Capítulo Once

lunes, 1 de junio de 2009

Pudiera parecer, por todo lo expuesto, que la vida errante del comerciante no sea proclive a la rutina y al aburrimiento, de hecho, fue capaz de mantenerme durante largos años con la mente despierta y libre del pesaroso tedio. Pero bien conocida es la tendencia de la raza humana a adquirir hábitos estables y monótonos, convirtiendo la existencia en un simple transcurrir del inefable tiempo, viendo crecer y encoger lunas, florecer y marchitar semillas y, en definitiva, acomodándose al paso sereno, pero tenaz, de las estaciones.

También yo, como simple ejemplar de mi especie, al cabo de los años, llegué a caer en semejante suerte, viendo correr los días uno tras otro sin más inquietud en el alma que la de hallar nuevas formas de engañar al ingenuo comprador, con el honroso fin de obtener más ventajas por las transacciones entre ambos, haciéndole creer que siempre es él el beneficiado en el intercambio.

Pero, al parecer, el germen de la audacia y el espíritu intrépido que albergó en mi corazón durante mi juventud, aún permanecía latente y a la espera de nuevas oportunidades donde dejarse sentir. La ocasión que le indujo a emerger de su paciente letargo llegó en uno de los innumerables viajes de la caravana a través de los escarpados montes que dividían países y culturas.

Las nieves de la estación invernal estaban castigando nuestro paso por los elevados riscos algo más de lo habitual, obligándonos a detener la marcha una y otra vez. En una de estas paradas obligadas, quiso la fortuna, o el indeciso destino, que se cruzase en nuestro paso un pequeño grupo de extraños monjes peregrinos y decidiesen pernoctar en nuestra compañía.

No era la primera vez que veía gente de semejante índole; solíamos tener frecuentes encuentros con personas de este tipo, tanto por los diferentes caminos que transitábamos, como en las distintas ciudades y pueblos por los que comerciábamos. Pero siempre se trataban de encuentros fugaces, no era gente que le gustase alternar con mercaderes, solían vivir de manera precaria y no eran amantes de alardes ni extravagancias, como lo son el común de los mortales. Así que tampoco nosotros les prestábamos la menor atención; simplemente nos parecían criaturas extravagantes, e incluso grotescas, dado el comportamiento tan inaudito que solían mostrar, viviendo con lo justo y necesario para mantener erguido el cuerpo dispuesto para la marcha, humillándose constantemente ante sus iguales o mostrando una incomprensible compasión por los desconocidos que sufrían aún una mayor pesadumbre.

Por aquel entonces, mi ánimo ya se encontraba presto al cambio. Como hice ver anteriormente, el tedio había hecho mella en mi espíritu de tal manera, que incluso mis carnes comenzaban ya a abultarse por rincones de mi cuerpo que hasta ese momento me eran desconocidos. Habían sido varias las veces en las que me sorprendí imaginando escenas del más que posible futuro que me aguardaba de seguir aquella vida nómada y entregada por completo a la obtención de riquezas. Algo nada difícil, ya que muchos de mis acompañantes eran personas bien entradas en años y con muchos caminos polvorientos en sus sandalias; gentes que habían visto morir a muchos de sus camellos de puro cansancio y capaces de vender al mejor postor la más hermosa de sus hijas a cambio de un puñado de oro sangriento. Sinceramente, no me apetecía en absoluto acabar mis días envuelto en paños de fina seda y rodeado de esclavos sumisos y deseosos de ver mi final.

Reconozco que el lujo y la holganza que mi modesta fortuna podría haberme aportado, me tentó en ocasiones a instalarme en alguna de las muchas ciudades por las que comercié. Por supuesto tendría que ser una donde la paz y la concordia entre vecinos imperase sobre todas las cosas; ¿de qué podría servir la comodidad de un hogar confortable sin disponer de un mínimo de seguridad? Pero he ahí donde radicaba el problema precisamente. Mi hasta entonces largo transcurrir por el basto mundo me había mostrado en demasiadas ocasiones que ese lugar deseado por mis pretenciosos anhelos, simplemente no existía. Una certeza que el tiempo aún no me ha hecho mudar, por cierto. Todos aquellos lugares por los que cruzaba con mis posesiones, me presentaban siempre la misma escena de pesadumbre: familias enteras viviendo en la más formidable de las opulencias coexistiendo con otras muchas que apenas disponían de un mendrugo de pan que llevarse a la boca. No era necesario llegar a ser ningún sabio erudito para caer en la cuenta de que aquella situación tenía la misma fragilidad que un solitario junco azotado por el terrible viento del este. De hecho, en más de una ocasión me vi obligado a recordar mis antiguas artes de soldado para poder salir airoso de algún violento trance provocado por la irrevocable necesidad de sobrevivir que tenemos todos los seres vivos, incluidos aquellos que, por su mala fortuna o ineptitud, se encuentran hundidos en la más pesarosa de las miserias. Y por si fuera poco el peligro constante que suponía para un rico comerciante jubilado el vivir rodeado de pobreza y gente mendigante, también había que contar con todos aquellos que acostumbraban a buscarse el sustento a costa del trabajo ajeno o, mejor dicho, aquella gente cuyo trabajo consistía en burlar las sagradas leyes del justo comercio, que no eran otras que las que invariablemente aseguraban al mercader su beneficio en cualquier circunstancia, para su provecho propio. Algo intolerable.

En fin, creo que he dejado bien claro al sufrido lector de estas mis memorias, las diversas razones que me condujeron a actuar como a continuación paso a relatar.

Aquellos monjes llegados de tierras extrañas y con destino incierto, tuvieron a bien acomodarse entre nosotros en el interior de las húmedas cavernas que nos servían de refugio provisional. Arreciaba un temporal de frío y nieve que hubiese tumbado a la más terca de las mulas que nos acompañaban, así que la espera se antojaba larga, aunque no pesarosa; a todos nos venía bien un merecido descanso, sobretodo a las bestias de carga, y ya habíamos dejado atrás suficientes situaciones similares como para afligirnos por una más, que no prometía ser mucho más grave que cualquier otra pasada. E incluso me atrevería a decir que para muchos, estas eventualidades, suponían motivo sobrado de euforia, ya que eran bien aprovechadas, no sólo para el justo descanso, sino además para entablar amenos debates alrededor de la lumbre, contar antiguas historias siempre novedosas para los más jóvenes, cambiar de manos algunas monedas por medio de ancestrales juegos de azar o, simplemente, para reflexionar profusamente acerca de lo humano y lo divino, aprovechando la soledad de algún rincón oscuro, como era mi caso en aquellos momentos.

Creo haber relatado ya con suficiente detalle el estado de ánimo en el que se encontraba mi conciencia como para que el lector pueda comprender qué tipo de fuerza invisible e inexplicable hizo que mis pasos condujesen a mi cuerpo obnubilado hacia donde se encontraba descansando el grupo de monjes mencionados. Así, sin percatarme de ello, con la mente inundada por pesarosos pensamientos desafortunados, vine a recostar mis carnes plomizas a escasos metros del lugar donde uno de aquellos extraños personajes se encontraba, y desde donde me observaba con su penetrante mirada.

Las primeras palabras que salieron por su boca dirigidas hacia mí, sonaron como el aliento de un tierno bebé sumido en un sueño profundo, apenas imperceptibles, pero aún así, se clavaron en mi mente cual daga en el gaznate de la bestia destinada al sacrificio, quedando impresas hasta el día de hoy en la parte más lúcida de mi avejentado cerebro. “Que el espejismo de tus días venideros no enturbien la única realidad que existe, viajero”, fueron sus enigmáticas palabras. No sabría decir con exactitud si fueron estas extrañas palabras, el tono de voz con el que fueron pronunciadas o la serena mirada y la quietud de su sonrisa lo que me hicieron abandonar mi estado de ausencia para concentrar mi atención plena en aquel personaje; lentamente volví la cabeza hacia él y decidí ceder a su encanto.

La pregunta era evidente: “¿Y cuál es esa realidad única existente?”.

Se la formulé casi sin pensarlo, hipnotizado por su presencia, conmovido por la calidez que emanaba, prácticamente sin ser consciente de lo que hacía. La sencillez de su respuesta podría parecer una banalidad, algo incoherente, incluso, pensará el avispado lector: “el momento”, fue su lacónica contestación. Pero esta dos breves palabras supusieron para mí el comienzo de una nueva y deslumbrante vida por este mundo inconmensurable. Al menos eso pudiera parecer, a la vista de los acontecimientos que desembocaron a partir de aquel mágico instante, pero a mí me gusta pensar que todos y cada uno de mis días pasados me condujeron sin remedio justo a ese momento, el cual, a su vez, me trajo derecho al cómodo sillón desde donde hoy día escribo estas líneas con el fin de perpetuar en una memoria efímera las experiencias, pensamientos, reflexiones, sinsabores, inquietudes y amarguras de un humilde ser humano que pasó por este mundo sin más pretensiones que las de vivir dignamente y morir de la misma manera.


28 Consejos, saludos, propuestas...:

genialsiempre dijo...

Bueno, preveo que nuestro guerrero acabará como monje, y de ahí que finalice en una poltrona escribiendo sus memorias. ¿Prvisible?, no sé, esperaré proximas entregas.

Graciela dijo...

hola mi Pedro!!!
Se hará monje ahora??? o tal vez aprenda de ellos???, quizás sea lo segundo!!!
Besitos en la casa y una semana bonita!!!

Noelplebeyo dijo...

Uy ... la presencia de los monjes me asusta...

Saludos

Z. dijo...

Hola Pedro: Cuántas experiencias! Será un gran hombre, se ve venir ... Me ha gustado en especial esta frase: “Que el espejismo de tus días venideros no enturbien la única realidad que existe, viajero” sólo puede proceder de un gran maestro.
Un abrazo!

Cornelivs dijo...

Prosigue este maravilloso relato, mi querido amigo.

Por el contrario, yo tengo abandonado a mi viejo centurión; el tiempo me lo impide.

Un abrazo...!

Gizela dijo...

Aquí sigo Pedro
Monje?
Veremos el próximo capitulo
Mientras tanto un abrazo y linda semana para ti
Gizz

jordim dijo...

no veo yo tanta ignoprancia como se presume en la cabecera. volveré por aquí.

REIKIJAI dijo...

Pedro.estan humano este guerrero.Muy real,que el corazón palpita con sus vivencias.Espero el proximo.Besitos. Silvi.

tia elsa dijo...

Las vivencias,pensamientos y reflexiones de este guerrero me llenan de sabiduria. Un saludo afectuoso tía Elsa.

Marinel dijo...

Ya ves, me ha sabido a poco.
Y es que se van encaminando el relato hacia derroteros complacientes para mi persona.
Esa filosofía que transmite ese monje es digna de ser adoptada.
Y me parece entrever, que nuestro otrora guerrero, ahora al fin comprenderá la verdad de su camino y su fin.
Me gusta como dejas ver que no existe nada capaz de huir de la tediosa rutina.Hasta aquello que pudiera parecer imposible de ser acompañado por ella.
Y saber; que no importa dónde vaya, las desigualdades, eran pan con qué comer cada día.
Triste realidad.
Veremos cómo continúa la historia de nuestro protagonista, tras haber tropezado,quizá a causa de ese "indeciso destino" con este monje.
Besos Pedro.

DEMOFILA dijo...

Lo que verdaderamente nos ayuda a crecer es la experiencia.
El monje dijo al guerrero que la realidad única existentes es el momento, a mí me han dicho que es el presente, seguro que es lo mismo, que hay que disfrutarlo porque es un regalo, que el pasado hay que olvidarlo, porque pasado está, y que en el futuro no hay que pensar, porque ya llegará.
La vida es rutina para todos, todo es rutina, todos los días se hace lo mismo, tengas el trabajo que tengas, y si se pierde esto, ¡cuidado!, algo grave pasa, casi nunca nos saca de la rutina de la vida las buenas cosas, siempre tiene que suceder algo para que esa rutina se pierda, entonces, más vales la rutina que los problemas.
Un abrazo al guerrero de una guerrera de la vida.
Demofila.

Cecy dijo...

La presencia de los mojes quizas en cierta manera haga que este guerrero, pueda apreciar de otras cosas no se si mejores o peores, pero si creo que es parte de este crecimiento que va plasmando en lo que el nos quiere hacer reflexionar.

Besos Pedro.

Dani7 dijo...

Que riqueza va acumulando nuestro guerrero en su alma. Ya no me sorprende, y limita mis adjetivos, pues te aseguro que me quedo fascinado en cada capitulo con la facilidad con que expresas.

Un saludo muy cordial y espero tu proximo capitulo.

Emma dijo...

El momento...
El ahora...
Este instante Pedro, sí, este instante es lo mejor que tenemos... y yo lo quiero aprovechar para decirte que me gusta leerte, que, aunque sé que publicas los lunes, espero el momento ideal para hacerlo, sin más sonido que la melodía de tus palabras, y de fondo, ahora en primavera, los pajarillos cantando...
Besos Pedro.

Runas dijo...

Como siempre , me ha encantado. Me ha gustado el encuentro de nuestro guerrero con los monjes y sus reflexiones. Ya espero el siguiente capitulo. Un beso

Cecilia dijo...

Qué cierto es el valor de una frase dicha en el preciso momento. Me ha pasado que alguien me ha dicho algo que ha torcido el rumbo de mi vida, y ese alguien quizás nunca lo supo. Inmejorable capítulo. Abrazos.

Begoña dijo...

Pedro, te dejo un saludo. Veo que se me han pasado varios capítulos de las memorias de tu guerrero, y tendré que venir en otro momento despacito, a leerte, y a llenarme de tus reflexiones tan bellas.
Un abrazo

Elisabeth dijo...

no sé si se hará monje pero me has atrapado en la lectura jejejeje


besitossss

Cemanaca dijo...

"Que el espejismo de tus días venideros no enturbien la única realidad que existe"... el momento
(frase excepcional )

Audacia y espíritu intrépido
combinación perfecta ante
el aburrimiento y la monotonía.

saludos conversos amigo viajero.

Mai Puvin dijo...

Me hipnotizó el errante... Monje?? No, creo que si bien el camino es hacia la espiritualidad no me parece que hacerse monje sea la respuesta... hay más para dar, desde otro lugar. Esperemos...

Un abrazo.

senovilla dijo...

Como en las mejore series, el final será el principio del siguiente capítulo.

Saludos Cordiales.

Doncel dijo...

Hola pedro:
paso a saludarte y desearte un feliz verano.
Un abrazo desde esta colina

Maria Jesús dijo...

Te he dejado un agradecimiento y unos detalles en mi blog. Ve a por ellos, si ese es tu deseo.

Hiletrados Creativos dijo...

He llegado al capítulo once, un poco tarde tanto para comprender la historia como para empezarla, sin embargo, por cuanto pude leer ahora, no creo equivocarme al decir que tu historia vale mucho la pena, me parece que es una de aquellas pocas historias que dejan una huella, un mensaje, y, además de ello, se echa de ver que hiciste un admirable trabajo técnicamente hablando, la prosa es bastante buena y disfrutable. Saludos y buena suerte con esta odisea.

Doritos Ad Challenge dijo...

en realidad tus post estan mas interesante no se puede uno para de leerlo me encanta

Alejandro Kreiner dijo...

En esta vida se puede pasar de un extremo al otro rápidamente. No es fácil ser monje y guerrero al mismo tiempo.

Saludos.

Silvia dijo...

hola!cuánta sabiduría tiene a estas alturas este guerrero...
y el encuentro con monjes....trae seguramente cambios...
la frase del monje está cargada de conocimiento....
espero más de tu historia..eres un genio...
besotes!!!
silvia cloud

Begoña (Murcia) dijo...

Bueno, pues nos dejas con la miel en los labios... Me voy a por el siguiente capítulo, en cuanto pueda.
Un abrazo

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