitamente los árboles que ante mí se presentan; la tarde será larga, y un tentempié nunca viene mal; además, la experiencia me dice que el agua de mar y el contacto de la fina arena bajo mis pies desnudos, forman una combinación perfecta para abrir el estómago a cualquier alimento que se le eche. Cargo también con los utensilios necesarios para fabricar algunos dardos con los que cazar conejos y pequeños venados; me van quedando pocos y, además, me servirá de distracción en esta apacible tarde.
Tumbado sobre la arena, con la piel aún húmeda y cubierta del saludable salitre, reflexiono profundamente contemplando el ancho y despejado cielo, mientras nuestra estrella amiga va tomando su camino de vuelta a casa, perdiendo intensidad y ardor conforme se acerca a las escarpadas cumbres que se levantan al otro lado del mundo, y tras las cuales terminará desapareciendo, cediendo su lugar por unas horas a su hermana menor, la luna. Pero antes de que eso ocurra aún tengo tiempo para pensar en lo afortunado que soy al pertenecer a una tierra que nunca me desampara y que me acoge en su seno desinteresadamente, a cambio sólo de un mínimo respeto y una juiciosa sumisión. Un precio insignificante frente al incomparable regalo de la vida.
Vuelvo a casa justo para presenciar de nuevo el inconmensurable espectáculo del cielo encendido en llamas sobre las altas montañas que se elevan en los confines de la tierra conocida. Por más que se reitere un día tras otro, nunca dejará de fascinarme.
Ceno algo ligero, que no me perturbe el necesario descanso nocturno, a la vez que contemplo la inmensidad del firmamento estrellado. Poco después, me meto en la cama con la mente tranquila y en calma, y el espíritu reposado y feliz dispuesto a sumergirme en un profundo y agradable letargo...
¡DESPIERTA, DESPIERTA! Sólo era un hermoso sueño.

Interioridades

Infranqueable muro que se levanta tras mis ojos,
hacia ti va dirigida esta oda.
Mantente firme ante el enemigo tembloroso;
que, aunque cobarde y traicionero,
es persistente y mentiroso.

No te doblegues a sus falsas palabras;
no desfallezcas ante su inquina mirada;
no permitas que penetre su hedor nauseabundo;
no te ablandes frente a su tenaz estocada.

De tu fuerza pende mi calma;
mi serenidad reposa tras tus piedras;
tu tenacidad es vital para mi alma;
tu rendición sería mi muerte.

El paraíso resplandece en el bendito silencio;
entre la crepitante multitud conspira el diablo;
en tu refugio encuentro la paz;
tu fortaleza es mi esperanza.

Cuando el fatal destino caiga sobre ti,
olvida mis pretenciosas ansias de vivir,
no me engañes con astutas palabras,
y déjame morir.
Sí, ya sé que no es muy buena, pero, compréndanlo, es mi primer intento de crear algo que suene más o menos bien. Supongo que las siguientes saldrán mejor (si es que las hay), aunque algo me dice que la poesía no es lo mío.

Diferencias entre un líder y un presidente

lunes, 1 de octubre de 2007

  1. El líder nace. El presidente ni tan siquiera se hace.
  2. El líder lo será mientras así lo requiera su pueblo. El presidente tiene fecha de caducidad.
  3. El líder necesita carisma para serlo. El presidente, votos.
  4. Al líder sólo lo mueven intereses de supervivencia. El presidente, si no cobra un buen dinero, dirá: “que gobierne otro”.
  5. El líder permanecerá al frente de su pueblo mientras tenga una causa por la que estar ahí. El presidente, en cambio, ya se encargará de sacarse causas de la manga para parecer necesario.
  6. El líder es siempre el más sabio y capaz entre toda su gente. El presidente es sólo uno más, y a veces ni eso.
  7. El líder está al servicio de su pueblo. En el caso del presidente, es el pueblo el que está a su merced.
  8. El líder no elige serlo, es su naturaleza la que lo destina a tal fin. El presidente es capaz de hacer lo que sea para ser el más votado, incluso mentir, exagerar, tergiversar, calumniar, etc.
  9. El líder debe demostrar su capacidad de liderazgo antes de ser elegido como tal. Al presidente se le exige una vez que ya ha sido elegido.
  10. Al líder nadie se le opone, porque todos saben que el pueblo está con él. El presidente tiene que enfrentarse continuamente a una dura oposición, ya que su pueblo siempre está dividido.
  11. Un líder será siempre un líder, aunque no tenga el poder. Un presidente sin poder no es nadie.
  12. Un líder no necesita prosélitos ni acólitos, todo su pueblo le rinde pleitesía. El presidente, por el contrario, no será nadie sin su cohorte de súbditos interesados; ni tan siquiera será capaz de pronunciar unas palabras sin que alguien se las escriba con anterioridad.
  13. El líder escucha la voz de su pueblo, sin esconderse tras de nadie. El presidente sólo atiende a sus consejeros y allegados.
  14. El líder no necesita hablar al pueblo, ya que todos le conocen. El presidente puede ser un completo desconocido, de ahí que necesite darse a conocer arengando a las masas.
  15. Al líder sólo le preocupa el futuro de su gente. La primera prioridad de un presidente será siempre su próxima candidatura.
  16. El líder tendrá siempre su propia vida, al margen del poder. El presidente ejercerá de gobernante las veinticuatro horas, para guardar las apariencias.
  17. El líder alterará lo menos posible la vida de sus conciudadanos, pasando desapercibido siempre que pueda. El presidente debe hacerse notar en todo momento, para así justificar su elección.
  18. El líder sólo hará acto de presencia cuando así lo requiera la situación. Al presidente lo tendremos hasta en la sopa.
  19. El líder escucha las quejas de su gente, y si no puede satisfacerlas, cede su lugar a otro más capacitado. El presidente, una vez elegido, elude en lo posible escuchar quejas y reclamaciones y, por supuesto, jamás renunciará a su cargo.
  20. Un líder siempre persigue un fin determinado, en tiempos de guerra: la victoria de su pueblo; durante la paz: estabilidad y prosperidad. Al presidente sólo le preocupa el quedar bien ante los demás.
  21. Los líderes cambian conforme cambia la situación del país: cuando haya que luchar, el líder será el guerrero más fuerte y valeroso; si se necesita prosperar, será el más hábil e intransigente de los negociadores; en tiempos de paz y bienestar, se escogerá como líder al más sabio de los filósofos. Al presidente se le elige sin tener en cuenta la situación del país y las capacidades de éste para hacer frente a la mencionada situación, y, como ya se ha dicho, el presidente jamás admitirá su inaptitud frente a determinadas circunstancias.

Conclusión:
Un buen equipo de gobierno no debe de ser ni de izquierda ni de derecha, por el contrario, debe actuar conforme la situación lo requiera. Por ejemplo, en épocas de crisis, los dirigentes deberían hacer una política de derechas, dura e inflexible, necesaria para sacar a flote al país. En cambio, si la situación es de prosperidad y desarrollo, la administración tendría que ser más bien de izquierdas, promulgando una política social y populista donde se mantuviese a casi todo el mundo contento. Es decir, si las arcas públicas están repletas, lo normal sería repartir entre los más necesitados, pero si no es así, habrá que hacer caja con pocos miramientos para preservar el futuro de la nación, le duela a quien le duela.

Por consiguiente:
Desde este aislado rincón del ciberespacio confieso públicamente que no volveré a votar en unas elecciones hasta que no identifique entre algunos de los candidatos a un verdadero líder (cosa bastante difícil, por no decir imposible). Prometo que seguiré ejerciendo mi legítimo derecho a la abstención (ya que es lo que más les fastidia a todos los políticos por igual) mientras no aparezca un candidato que sea capaz de admitir un error propio (o de su partido) o un acierto del contrario, que no se dedique casi exclusivamente a insultar y calumniar a los oponentes, o que no se oponga a todo lo que propongan el resto de partidos.
Sé que muchos me reprocharán esta actitud aparentemente pasiva, pero, sinceramente, creo que es la más provechosa de todas; cuando se hace el escrutinio, siempre se hace hincapié en el porcentaje de abstenciones, nunca en el del voto en blanco, que, por otro lado, sólo sirve para beneficiar al que obtiene la mayoría; la mala prensa que se le da a la abstención viene precisamente de aquellos a los que menos les interesa que se produzca, es decir, de los políticos; si no estamos conformes con ninguno de ellos, lo mejor es atacarles dónde más les duele. Por otro lado, me comprometo públicamente a votar sin ningún miramiento al aspirante que muestre algunas de las características expuestas, sea de la ideología que sea su partido.
Me temo que permaneceré mucho tiempo sin visitar las urnas.

Perlas de Sabiduría

Versículos extraídos del Tao Te Ching, de Lao Tse.

· En el mundo todos saben que lo bello es bello, y de ahí conocen qué es lo feo, que lo bueno es bueno, y de ahí lo que no es bueno. El ser y no ser mutuamente se engendran. Lo fácil y lo difícil mutuamente se hacen. Lo largo y lo corto mutuamente se perfilan. Lo alto y lo bajo mutuamente se desnivelan. El sonido y su tono mutuamente se armonizan. Delante y detrás se suceden.
· Por eso, el hombre perfecto se aplica a la tarea de no hacer nada y de enseñar callando.
· Hace los diez mil seres. Nada rehúsa. Los engendra sin adueñarse de ellos. Los hace y no se apoya en ellos.
· Hecha su obra, no se queda con ella. No se queda con ella, pero tampoco se ausenta de ella.

· No estimar en mucho los talentos para que en el pueblo no haya competiciones. No valorar en mucho los objetos costosos para que el pueblo no se haga ladrón. No ver lo codiciable para que el corazón no se alborote.
· Así, el santo vacía los corazones y llena los estómagos, debilita los deseos y robustece los huesos, siempre procura que el vulgo no sepa para que no ambicione.
· Hace que los más inteligentes no se atrevan a actuar. Con el no obrar, nada hay que no se arregle.

· Largo es el Cielo, duradera es la Tierra. El Cielo su largura y la Tierra su duración lo deben a no vivir vida propia. Por eso pueden vivir mucho (el Cielo y la Tierra son meros trasmisores del ser o de la vida y a eso deben el no agotarse y poder durar. El sabio imita ese desinterés y se prodiga. No vive con egoísmo para sí sólo. Es un canal de vida y sabiduría que más recibe cuanto más da).
· Así, también el varón santo, posponiéndose, se antepone. Descuidándose, se conserva. ¿No es, pues, verdad que su carencia de personales intereses resulta ser la causa de sus realizaciones positivas?

· La Bondad Superior es como el agua.
· El agua es buena y beneficia a los diez mil seres. No porfía. Está donde los demás aborrecen estar (lugar bajo).
· Así, quien está cerca del Tao mora en la Bondad. Su corazón ama la profundidad y la caridad. Sus palabras aman la sinceridad. Su gobierno ama el orden. En sus quehaceres ama la competencia. En su actuación ama la oportunidad. No hay queja contra él, porque él con nadie porfía.

· Treinta radios lleva el cubo de una rueda; lo útil para el carro es su nada (su hueco).
· Con arcilla se fabrican las vasijas; en ellas lo útil es la nada (de su oquedad).
· Se agujerean puertas y ventanas para hacer la casa, y la nada de ellas es lo más útil para ella.
· Así, pues, en lo que tiene ser está el interés. Pero en el no ser está la utilidad.

· Los cinco colores ciegan la vista. Los cinco sonidos ensordecen los oídos. Los cinco sabores estragan el gusto. Las carreras y la caza enloquecen los corazones. Los objetos costosos pierden al hombre.
· En consecuencia, el varón santo trabaja para los estómagos, no para los ojos.
· Aparta aquello y toma esto.

· Favor y deshonra son para la persona causa de inquietudes. Dignidades y grandezas son sus calamidades.
· ¿Por qué el favor y la deshonra son para la persona causa de inquietudes? Lograr el favor es, para un inferior, inquietud; perderlo es también inquietud. De ahí que favor y deshonra son para la persona causa de inquietudes.
· ¿Por qué las dignidades y las grandezas son calamidades de la persona? Porque la causa de las grandes calamidades es poseer personalidad propia. Si no tuviera esa su personalidad, ¿qué calamidad podría afectarle?
· De ahí que a quien puede estimar a todo el mundo como a su propia persona se le puede confiar el mundo. A quien ama al mundo como a su propia persona se le puede encomendar el gobierno del mundo (el particularismo es división y disgregación. El Tao es la Unidad y la armonía).

· Quien siendo turbio puede aclararse se aclarará lentamente con el reposo. Quien es capaz de permanecer quieto en medio del movimiento duradero podrá vivir en calma.
· Quien guarde este Tao (esta sabiduría) no deseará llenarse (de cosas), y sin llenarse podrá seguir con lo viejo sin renovarlo.

· Cuando faltó el Tao, vinieron la caridad y la justicia. Con los talentos y los ingenios vinieron las grandes falsificaciones.
· Cuando se perdió la armonía entre los seis parentescos (padre, madre, hermano mayor, hermano menor, esposa, hijos) se inventaron la piedad y el amor filial.
· Para remediar las revueltas de la nación se inventó la fidelidad del súbdito.

· Eliminad los sabios, desterrad los ingenios y aprovechará cien veces más el pueblo.
· Suprimid la caridad, abolid la justicia y el pueblo volverá a su piedad y amor filiales.
· Descartad las habilidades, suprimir el lujo y no habrá bandidos ni ladrones.
· Estas tres cosas no son sino adornos inútiles.
· La solución depende de otra cosa: mirar lo sencillo y natural (no pintado) y abrazar el tronco no trozado. Reducir egoísmos y disminuir ambiciones.

· Todos andan sobrados, yo estoy como olvidado. Mi corazón, cual el de un estúpido, está caótico. Todos brillan, yo parezco estar en tinieblas. Los demás andan atentos y activos, sólo yo languidezco. Perdido y sin paradero, cual viento en alta mar. Todos andan ricos, sólo yo me obstino en parecer un harapiento.
· Yo soy diferente de todos los demás, porque yo aprecio a la Madre Nutricia (el Tao).

· Lo encorvado se endereza, lo torcido se rectifica, lo hueco se llena, lo viejo se renueva, lo poco se logra, lo numeroso se embrolla.
· Por eso el varón santo, que se abraza a la Unidad, es la regla del mundo. Luce porque no aparece. Brilla porque no se estima. Realiza su obra porque no se empeña. Crece porque no se cuida. Nadie le disputa nada porque él con nadie contiende (Brilla y triunfa porque no lo pretende).
· ¿Es, acaso, falsa la sentencia de los antiguos: «Lo encorvado se endereza»? Resulta del todo verdadera.


· El buen corredor no deja huellas. El buen hablador no se equivoca. El buen contable no necesita fichas. El buen cerrajero no encuentra cerrojo que no pueda abrir. Para el habilidoso en hacer nudos, no hay nudo desatable.
· Así, el varón santo es siempre hábil en salvar al prójimo; a nadie desampara. Siempre bueno en remediar a todos los seres, no hay ser que abandone.
· Se dice que está vestido de la luz. Por eso, el hombre bueno no se tiene por buen maestro; el hombre no bueno tiene por buenas las riquezas del prójimo. No estimar el magisterio, no amar los dineros ajenos, aparecer ignorante siendo sabio, es la más alta maravilla.

· Quien queriendo conquistar el Imperio (el mundo) se pone a trabajar para lograrlo, a mi parecer, no lo logrará. El Imperio es utensilio muy extraordinario. No se le puede manejar. Si te pones a manejarlo lo estropearás. Cogerlo es perderlo.
· Porque las cosas unas marchan delante, otras les siguen detrás; unas respiran suavemente, otras soplan fuerte; unas son robustas, otras débiles; unas duran, otras caen.
· Por esto, el santo se cuida sólo de cortar demasías, de quitar lo pródigo, de podar lo exuberante.

· Los que con Tao asisten a los soberanos no deben, con armas, violentar el mundo. Las cosas fácilmente se trastruecan. Donde acamparon los ejércitos nacen las zarzas, y tras las tropas, inevitablemente, vienen años de hambre.
· Lo mejor es contentarse con los frutos espontáneos, sin pedir más. No arrebatar nada a la fuerza. Sólo el fruto, sin urgir más; el fruto, sin más empeñarse, sin encapricharse. El fruto, y aún éste a no poder más. El fruto sin forzar más.

· Las buenas armas son instrumentos nefastos, cosas aborrecibles. El hombre que tiene Tao no se vale de ellas.
· Para el señor la izquierda es el puesto de honor. Para el militar, que lleva armas, la derecha es el puesto de honor. Las armas son instrumentos nefastos; no son propias de perfectos caballeros. Se usan a no poder más. La paz sencilla es superior. La victoria de las armas no es hermosa. Sólo quien goza en el crimen la estima hermosa. Los propósitos de los que gozan en el crimen no pueden prevalecer en el mundo.
· Para lo fausto, el puesto de honor es la izquierda y la derecha para lo nefasto. En la milicia, el jefe segundo ocupa el puesto de la izquierda y el primero el de la derecha. Quiere decir que se guarda el ritual de los funerales. El que ha matado a muchos debe llorar. Para la victoria de las armas rige el ritual de los funerales.

· Sabio es quien conoce a los hombres y clarividente quien a sí mismo se conoce. Tiene fuerza quien vence a otros, pero sólo es fuerte quien a sí mismo se vence. Rico es quien sabe contentarse con lo que posee. Hombre de carácter y voluntad es quien obra con energía.
· No perder la posición que se tiene es durar; morir y no acabar es longevidad.

· Al pasajero le detiene la música y los manjares. El Tao, en cambio, es insulso y sin sabor cuando sale de la boca. No es vistoso a la vista, no es agradable al oído, pero su utilidad es inagotable.

· A la contracción precede necesariamente la expansión. A la blandura (debilidad) precede la dureza y la fuerza. A la ruina precede la prosperidad. Al quitar precede el dar. Esto se llama evidencia oculta: que lo tierno y blando vence lo duro y fuerte.

· Así, pues, perdido el Tao, comenzó a actuar su Te (su Virtud). Perdida la Virtud, le sustituyó el Amor, jen. Perdido el Amor, se echó mano de la Justicia. Perdida la Justicia, se quiso sustituirla por la Cortesía. Pero la Cortesía es poca fidelidad y poca confianza, y comienzo de los disturbios. La ciencia o el conocimiento de estas virtudes es sólo flor del Tao y comienzo de la estupidez.
· Por eso, los hombres grandes se aplican a cosas de más monta, dejando esas pequeñeces. Se quedan con el fruto y dejan las flores. Renuncian a aquéllas y se quedan con éstas.

· El hombre superior oye el Tao y lo practica con diligencia. El ordinario oye el Tao y lo practica con titubeos y lánguidamente. El hombre bajo se ríe a carcajadas. Si no se riera, argüiría deficiencia en el Tao mismo.

· Yo enseño lo que otros han enseñado: el hombre violento no morirá de su muerte (natural) y esto lo considero como padre de mi doctrina.

· Lo más blando o débil del mundo vence a lo más duro. La nada penetra sin resquicio. De aquí deduzco que el no hacer nada es ventajoso.
· Pocos en el mundo llegan a comprender la utilidad de enseñar con el silencio y del no hacer nada.

· ¿Qué nos es más íntimo: la fama o el cuerpo? ¿Qué nos es más estimable: el cuerpo o los objetos? ¿Qué nos es peor: el adquirir o el perder?
· Pues bien, el que mucho ama sufre mucha pérdida, y el que mucho guarda, mucho pierde. El que sabe contentarse no sufre quebranto. El que sabe detenerse no se arriesga; dura mucho.

· Cuando en el mundo florece el Tao, los caballos de tiro y de montar se usan para acarrear estiércol. Cuando falta el Tao, en los mismos arrabales de las ciudades se crían caballos para la guerra.
· No hay mayor mal que el no saber quedarse satisfecho; ni hay vicio mayor que la codicia. La satisfacción del que sabe satisfacerse es satisfacción duradera.

· Con el estudio se acumulan conocimientos de día en día; con el Tao se les disminuye de día en día, y disminuyendo más y más se llega a la inacción completa.
· Inacción que nada deja por hacer. Siempre se ha conquistado el mundo sin hacer nada para ello. No basta trabajar para ganar el mundo.

· El santo no tiene voluntad fija y constante; la voluntad del pueblo es su voluntad. Amo a los buenos y amo también a los que no son buenos para hacerles buenos. Creo a los dignos de fe y creo también a los que no merecen fe para hacerles fidedignos.
· El santo anda solícito por el Imperio. Fusiona su corazón con el mundo. El pueblo todo fija en él sus ojos y pone en él sus oídos y él los mira como a niños.

· Tapona tus sentidos, cierra tus puertas y no sentirás fatiga toda tu vida. Abrir tus sentidos y atarearte en muchos asuntos es no remediarte toda tu vida. Quien ve lo pequeño tiene vista clara. Quien se conserva blando es fuerte. Servir de su luz para volver a su claridad y no dejar enfermar su cuerpo, es vestirse de eternidad.

· Con la rectitud se gobierna un Estado. Con la táctica se manda un ejército. Con no hacer nada, se conquista el mundo.
· ¿Cómo sé yo ser esto así? De aquí: cuantas más interdicciones y prohibiciones en el mundo, más empobrecerá el pueblo. De cuantas más armas afiladas dispongan los Estados, más revueltos andarán. Cuantos más listos e ingeniosos sean los hombres, más monstruosidades aparecerán. Cuanto más abunden decretos y leyes, más bandidos habrá.
· Por eso, dice el santo: «Yo nada hago, y el pueblo por sí mismo se desenvuelve; yo amo la calma, y el pueblo por sí mismo se rectifica; yo estoy desocupado, y el pueblo enriquece; yo nada ambiciono, y el pueblo por sí mismo vuelve autenticidad del tronco no trozado.»

· A gobierno flojo, pueblo diligente. Cuanta más inquisición en el gobierno, más delincuencia en el pueblo.

· Gobernar un gran Estado es como freír pececillos (sin mucho menearlos para no deshacerlos).

· Un gran Estado se abaja, como el agua, a las mayores profundidades en las relaciones interestatales dentro del Imperio. Así se hace en ellas hembra del Imperio.
· Ahora bien, la hembra, con mantenerse quieta, vence al macho. Se abaja para estarse quieta. Así, un gran Estado, abajándose ante un Estado pequeño, conquista y se apodera del Estado pequeño. De la misma manera, un Estado pequeño, que se abaja ante un gran Estado, le conquista y se apodera del gran Estado. Así, pues, sea que se abaja para conquistar o para ser conquistado, un gran Estado no debe querer más que anexionarlo para nutrirlo. El Estado pequeño no debe pretender más que entrar a servirle. Si ambos han logrado lo que querían, las ventajas de ambos son muy grandes (Imperialismo basado no en la dureza de las armas, sino en la blandura de la condescendencia y en el servicio para el bien común).

· Lo difícil se acomete por lo más fácil; lo grande se realiza comenzando por lo pequeño. En el mundo, las cosas difíciles se hacen siempre comenzando por lo fácil, y las cosas grandes, comenzando por las pequeñas.
· Por eso, el santo, que nunca pretende hacerse grande, llega a hacer cosas grandes. Quien a la ligera promete, poco crédito se merece. Muchas facilidades resultan muchas dificultades.
· Por eso, al santo, que ve las dificultades, nada se le hace dificultoso.

· Lo que está quieto fácil es cogerlo. Fácil es remediar cuando aún no han aparecido los síntomas. Lo frágil fácilmente se rompe. Lo menudo fácilmente se dispersa. Más vale precaverlo antes de que se venga encima y arreglarlo antes de que se revuelva.
· El árbol que hoy rodea con tus brazos nació de un germen fino como un pelo. La terraza de nueve pisos comenzó por un montoncito de tierra. La caminata de mil millas se comenzó por un paso.
· Arreglarlo es estropearlo. Cogerlo es perderlo. Así, el santo nada estropea porque nada hace; nada pierde porque nada toma.
· La gente, con frecuencia, estropea la obra cuando está ya para terminarla. Si tuviera tanto cuidado al fin como al principio, no estropearía sus negocios.
· El santo, en sus preferencias, no estima los objetos preciosos; en sus estudios, se contenta con repetir lo que otros han hecho antes que él. Así es como se acomoda a la naturaleza de todos los seres sin atreverse a hacer nada nuevo.

· Los grandes ríos y el mar son los reyes de todos los valles y barrancos, porque aman abajarse; por eso, pueden hacerse los reyes de todos los valles.
· Así, el que quiere ser superior al vulgo se abaja en sus palabras. Para anteponerse al vulgo es menester posponerse. Así, el santo está encima del pueblo, pero no le es pesado al pueblo; se le pone delante, pero no le estorba al pueblo. El mundo, con gusto, le levanta y no se cansa de él. Como él no porfía, nadie en el mundo puede porfiar con él.

· Tres tesoros poseo y guardo: uno es el amor; la sobriedad el segundo, y el no atreverme a anteponerme a nadie en el mundo el tercero. Porque tengo amor, soy valeroso. Porque soy sobrio, puedo ser anchuroso. Porque no oso anteponerme a nadie, soy idóneo para jefe.

· Es axioma de táctica de guerra: no quiero ser patrón, sino huésped. No quiero avanzar una pulgada para luego retroceder un pie.
· Esto se llama avanzar sin dar un paso; repeler sin mover los brazos; conquistar al adversario y quedarse sin enemigo; apoderarse sin haber hecho uso de las armas.
· No hay mal mayor que el de menospreciar al enemigo. Al desestimarle pongo en peligro mis tesoros. De esta manera, empuñadas las armas y enfrentados los contendientes, la que a ambos debe vencer es la mutua conmiseración.

· Mis enseñanzas son fáciles de entenderse y fáciles de ser practicadas. Pero en el mundo no hay quien pueda entenderlas y nadie que pueda practicarlas.
· Mi doctrina tiene su origen; lo que enseño tiene su amo.
· Si no se le conoce es porque no se me conoce a mí. Los que me conocen son pocos y en esto se basa mi alto valor. El santo lleva sus espaldas cubiertas de burdo paño y su regazo repleto de piedras preciosas.

· Ser sabio e ignorarlo es perfección; no ser sabio y tenerse por sabio es vicio. Tener al vicio por vicio es no tener vicio.
· El santo no tiene este vicio; lo tiene por vicio y, por eso, no tiene ese vicio.

· El valor con la osadía es muerte. El valor sin osadía es vida. Perjudicial lo uno, beneficioso lo otro.
· ¿Cuál sea el motivo del aborrecimiento del Cielo? ¿Quién lo podrá saber? Esto es lo que el santo halla difícil de saberlo.
· La ley del Cielo es vencer sin combatir, hacerse responder sin haber hablado, hacer venir sin llamar, ser patente y tramar hábilmente.
· La red del Cielo es amplia y de grandes mallas, pero nada se le escapa (la justicia).

· Si el pueblo tiene hambre es porque su superior consume demasiado grano de sus contribuciones; de ahí viene el hambre.
· Si el pueblo es difícil de gobernar es porque su superior interviene y actúa demasiado; de ahí vienen las dificultades del gobierno.
· Si el pueblo desprecia la muerte es porque su superior ama mucho su propia vida; por eso menosprecia la muerte.
· Más prudente es no hacer nada por vivir, que estimar demasiado la vida.

· El hombre vivo es blando, y muerto es duro y rígido.
· Las plantas vivas son flexibles y tiernas, y muertas son duras y secas.
· La dureza y la rigidez son cualidades de la muerte. La flexibilidad y la blandura son cualidades de la vida.
· De aquí que las armas, que son duras, no puedan vencer, y que el árbol robusto termina por ser cortado por el hacha.
· Lo duro, pues, es inferior y lo blando es superior.

· Nada hay en el mundo más blando que el agua, pero nada le supera contra lo duro. A ella nada la altera.
· Lo blando vence a lo duro y lo débil vence a lo fuerte. En el mundo nadie hay que no lo sepa; pero nadie lo practica.
· La enseñanza del santo es que aquél es idóneo para señor de la tierra, que puede soportar las sordideces del Estado, y aquél puede ser soberano del Imperio, que sea capaz de sufrir los males de un Estado.
· Las doctrinas rectas se ven al revés.

· Hecha la paz de una gran enemistad, aún quedan restos de rencores antes de la paz plena.
· El santo no suele ir a querellarse con el prójimo con el documento duplicado en su mano izquierda.
· El que tiene virtud guarda su documento; el que no tiene virtud hace valerlo a fondo.
· El camino del Cielo es no simpatizar con nadie, sino estar siempre de parte del hombre bueno.

· Un pequeño Estado de poca población no querrá emplear sus decenas o centenas de armas de que dispone.
· No se aventurará a una expedición lejana por temor a pérdidas graves de vidas. Aunque tenga barcos y carros, no querrá utilizarlos.
· Auque tenga armaduras y armas, no querrá servirse de ellas en el frente de batalla.
· Hará que sus gentes vuelvan a anudar cuerdas (escritura más primitiva y sencilla, símbolo de una vida sencilla y patriarcal).
· Hará que hallen sabrosa su comida, elegantes sus vestidos, tranquilas sus moradas, alegres sus costumbres.
· Que en barriadas tan cercanas que se ven unas desde las otras y se oyen, de unas a otras, los cantos de los gallos y los ladridos de los perros, los vecinos mueran en edad avanzada, sin haberse visitado en toda la vida.

· Las palabras verdaderas no son agradables y las agradables no son verdaderas. El hombre bueno no ama discutir, y el discutidor no es bueno. El sabio no abarca mucho; el que mucho abarca no es sabio.
· El varón santo no atesora, y cuando más hace por el prójimo, más posee; cuánto más da, más tiene. La doctrina del Cielo es beneficiosa, no perjudicial. La doctrina del varón santo es hacer y no porfiar.

La Frontera: el peor invento del hombre

miércoles, 26 de septiembre de 2007

Maldigo al primer ser humano que interpuso una frontera imaginaria entre él y uno de sus semejantes. Maldito sea mil veces aquel ignorante individuo que en un remoto día fue el primero en pronunciar las infames palabras “mío” y “tuyo”; ojalá se pudra por siempre en los infiernos. Maldigo las perversas razones que le condujeron a tan depravado comportamiento de menosprecio fraternal. Yo maldigo también a la siniestra evolución que nos arrebató sin misericordia las eternas primaveras y las brisas suaves de la edad de oro de la tierra primigenia y nos condujo irremediablemente a través de las edades de plata y bronce hasta llegar a la más actual de las edades, la más violenta y desgarradora, la corrompida edad de hierro. Maldigo las patrias, las banderas, los himnos, las lindes, los idiomas, las vallas, las aduanas, los iconos, las ideologías, las etiquetas y todo aquello que suponga una diferenciación ficticia entre individuos de la misma especie.
Éstos han sido los responsables de las mayores matanzas y peores injusticias de todos los tiempos. Por culpa de todo ello existe E.T.A, Al Qaeda, los nacionalismos estrechos de miras, el fanatismo religioso, las miserias de unos y las riquezas de otros, los gobiernos totalitarios y déspotas,...
Soy un ciudadano del Todo; mis hermanos son los seres que en Él habitan. Sus dominios comienzan allá donde nacen los vientos, y acaban donde se oculta el arcoiris. Mi bandera son las nubes que rodean todo el globo ondeando en lo más alto del cielo, y no necesita asta donde ser colocada. Mi himno, el sonido de las olas del mar rompiendo en la dura roca o el melodioso canto del ruiseñor en la profundidad del bosque. Mi idioma es el Lenguaje del Mundo. Las estrellas son el único confín que conozco; y los horizontes que contemplo, la luna y el sol. Mi Templo es mi cuerpo, y el único ritual que requiere mi religión es la meditación.
Si te agrada mi patria, siempre serás bien recibido en ella. La única condición que te exige es que olvides fuera los prejuicios, las prohibiciones, las dualidades (sobretodo aquella de “yo” y “los demás”), la envidia, el rencor, la ira, el odio. Entra con la mente limpia y clara como la de un bebe recién nacido antes de ser bautizado y déjate llevar. Si dudas de la existencia del paraíso, olvida todo lo conocido hasta ahora y sígueme; está más cerca de lo que imaginas. Te prometo una existencia plena y feliz hasta el fin de todos los tiempos. Te aseguro la completa desaparición de todas tus actuales y absurdas preocupaciones.
En este lugar no se conoce el miedo, porque no hay nada que temer. Tampoco existe el amor, ya que todo es amor. No se habla de paz, debido a que la guerra es impensable. No hay principio ni fin; el nacimiento y la muerte sólo son pasos intermedios. Aquí no tienen cabida jefes ni gobernantes, la Naturaleza es la única que impone leyes e imparte justicia. En nuestra tierra no son necesarios papeles para vivir dignamente; no se conocen ciudadanos ilegales. En este mundo, el único propósito es vivir. Mientras naden peces por sus ríos y mares, el cielo sea surcado por aves de todos los colores y de la tierra broten los más variados frutos, seremos ricos y dichosos; todos por igual... Y al que pronuncie la palabra “frontera” se le colgará del árbol más alto de este infinito Reino.

Las cuatro edades. Extraído del libro Metamorfosis, de Ovidio
La edad de oro fue la creada en primer lugar, edad que sin autoridad y sin ley, por propia iniciativa, cultivaba la lealtad y el bien. No existían el castigo ni el temor, no se fijaban, grabadas en bronce, palabras amenazadoras, ni las muchedumbres suplicantes escrutaban temblando el rostro de sus jueces, sino que sin autoridades vivían seguros. Ningún pino, cortado para visitar un mundo extranjero, había descendido aún de sus montañas a las límpidas aguas, y no conocían los mortales otras playas que las suyas. Todavía no estaban las ciudades ceñidas por fosos escarpados; no había trompetas rectas ni trompas curvas de bronce, ni cascos, ni espadas; sin necesidad de soldados los pueblos pasaban la vida tranquilos y en medio de suave calma. También la misma tierra, a quien nada se exigía, sin que la tocase el azadón ni la despedazase reja alguna, por sí misma lo daba todo; y los hombres, contentos con alimentos producidos sin que nadie los exigiera, cogían los frutos del madroño, las fresas de las montañas, las cerezas del cornejo, las moras que se apiñan en los duros zarzales, y las bellotas que habían caído del copudo árbol de Júpiter (la encina).
Había una primavera eterna, y apacibles céfiros de tibia brisa acariciaban las flores nacidas sin cimiente. Pero además la tierra, sin labrar, producía cereales, y el campo sin que se le hubiera dejado en barbecho, emblanquecía de espigas cuajadas de grano. Corrían también ríos de leche, ríos de néctar, y rubias mieles goteaban de la encina verdeante.
Una vez que, después de haber sido Saturno precipitado al Tártaro tenebroso, el mundo estuvo sometido a Júpiter, llegó la generación de plata, peor que el oro, pero más valiosa que el rubicundo bronce. Júpiter empequeñeció la duración de la primavera antigua, haciendo que el año transcurriese, dividido en cuatro tramos, a través de inviernos, veranos, otoños inseguros y fugaces primaveras. Entonces por vez primera el aire, encendido por tórridos calores, se puso candente, y quedó colgante el hilo producido por los vientos. Entonces por vez primera penetraron los hombres bajo techado; sus casas fueron las cuevas, los espesos matorrales y las ramas entrelazadas con corteza de troncos. Entonces por vez primera fueron las semillas de Ceres enterradas en largos surcos y gimieron los novillos bajo la opresión del yugo.
Tras ésta apareció en tercer lugar la generación de bronce, más cruel de carácter y más inclinada a las armas salvajes, pero no por eso criminal. La última es de duro hierro; de repente irrumpió toda clase de perversidades en una edad de más vil metal; huyeron la honradez, la verdad, la buena fe, y en su lugar vinieron los engaños, las maquinaciones, las asechanzas, la violencia y la criminal pasión de poseer. Desplegaban las velas a los vientos, sin que el navegante los conociese aún apenas, y los maderos que por largo tiempo se habían erguido en las altas montañas saltaron en las olas desconocidas, y el precavido agrimensor señaló con largas líneas las divisiones de una tierra que antes era común como los rayos del sol y como los aires. Y no sólo se exigían a la tierra opulentas cosechas y alimentos que ella debía dar, sino que se penetró en las entrañas de la tierra y se excavaron los tesoros, estímulo de la depravación, que ella había escondido llevándolos junto a las sombras de la Estige. Y ya había aparecido el hierro dañino y el oro más dañino que el hierro; apareció la guerra, que combate valiéndose de ambos y con mano sangrienta blande las armas que tintinean. Se vive de la rapiña; ni un huésped puede tener seguridad de su huésped, ni un suegro de su yerno; incluso entre hermanos es rara la avenencia. El marido maquina la ruina de su esposa, y ésta la de su esposo. Madrastras horribles preparan los lívidos venenos del acónito; el hijo averigua antes de tiempo la edad de su padre.
La piedad yace derrotada, y la Virgen Astrea (
la justicia) ha abandonado, última de las divinidades en hacerlo, esta tierra empapada de sangre.”

Se acordaron de mí: