El pez que quiso volar

lunes, 19 de noviembre de 2007

Extracto de mi libro "El renacer de la humanidad"
– Bien, el cuento se llama “El pez que quiso volar” –empezó a relatar Elena–, y trata sobre un pececito que desde muy pequeño, veía a través del agua a los pájaros volar muy alto y perderse en la inmensidad del cielo. Él los envidiaba y se preguntaba por qué no podría él también volar en vez de verse obligado todo el día a nadar y nadar sin poder salir del agua, cosa que le aburría mucho.
» Así que un buen día decidió que aprendería a volar; si los pájaros lo hacían, por qué no iba a poder hacerlo él que era más pequeño y pesaba menos. Desde ese día su único empeño era volar; se pasaba todo el tiempo dando pequeños saltos fuera del agua al mismo tiempo que agitaba sus pequeñas aletas con todas sus fuerzas. Los demás peces se apartaban de él porque lo veían como a un bicho raro así que nuestro pequeño pez estaba siempre solo; pero eso no le importaba, estaba demasiado ocupado en aprender a volar y no tenía tiempo para jugar con sus compañeros.
» Pasaron muchos años y el pececito se convirtió en un pez adulto, y seguía en su empeño de aprender a volar. Cada vez conseguía dar saltos más grandes fuera del agua y eso le motivaba aún más.
» Hasta que un buen día se produjo el milagro; saltó fuera del agua agitando sus aletas y se elevó por el aire cada vez más y más alto. ¡Estaba volando! No lo podía creer. En ese momento era la criatura más feliz de todo el universo.
» Quiso que los demás peces lo viesen para que se alegrasen con él, pero lo único que consiguió es que volviesen a rechazarlo y se alejasen aún más diciendo “qué se habrá creído ése; pensará que es mejor que nosotros porque sabe volar. A dónde querrá ir”.
» Entonces vio un grupo de pájaros volando a lo lejos y pensó “ahora esos serán mis nuevos amigos; ellos me comprenderán”. Pero de nuevo se equivocó; cuando los pájaros le vieron venir, al no conocerlo, creyeron que podría ser una amenaza para ellos y huyeron a toda prisa. De nuevo se quedó solo.
» Al poco rato vio como se acercaba un gran pájaro y se alegró mucho de que alguien se le acercara por fin para ser su amigo. Como aquel medio era nuevo para él, no conocía los peligros que entrañaba ya que nadie se los había enseñado y no podía saber que aquel pájaro era en realidad un depredador, y cuando éste lo alcanzó, lo mató y se lo comió.
» El pececito se había pasado toda su vida solo, intentando hacer algo para lo que no había nacido. Al final lo logró, consiguió algo que nunca jamás nadie había conseguido antes, la gran proeza de que un pez volara. Pero en vez de alabanzas y reconocimiento, lo único que provocó su éxito fueron envidias, miedo, soledad y, por último, la muerte; todo por no conformarse con ser un pez como los demás.
» Si le mereció la pena o no todo ese sacrificio por conseguir su sueño, es algo que deberás de reflexionar tú solita. Hasta mañana cielo, que duermas bien.

Credos

lunes, 12 de noviembre de 2007

¿Se han parado alguna vez a pensar en la infinidad de problemas, injusticias y crueldades que se han cometido y se comenten a diario debido a las creencias, ya sean ciertas o falsas?
Cuántas personas habrán sido asesinadas a lo largo de la historia de la humanidad por creer o no creer en algo.
Cuántos pueblos habrán sido aniquilados por creer en algo distinto a otro más fuerte.
Cuántos seres humanos habrán sufrido daños, humillaciones, vejaciones o habrán sido perseguidos y expulsados de sus hogares por negarse a creer en algo que otros trataban de imponerles.
Cuántos dictadores y personas sin escrúpulos han alcanzado el poder porque su pueblo creía en ellos en un momento determinado.
Cuántas parejas se habrán roto porque uno de sus miembros creía saber algo sobre el otro que no le agradaba; como por ejemplo, que éste le era infiel o no le amaba lo suficiente.
Cuántas personas habrán sido condenadas injustamente porque otras creían que eran culpables de algo.
Cuántas personas no habrán alcanzado la felicidad porque no se creían merecedoras de ello.
Cuántas personas no habrán intentado comenzar una bonita relación de amor con otra por creer que no serían correspondidas.

¿Por qué los seres humanos seguimos empeñados en que las creencias, o no creencias, sigan dirigiendo nuestras vidas, en demasiadas ocasiones, en contra de nuestra voluntad y de nuestros intereses?
¿De verdad son todas necesarias?
Una persona puede creer o dejar de creer en algo por tres motivos diferentes: el conocimiento, la ignorancia o el miedo.
Sobre el conocimiento hay poco que decir. Éste nos lleva a creer en cosas como la gravedad, la evolución, la rotación de la Tierra, el sistema solar, la fuerza electromagnética, la energía de las estrellas, las placas tectónicas, la composición molecular del agua, etcétera. Que sean hechos demostrados científicamente no prueban que sean forzosamente ciertos, como ya ha ocurrido en muchas ocasiones, pero al ser aceptados mayoritariamente y estar fundamentados sobre determinados conocimientos que se poseen en ese preciso momento, son creencias que pueden estar plenamente justificadas.
Las creencias motivadas por la ignorancia también están, por desgracia, muy generalizadas. Y no me refiero a las creencias en elementos sobrenaturales o difícilmente demostrables, como pueden ser la creencia (o falta de ella) en un único Dios, o en espíritus, fantasmas, etc. Me refiero a las creencias que no vienen motivadas por el sentido común o por un amplio razonamiento, sino más bien han sido establecidas por tradición, por herencia, por que es lo que todo el mundo cree o es lo que nos han enseñado a creer cuando éramos unos niños. Estas creencias irracionales son también las que nos llevan a romper con una pareja por creer que nos miente, sin haberlo podido demostrar; o son las que nos llevan a prejuzgar a otras personas tan sólo por su aspecto, procedencia, forma de hablar, tradiciones,... llevándonos incluso en ocasiones a condenar a inocentes. La ignorancia es también la que nos conduce a creer en determinadas personas que no son merecedoras de nuestra confianza, como ocurre muchas veces con los políticos a los que votamos en las urnas.
Pero la peor de todas es, sin duda, la creencia motivada por el miedo. Tampoco aquí me refiero a las creencias impuestas por terceros, ya que, un credo es algo tan personal que sería imposible obligar a alguien a creer en algo en lo que no quiere creer. Distinto es el que algunas personas finjan creer en algo por temor a ser rechazadas, expulsadas, humilladas, asesinadas, etc., como han tenido que hacer infinidad de personas a lo largo de la historia para salvar sus vidas. Pero este es un caso distinto al que estamos tratando, ya que nadie puede saber nunca lo que otra persona cree realmente, a no ser que ésta se lo diga, y todos sabemos lo fácil que es mentir. El auténtico peligro del miedo, aparte de ser totalmente irracional, es que ataca a lo más íntimo y personal que posee cualquier persona: a la mente; llevándola a actuar de forma inconsciente y peligrosa, como si de un bebé se tratase. Algunos ejemplos: todas aquellas personas que han creído y creen en un único Dios tan sólo por el miedo al castigo que Éste podría infringirles, en caso de existir; la imposibilidad de entablar alguna relación seria con otra persona por creer que no va a funcionar, es decir, por el miedo al rechazo; las injusticias cometidas sobre otras personas por creer que podían ser peligrosas, o sea, por el temor que producía el que fueran diferentes; la elección de un determinado líder por creer que será mejor que los otros existentes, o lo que es lo mismo, por miedo a ser gobernados por alguien no deseado; el miedo injustificado a ciertos animales que sabemos que son inofensivos, por creer que nos podrían hacer daño de alguna manera. Y así podríamos continuar con multitud de temores infundados, inconsistentes, que continuamente atenazan nuestro cerebro obligándonos a creer en cosas que no pasarían ni un primer examen racional, y que nos llevan a tomar decisiones perjudiciales para nosotros mismos o para otras personas y terminan conduciendo nuestras vidas por caminos que no son los más adecuados, ni los que realmente nosotros deseamos.
Las creencias surgidas por la ignorancia o el miedo pueden ser confundidas fácilmente. La diferencia fundamental sería que la primera nos llega del exterior: mentiras, manipulación, tradición, falsas interpretaciones, etc.; mientras que las creencias fundamentadas en el miedo, son estrictamente personales, y difícilmente podrían ser expuestas de forma lógica y razonable, aunque, paradójicamente, suelen tener más peso sobre nuestras decisiones, y por tanto en nuestras vidas, que cualquier otra. En muchas ocasiones pueden coincidir; cuando es la ignorancia la que hace brotar el miedo en nuestro interior, haciendo que éste se aferre a nuestro subconsciente hasta el punto de que lleguemos incluso a olvidar el verdadero motivo por el que llegó allí. En cualquier caso, tanto unas como otras son igualmente perjudiciales, y deberíamos luchar con toda nuestra energía por hacerlas desaparecer para siempre de nuestras vidas.

Conclusión: Nos complicamos demasiado la vida por creencias que, en la mayoría de los casos, ni tan siquiera es necesario que nos las planteemos. Por ejemplo, si nadie puede convencerme fehacientemente de la existencia, o no existencia, de un único Dios, ¿de qué me sirve planteármelo siquiera? Yo sé que tengo que procurar hacer lo correcto en todo momento; si Dios existe, sabrá recompensármelo, y si no, podré dormir con la conciencia tranquila por haber actuado como es debido. No tiene porqué cambiar nada el que crea o no. Ni que decir tiene que se puede creer en Dios libremente de una forma racional y consciente, teniendo muy claro lo que esto significa y siendo coherentes en todo momento con dicha creencia, de hecho, yo admiro a las personas que logran hacerlo, y encuentran en la fe un auténtico apoyo en sus vidas. Si lo pensamos bien, lo realmente importante de una creencia no es si ésta es verdadera o falsa, sino el daño o el beneficio que podría llegar a hacer. Lo mismo se podría concluir de otras muchas dudas que nos surgen diariamente y con las que convivimos. Solución: simplemente olvidarlas y actuar conforme nos dicten nuestros sentidos; sobretodo, el sentido común.
En definitiva, cuidado con lo que crees o dejas de creer, podría destruir tu vida (o solucionarla).

Yo creo en la grandiosidad del infinito Universo, por ser el creador y protector de todo lo conocido.
Admiro y respeto al Sol, porque me da luz y calor, y sé que es el origen y el germen del que surgió nuestro planeta.
Creo en la madre Tierra, porque me sustenta, me alimenta y me da abrigo.
Bendigo a la Luna y a las Estrellas, porque iluminan el cielo nocturno, dándole una belleza incomparable.
Amaré y protegeré por siempre al Agua, porque me refresca, me hidrata, y sé que es fuente de vida.
Comprendo y acato la acción del Viento, porque ayuda a mantener el planeta con temperaturas agradables y soportables, compatibles con la vida.
Adoro a todas las criaturas vivas que pueblan el vasto mundo, porque sin ellas nuestra existencia sería imposible, a parte de mucho más aburrida y sin sentido.
Creo en todos los hombres y mujeres santos que han dedicado su vida a impartir sabiduría y buenas obras por el mundo, porque gracias a ellos, la humanidad tiene un esperanzador futuro.
Creo en mí y creo en ti, porque nos une el espacio y el tiempo; porque este es nuestro momento; porque si no lo aprovechamos ahora, puede que nunca podamos hacerlo.
Y con respecto al resto de los misterios de la existencia, tan sólo soy un insignificante ser humano, nada digno de creer o dejar de creer en ellos.
Mis creencias no precisan de ninguna muestra externa de adoración, aparte de un profundo amor y respeto hacia todo lo que me rodea. Yo no necesito alzar los brazos entonando una plegaria; no necesito unir las manos en recogimiento junto a mis hermanos; tampoco tengo necesidad de hincar las rodillas en tierra, ni de fundirme en un abrazo con mis semejantes...
No pido que nadie crea en mí. Tan sólo pido ser amado y respetado. Es todo lo que pido, créanme.

Pequeños detalles

lunes, 5 de noviembre de 2007








Observen con detenimiento estas fotografías (perdón por los reflejos y la calidad).







No sé ustedes, pero yo casi grito de terror al ver esos maniquíes que parecía iban a comerme. Están situados a la entrada y en el escaparate de una tienda de ropa de moda juvenil cualquiera en una ciudad cualquiera de nuestra amada España. No pude reprimir la tentación de inmortalizarlos en una instantánea. Supongo que habrá muchos más como éstos por ahí repartidos.
Es lo que me faltaba por ver. Películas violentas, juegos violentos, libros violentos, música violenta y, lo último, maniquíes en actitud violenta. Lo último de momento, claro, a saber qué será lo próximo; porque para esto de la creatividad y de la imaginación no hay límites, sobretodo cuando se trata de hacer el mal. Lástima no emplearla en fines más positivos.
Este es el mundo que le estamos construyendo a nuestros hijos y a todo el que venga después. Un mundo en el que la violencia reboza por los cuatro costados. ¿Cómo puede extrañarnos que la juventud sea por día más violenta si hasta les fabricamos maniquíes para llamar su atención que parecen salidos directamente del infierno? Puede parecer una tontería, pero para mí no lo es. Una buena educación no sólo se logra con grandes enseñanzas, sino también con pequeños detalles cotidianos. No nos quejemos luego, cuando nos toque sufrir las consecuencias, ya que, no me cansaré de repetirlo, cuando se actúa con violencia, el mundo te responde con violencia; ésta es una regla universal. Y recuerden que estos maniquíes, películas, videojuegos, etc., no lo hacen niños ni jóvenes, sino gente como usted y como yo, con pelos ya en los ... Tampoco me vengan ahora con la excusa de que se hacen para adultos, porque, además de ser de lo más hipócrita (me remito a los hechos), también los adultos nos volvemos insensibles y violentos cuando vivimos inmersos entre tanta barbarie, transmitiendo así esta actitud a nuestros hijos.
En fin, no quiero enrollarme más con un tema en el que sobran las palabras. Sólo espero que cuando esto llegue a su límite (porque no olviden que toda tendencia tiene un límite) me pille a mí riéndome ya del mundo en lo más profundo y oscuro del Abismo Primordial.
¡No se pongan así, hombre; tampoco es para tanto! Si total, sólo son maniquíes, ¿qué daño pueden hacer? De algo hay que hablar...





Esta otra imagen pertenece a un nido de avispas que lleva unos cuatro años sobre la puerta de mi casa. Todo el que lo ve se sorprende y asusta, y termina diciéndome que a qué estoy esperando para quitar eso de ahí, con lo peligrosos que son esos bichos.
Y yo siempre respondo lo mismo: van a hacer seis años que llevo viviendo en este lugar y tan sólo me ha picado una vez una avispa, y fue precisamente el primer año, cuando me dio por quitar un nido que estaban construyendo en ese mismo emplazamiento. Entonces aprendí la lección: si no me meto con ellas, ellas tampoco se meten conmigo. Y así ha venido sucediendo hasta ahora; mientras yo estoy en el jardín, ellas revolotean a mi alrededor de flor en flor sin molestarme para nada. Lo que demuestra una vez más lo que nunca me cansaré de repetir: si actúas con violencia, el mundo te responderá con violencia.
Las avispas no son peligrosas ni violentas, así como tampoco lo son la mayoría de los israelitas, palestinos, norteamericanos, sudaneses, rusos, chechenios, irakíes, iraníes, afganos, pakistaníes, indios, colombianos, albanokosovares, serbios, ... y un largo etcétera. Si yo puedo convivir con las avispas, con las que ni tan siquiera me puedo comunicar, ¿cómo es posible que seres humanos, de la misma especie, sean incapaces de vivir en paz unos junto a otros?
Que alguien me lo explique, por favor.
La fórmula es bien sencilla: vive y deja vivir.
Quizás precisamente ése sea el problema: hay demasiada gente que no sabe vivir, de ahí que tampoco dejen vivir a los demás.
¡Pues habrá que aprender, digo yo!

Mi amigo, mi amo

lunes, 29 de octubre de 2007

Un día como cualquier otro, casualmente, lo conocí;
él vino a mí, no hube de buscarlo;
se me acercó mansamente, apenas lo intuí;
tampoco tuve necesidad de atraparlo.

Con presteza e ilusión busqué consejo sobre su cuidado,
y lo alimenté diariamente, tal y como me indicaron.

Desde un primer momento se mostró agradecido,
siempre me trató cariñosamente;
yo le correspondo con mucho mimo,
y él jamás es reticente.

Cuanto más le ofrezco sin reparo,
y me entrego en libertad y sin fallo,
mayor es su alegría, y mejores sus regalos;
entonces yo sonrío... y callo.

Nunca sabré si él es mío o soy yo su esclavo;
pero sí que sé que a su lado,
no me faltará el calor.
Mi amigo, mi amo: el AMOR.

Buda (III)

lunes, 22 de octubre de 2007

¿Cómo se pretende que siga a alguien que insiste constantemente en que ya no es una persona ni tiene un yo?
Idealmente sigues a esa persona perdiendo tu propio yo, cosa que parece imposible, ya que es tu yo el que está fascinado con ella. Es tu yo el que sufre y quiere liberarse de ese sufrimiento. El mensaje más importante del budismo es que ese yo no puede lograr nada real. Tiene que encontrar una manera de desaparecer, tal como hizo Buda.

¿El yo alcanza su meta no siendo yo? Parece ilógico, o como poco paradójico.
Sí, pero los budistas encontraron tres formas de vivir la sabiduría que les legó su maestro. La primera es social: formar un sangha con grupos de discípulos, como el de monjes y monjas que reunió Buda en vida. El sangha existe para establecer un estilo de vida espiritual. Las personas recuerdan la enseñanza y mantienen viva la visión budista. Meditan juntos y unidos crean una atmósfera de paz.
La segunda forma de seguir a Buda es ética y se centra en el valor de la compasión. Buda era conocido como «El Compasivo», un ser que amaba a toda la humanidad sin juzgarla. La ética budista traslada esa actitud a la vida diaria. Todo budista practica la amabilidad, el don de ver a otros sin juzgarlos, pero además muestra amor y veneración por la vida misma. La moral budista es pacífica, abierta y dichosa.
La tercera forma de seguir a Buda es mística. Te tomas en serio el mensaje del no yo. Haces todo lo posible por romper los vínculos que te mantienen atrapado en la ilusión de que eres un yo aparte. Tu meta es salirte de puntillas, en silencio, del mundo material, aun cuando tu cuerpo permanezca en él. Las personas comunes están haciendo cosas todo el día, pero en lo profundo de tu corazón tú has vuelto la atención al no hacer, como lo llaman los budistas. No hacer no es pasividad, sino un estado de apertura a todas las posibilidades.

Si practico el no hacer, ¿qué haré en realidad? Sigue pareciendo una paradoja.
La tercera forma de seguir a Buda afronta el lado más enigmático de Buda. ¿Cómo puedes deshacerte del yo aparte cuando es lo único que has conocido? El proceso suena aterrador. En primer lugar, porque no hay garantías. Una vez que logras la «muerte del ego», como se suele llamar, ¿qué quedará? Quizás termines iluminado, pero podrías terminar también hecho un blanco, un no ser pasivo sin intereses ni deseos. Las personas creen que el camino budista es exigente porque en él se te pide que reevalúes todo lo que consideras que te hará avanzar en la vida –el dinero, las posesiones, la condición social, los logros– y lo veas como una fuente de sufrimiento. Por ejemplo, tener dinero no provoca sufrimiento directamente, pero te ata a la ilusión al no dejarte ver que hay otra forma de vivir que es real. El dinero, como las posesiones y la condición social, crea una rutina que trae detrás de ella un deseo tras otro.

¿Entonces la iluminación es lo mismo que no tener deseos?
Tienes que entender la «ausencia de deseos» en un sentido positivo, como realización. Cuando está tocando un músico, hay un estado de ausencia de deseos porque el músico se siente realizado. Cuando estás comiendo un manjar delicioso, te sientes realizado porque satisfaces el hambre. Buda predicó que hay un estado, conocido como Nirvana, en el que el deseo es irrelevante. Todo lo que trata de alcanzar el deseo ya existe en el Nirvana. No tienes que perseguir deseo tras deseo en una búsqueda inútil para poner fin al sufrimiento. Por el contrario, vas directamente a la fuente del ser, que no está llena ni vacía. Simplemente es.

¿Te quedan ganas de vivir después de eso?
En el Nirvana ya no se trata de la vida y la muerte, que son opuestos. Buda quería liberar a las personas de todas las dicotomías. Si sigues sus enseñanzas de la segunda forma posible, a través de la moral y la ética, es importante ser bueno, sincero, no violento y compasivo. No querrás practicar el comportamiento opuesto. Pero si sigues a Buda de la tercer forma, la forma mística del no hacer, es precisamente la dualidad lo que tratas de disolver. Vas más allá del bien y del mal, algo que asusta a muchas personas.

¿Qué es el no yo?
Es quien eres cuando no tienes relación con nada. Eso parece místico, pero no deberíamos dejar que nos distrajera la semántica. El no yo es natural; está arraigado en la experiencia cotidiana. Cuando te levantas por la mañana, hay un instante que precede al momento en que tu mente se llena con todas las cosas que tienes que hacer en el día. En ese instante, existes sin un yo. No piensas en tu nombre ni en tu cuenta bancaria; ni siquiera piensas en tu esposa e hijos. Eres y ya está. La iluminación extiende y profundiza ese estado. No estás agobiado por tener que recordar quién eres, nunca más.

Cuando me levanto por la mañana me acuerdo de quién soy casi inmediatamente. ¿Cómo se cambia eso?
Cambiando gradualmente tu manera de pensar. Piensa en cómo te relacionas con tu cuerpo. Casi siempre te olvidas de eso. Los latidos del corazón, el metabolismo, la temperatura corporal, el equilibrio de los electrolitos... Literalmente, docenas de procesos tienen lugar automáticamente, y tu sistema nervioso los coordina a la perfección sin que interfiera la conciencia. Buda sugiere que puedes despreocuparte de muchas cosas que piensas que debes controlar. En lugar de dedicar tanto esfuerzo y lucha a pensar, planificar, correr tras el placer y evitar el sufrimiento, puedes rendirte y poner también esas funciones en manos del piloto automático. Eso se logra gradualmente con una práctica llamada conciencia.

Es decir, ¿tengo que dejar de pensar?
Dejas de invertir parte de ti en pensar, porque Buda te enseña que, de todas maneras, no has tenido el control de tu mente. La mente es una serie de sucesos efímeros, pasajeros, y tratar de aferrarte a lo efímero es una ilusión. El tiempo es exactamente lo mismo: una secuencia de sucesos efímeros que carece de base sólida. Una vez que oigas esta enseñanza, ponla en práctica mediante la conciencia. Cada vez que te tiente la ilusión, recuérdate a ti mismo que no es real. En cierto modo, un termino más adecuado sería «reconciencia».
El proceso de cambiar tu conciencia lleva tiempo. Es una evolución, no una revolución. Todos nos sentimos atraídos por la tentación de elegir entre A o B. La dualidad nos hace creer que es importantísimo tomar buenas decisiones y evitar las malas. Buda no está de acuerdo: él dice que es importantísimo salirse de la dualidad, y jamás escaparás mientras sigas enterrándote más hondo en el juego de «A o B». La realidad no es A ni es B. Es ambas y es ninguna. La conciencia hace que te acuerdes de eso.

¿Cómo se supone que debo entender la expresión «ambas y ninguna»?
No puedes entenderlo, por lo menos con la mente. En pocas palabras, la mente es una máquina que procesa el mundo en lo que respecta al planteamiento «quiero esto» y «no quiero lo otro». Buda predicó que puedes salir de esa maquinaria y mirar cómo trabaja, ser testigo de la mescolanza fantástica de deseos, miedos y recuerdos que es la mente. Cuando te vuelves más diestro en esto mediante la meditación, las cosas cambian. Empiezas a ser consciente de ti con más simpleza, sin tanta confusión mental. Con el tiempo, cambia tu forma de pensar, y lo que domina es el espacio que hay entre los pensamientos –la brecha silenciosa– en lugar de los pensamientos mismos.

¿Es eso el Nirvana?
No, eso es apenas un signo de que estás practicando bien la conciencia. La brecha silenciosa entre los pensamientos pasa con demasiada rapidez para que alguien pueda pararse a vivir allí. Tienes que darle a la brecha la posibilidad de que se amplíe y, al mismo tiempo, el silencio se haga más profundo. Tal vez suene extraño, pero tu mente puede estar en silencio todo el tiempo mientras está pensando. Comúnmente, el silencio mental y el pensamiento se consideran opuestos, pero cuando superas los opuestos, éstos se fusionan. Te identificas con la fuente eterna del pensamiento más que con los pensamientos que emergen de ella.

¿Qué ventaja tiene, suponiendo que me tome el tiempo y el trabajo de llegar a ese estado?
Uno puede hablar de las ventajas en términos elogiosos que suenan muy atractivos. Ganas paz, ya no sufres. La muerte ya no resulta aterradora. Estás de pie, inquebrantable, en tu propio ser. En realidad, los beneficios son muy personales y se van dando a su propio ritmo. Cada persona se encuentra en su particular estado de irrealidad, que es muy personal. Tal vez yo sea obsesivo y la persona que tengo junto a mí sea ansiosa y la persona que está junto a ella, depresiva. En la meditación, estos nudos de discordia y conflicto empiezan a desatarse por impulso propio. Pero siempre hay una revelación evolutiva. A tu manera, caminas hacia la paz, la ausencia de sufrimiento, la intrepidez y todo lo que representaba a Buda.
Desde fuera, esta tercera forma de seguir a Buda parece mística, pero con el tiempo se vuelve tan natural como la respiración misma. El budismo sobrevive hoy en día, y prospera en todo el mundo, por ser tan abierto. No tienes que seguir un conjunto de reglas ni adorar a Dios ni a los dioses. Ni siquiera tienes que ser espiritual. Lo único que debes hacer es mirar dentro de ti, desear la claridad, despertarte y estar completo. El budismo se basa en el hecho de que todos tenemos al menos una pizca de esas motivaciones. La conciencia y la meditación constituyen el fundamento de la práctica budista, aunque cada secta y maestro tenga un enfoque particular al respecto. El za-zen, el tipo de meditación budista que se practica en Japón, no es lo mismo que la meditación vipasana del sudeste asiático. Sin embargo, a fin de cuentas, el budismo es un proyecto personal, y ése es el secreto de su atractivo en el mundo moderno. ¿Acaso no nos concentramos todos en el sufrimiento personal y en nuestro destino individual? Buda no pedía nada más como punto de partida y, aún así, prometía que la llegada sería la eternidad.

Buda (II)

Los Tres Sellos del Dharma o los tres hechos fundamentales del ser:

1. Dukkha

La vida es insatisfactoria. El placer en el mundo físico es efímero. Inevitablemente le sigue el dolor. Por lo tanto, nada que experimentemos puede ser profundamente gratificante. En el cambio no hay descanso.

2. Anicca
Nada es permanente. Toda la experiencia fluye y desaparece. Causa y efecto son eternos y confusos. Por lo tanto, jamás se puede hallar la claridad y la permanencia.

3. Anatta
El yo aparte no es digno de confianza y es, en última instancia, irreal. Usamos palabras como «alma» y «personalidad» para designar algo que es pasajero y fantasmal. Nuestros intentos de hacer del yo algo real no terminan nunca, y tampoco dan frutos a cambio. Por eso, nos aferramos a una ilusión que nos dé seguridad.

...
La palabra «ilusión» tiene muchísimos significados, y algunos son muy tentadores. La ilusión, por ejemplo, de que cuando te enamores será para siempre. La ilusión de que no morirás jamás. La ilusión de que la ignorancia es dicha. Buda veía el peligro que escondían estos señuelos. Rara vez hablaba con dureza, pero me lo imagino reventando todas esas burbujas: el amor tiene fin, todos mueren, la ignorancia es una locura. Pero si se hubiera detenido ahí, Buda habría terminado siendo poco más que un tedioso moralista.
Su definición de ilusión es tan absoluta que casi congela la sangre. Todo lo que se puede ver, oír o tocar es irreal. Todo aquello a lo que te aferras como si fuera permanente es irreal. Todo lo que puede pensar la mente es irreal. ¿Hay algo que se salve de las garras fulminantes de la ilusión?
No.
Pero una vez que nos sobreponemos a la sorpresa que produce saberlo, Buda afirma que con un cambio de conciencia se revela la realidad. No como una cosa, no como una sensación, ni siquiera como un atisbo de pensamiento. La realidad es puramente realidad. Es el fundamento de la existencia, la fuente a partir de la cual se proyecta todo lo demás. En los términos más básicos, el budismo cambia un mundo de infinitas proyecciones por el único estado del ser, una libertad tan absoluta que no tiene que pensar en la libertad ni pronunciar su nombre.

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Buda (I)

Extraído del libro Buda, la novela que cambiará tu vida, de Deepak Chopra (2007)
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Los cinco monjes estaban fascinados con las palabras de Buda, pero era más que eso, esas palabras los llevaban hacia lo más profundo de su ser. Era como entrar en samadhi con los ojos abiertos. Sabían exactamente lo que Buda había descrito. Pero Assaji seguía preocupado.
–Desperdiciaría mi vida si tratara de desentrañar diez mil vidas anteriores –dijo–. Y si quieres que renuncie a esta vida como si fuera un fantasma, ¿acaso no he renunciado ya a ella convirtiéndome en monje?
–Sólo renunciaste al envoltorio exterior –dijo Buda–. Una túnica de color azafrán no te exime del deseo, y el deseo es lo que te ha mantenido prisionero.
–Ya nos dijiste eso en la montaña –dijo Kondana–. Pero en seis años jamás nos liberamos del deseo. Nuestro karma aún nos sigue y hace que obedezcamos sus órdenes.
–Y por eso he venido a buscaros a vosotros en lugar de ir primero con mi familia –respondió Buda–. Lo que os insté a hacer en la montaña fue un error. Quiero repararlo.
–No nos debes nada –se apuró a decir Assaji.
–No hablo de una deuda –aclaró Buda–. Las deudas terminan cuando termina el karma. Mi error os llevó a una trampa. Yo creí que estaba en guerra con el deseo. Despreciaba el mundo y mi propio cuerpo, que deseaba todos los placeres terrenales.
–Pero eso no puede ser un error –dijo Assaji–. De lo contrario, sería inútil hacer votos. La vida santa tiene que ser diferente de la vida terrenal.
–¿Y si no hay vida santa? –preguntó Buda. Los cinco monjes se sintieron extremadamente incómodos y ninguno contestó–. Veréis, incluso la santidad se ha convertido en alimento para vuestro ego. Queréis ser diferentes. Queréis estar a salvo. Queréis tener esperanza.
–¿Y por qué han de ser malas esas cosas? –preguntó Assaji.
–Porque esas cosas son sueños que os adormecen –dijo Buda.
–¿Qué veríamos si no estuviéramos soñando?
–La muerte.
Los cinco monjes sintieron que los recorría un escalofrío. Parecía inútil negar lo que les decía su hermano, pero era desesperanzador aceptarlo. Buda dijo:
–Vosotros tenéis miedo a la muerte, como lo tuve yo, y por eso inventáis cualquier historia que alivie vuestros temores y, después de un tiempo, os creéis esa historia, por más que haya venido de vuestra propia mente. –Sin esperar respuesta, estiró el brazo y levantó un puñado de polvo–. La respuesta a la vida y la muerte es simple. Reside en la palma de mi mano. Mirad.
Arrojó el polvo al aire; el polvo quedó suspendido como una nube turbia durante un segundo, antes de que se lo llevara la brisa.
–Pensad en lo que acabáis de ver –dijo Buda–. El polvo conserva su forma durante un instante efímero cuando lo arrojo al aire, así como el cuerpo conserva su forma durante su breve vida. Cuando el viento lo hace desaparecer, ¿adónde va el polvo? Regresa a su origen, la tierra. En el futuro, ese mismo polvo hará que crezca el pasto y se meta en un ciervo que come el pasto. El animal muere y se convierte en polvo. Ahora imaginaos que el polvo llega a vosotros y os pregunta: «¿Quién soy?». ¿Qué le responderíais? El polvo vive en una planta pero está muerto en el camino que pisan vuestros pies. Se mueve en un animal pero está quieto cuando se encuentra enterrado en las profundidades de la tierra. El polvo comprende la vida y la muerte al mismo tiempo. Así que si respondéis a la pregunta «¿Quién soy?» con algo que no sea una respuesta completa, habéis cometido un error. He vuelto para deciros que podéis ser un todo, pero sólo si os veis así. No existe la vida santa. No existe una guerra entre el bien y el mal. No existen el pecado ni la redención. Al verdadero ser que sois no le importa ninguna de esas cosas. Pero sí le importa al falso ser que sois, el que cree en el yo aparte. Habéis tratado de llevar al yo aparte, con toda su soledad y ansiedad y orgullo, a las puertas de la iluminación. Pero jamás las atravesará, porque es un fantasma.
Mientras hablaba, Buda sabía que ese sermón sería el primero de cientos. Le sorprendió que las palabras fuesen tan necesarias. Había esperado sanar el mundo con un toque o simplemente existiendo en él. El universo tenía otros planes.
–¿Cómo puedo verme como un todo cuando lo que llamo «yo» está aparte? –preguntó Kondana–. No tengo más que un cuerpo y una mente, aquellos con los que nací.
–Mira el bosque –respondió Buda–. Lo atravesamos todos lo días y creemos que es el mismo. Pero no hay ni una hoja que sea la misma que ayer. Cada partícula de tierra, cada planta y cada animal cambian constantemente. No puedes alcanzar la iluminación como la persona aparte que crees que eres, porque esa persona ya ha desaparecido, junto con todo lo de ayer.
Los cinco monjes estaban asombrados al oír esas palabras. Admiraban a Gautama, pero ahora sus creencias instaban a una revolución. Si lo que decía era cierto, entonces nada de lo que les habían enseñado podía ser verdad al mismo tiempo. ¿Que no existía la vida santa? ¿Que no existe una guerra entre el bien y el mal? Ninguno habló durante un largo rato. ¿Qué se le podía decir a un hombre que afirmaba que ni siquiera ellos existían?
–He traído conmigo la conmoción –dijo Buda–. No tenía intención de hacerlo. –Lo dijo con sinceridad, después de meditarlo profundamente, como era debido. No se había dado cuenta de que estando despierto perturbaba tanto a otra gente.
En un abrir y cerrar de ojos, con la misma velocidad con que había visto diez mil vidas anteriores, vio el problema del hombre. Todos estaban dormidos, completamente inconscientes de su verdadera naturaleza. Algunos dormían de manera irregular y alcanzaban a ver a ratos la verdad. Pero volvían a dormirse enseguida. Eran los afortunados. La gran masa de seres humanos no veía la realidad. ¿Cómo podía decirles él lo que en realidad quería decir? «Todos vosotros sois Buda».
–Me doy cuenta de que si me quedo aquí, no haré más que perturbaros más –dijo–. Así que ayudadme. Debemos idear juntos un Dharma que no atemorice a la gente. Empezando por vosotros, mis temerosos hermanos. –Los cinco monjes sonrieron y empezaron a relajarse un poco. Buda señaló los árboles en plena afloración que los rodeaban–. El Dharma debería ser así de hermoso, e igual de natural –dijo–. Si la naturaleza está despierta dondequiera que miremos, entonces los seres humanos merecen lo mismo. Despertarse no debería ser una lucha.
–Tú luchaste –dijo Assaji.
–Sí, y cuanto más luchaba, más difícil era despertar. Hice de mi cuerpo y mi mente mis enemigos. Por ese camino sólo se llega a la muerte y a más muerte. Mientras vuestro cuerpo sea vuestro enemigo, estaréis atados a él, y el cuerpo no tiene más opción que morir. La muerte jamás será vencida a menos que se vuelva irreal.
Años después, Assaji recordaría que empezó a pasar una tormenta sobre el bosque mientras Buda hablaba. Los rayos puntuaban sus palabras y le iluminaban la cara, que no era el rostro ferozmente entusiasta de Gautama, sino algo sobrenatural y sereno. Oyeron el repiqueteo de las gotas de lluvia sobre el techo del bosque, que creció hasta convertirse en un sonido constante, pero sobre los cinco monjes no cayó lluvia, ni siquiera una gota perdida se evaporó en la fogata. De esa manera, la naturaleza les decía que Buda era más que un hombre que había sido iluminado. Después de esa noche, los monjes lo siguieron.

...
–¿Entonces por qué tengo tantos pensamientos impuros? –preguntó Vappa, que era irritable y propenso a los arrebatos de ira, tanto que los otros monjes se sentían intimidados por él.
–No confíes en tus pensamientos –dijo Buda–. No puedes despertarte con el pensamiento.
–He robado comida cuando estuve hambriento, y hubo veces en que me aparté de mis hermanos y me di a las mujeres –dijo Vappa.
–No confíes en tus acciones. Las acciones pertenecen al cuerpo –dijo Buda–. Tu cuerpo no te puede despertar.
Vappa seguía sintiéndose miserable, y su expresión se endurecía cuanto más hablaba Buda.
–Debería irme de aquí. Dices que no existe la guerra entre el bien y el mal, pero yo la siento dentro de mí. Percibo cuán bueno eres, y eso me hace sentir peor.
La angustia de Vappa era tan genuina que Buda se sintió tentado a ayudarle. Sabía lo muy retorcida y sutil que es la mente. Podía convencer al santo más puro de que era el peor pecador, así como se puede convencer a una mujer hermosa que ve una peca en su cara de que ha perdido toda su belleza. Buda podía estirar el brazo y quitarle el peso de la culpa a Vappa con un roce de su mano. Pero hacer feliz a Vappa no era lo mismo que liberarlo, y Buda sabía que no podía tocar a cada persona viviente sobre la faz de la tierra.
–Puedo ver que te debates por dentro, Vappa. Debes creerme cuando digo que jamás ganarás –dijo Buda.
Vappa agachó aún más la cabeza.
–Lo sé. ¿Debo irme entonces?
–No, me malinterpretas –dijo Buda con tono amable–. Nunca nadie ganó la guerra. El bien se opone al mal como el sol de verano se opone al frío del invierno, como la luz se opone a la oscuridad. Están incorporados en el esquema eterno de la Naturaleza. Son la misma cosa.
–Pero tú ganaste. Tú eres bueno; yo siento que eres bueno –dijo Vappa.
–Lo que siente es el ser que llevo dentro, al igual que tú –dijo Buda–. No vencí al mal ni abracé el bien. Me aparté de ambos.
–¿Cómo?
–No fue difícil. Una vez que reconocí que jamás sería completamente bueno ni estaría libre de pecado, algo cambió dentro de mí. Ya no me distraía la guerra; mi atención podía centrarse en otra cosa. Se centró más allá de mi cuerpo, y vi quién soy de verdad. No soy un guerrero. No soy un prisionero del deseo. Esas cosas van y vienen. Me pregunté a mí mismo: «¿Quién está mirando la guerra? ¿A quién recurro cuando pasa el dolor o cuando se termina el placer? ¿A quién le contenta ser y nada más?». Tú también has sentido la paz de ser y nada más. Despierta a eso, y te unirás a mí en la libertad.
Esa lección tuvo un efecto enorme en Vappa, que decidió que su misión, durante el resto de su vida, sería buscar a las personas más miserables y desesperanzadas de la sociedad. Estaba convencido de que Buda había revelado una verdad que todas las personas podrían reconocer: el sufrimiento es una parte fija de la vida. Huir del dolor y correr hacia el placer jamás cambiaría eso. Pero la mayoría de las personas se pasaban toda la vida evitando el dolor y persiguiendo el placer. Para ellas eso era normal, y en realidad se estaban involucrando demasiado en una guerra que jamás ganarían.
...

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