¿Por qué es necesaria la Sabiduría en nuestra sociedad?

miércoles, 16 de enero de 2008

Esta puede parecer una pregunta obvia. Su respuesta más inmediata podría ser: para vivir mejor y ser más felices. El problema viene cuando la mayoría de personas creen que ya viven bien, que son felices y que las cosas no pueden ir mejor de lo que van y que siempre van a seguir así de bien. En muchos casos, esto puede ser cierto, pero les aseguro que en la mayoría no lo es.
Todo el mundo cree vivir su vida de la manera que él desea, en virtud de unas razones personales que a nadie más competen. Pero lo cierto es que no es así; bajo esa inconsciencia nuestra actúan fuerzas mucho más poderosas que nuestros verdaderos deseos y que conducen nuestras vidas a su antojo sin tener para nada en cuenta nuestras auténticas necesidades e inquietudes. Esta fuerza anónima que nos arrastra inexorablemente a su capricho es la sociedad en la que nos ha tocado vivir.
Nos consideramos privilegiados por haber nacido en un país civilizado y desarrollado, donde existe una sociedad bien organizada y estructurada que nos proporciona todo lo que podemos necesitar. Esto es verdad, pero conlleva un peligro latente que muy pocos parecen ver: para que siga siendo así, esta sociedad necesita que los que la componemos, la mantengamos, al mismo tiempo que disfrutamos de ella, para que puedan seguir haciéndolo los que vengan detrás nuestra, es decir, nuestros hijos y nietos.
Esto que parece una obviedad, en la práctica no se lleva a cabo. Cuando una persona llega a lo más alto de su carrera, tiende a dormirse en los laureles; piensa que ya lo ha conseguido todo y, por tanto, no hay más por lo que esforzarse. Todos sabemos que esto es un error y que termina llevando a esa persona al fracaso. Pues bien, con la sociedad pasa exactamente lo mismo pero con la gravedad de que, al estar compuesta por muchas personas, todos piensan que ya habrá otros preocupándose por que todo siga igual, y a la hora de la verdad resulta que no hay nadie, o son tan pocos los que lo hacen que no dan abasto. El resultado de esto es que la sociedad entra en un estado de crisis y decadencia del que es muy difícil salir y que nunca se sabe cómo ni cuándo acabará. Ha ocurrido cientos de veces a lo largo de la historia del hombre y no hay ningún motivo que nos haga suponer que no seguirá ocurriendo.
Hoy en día es más difícil de detectar estos períodos de crisis que en otros tiempos debido al alto desarrollo tecnológico y mediático con que contamos. Esto puede parecer una contradicción ya que, en teoría, la tecnología y los medios de comunicación tan adelantados que poseemos deberían de ayudarnos para prevenir estas situaciones no deseadas, pero no es así; la razón es muy sencilla: a nadie le interesa conocer las miserias y desdichas de la sociedad en que vive. Por el contrario, preferimos seguir pensando que todo va de maravilla y que no tiene por qué cambiar. Por consiguiente, utilizamos esta tecnología y estos medios de comunicación tan sofisticados para decirnos sólo lo que queremos oír, aunque ésta no sea necesariamente toda la verdad o sea sólo parte de ella. Ocurre igual que cuando vemos un noticiario por televisión, escuchamos la radio o compramos un periódico para estar al día; casi todo el mundo pone el canal de televisión o compra el periódico que corresponde con su ideología política ya que, sabe con seguridad que le va a contar las cosas del modo que a él le interesa, dándole la razón en todo lo que piensa, independientemente de que la lleve o no.
¿Qué me hace suponer que nuestra sociedad ha entrado ya en ese período de decadencia? Existen montones de tendencias que cualquiera puede ver y que nos indican que, en muchos aspectos, la sociedad, en vez de avanzar hacia algo mejor, está retrocediendo. Pero en mi humilde opinión, hay una de ellas que es un claro síntoma de la degeneración de un Estado; y lo es, no porque yo lo crea así, sino porque se ha repetido en demasiadas ocasiones en la historia, desembocando en la destrucción o desaparición de grandes Imperios y civilizaciones. Es la siguiente:
Una nación viene a ser como un edificio. Éste está sustentado por lo más bajo, por lo que nadie ve y a nadie le interesa, por lo más feo y desconocido, es decir, por sus cimientos; si éstos fallan, todo el edificio se viene abajo. Lo mismo ocurre con cualquier nación; ésta no está mantenida por los políticos, banqueros, gerentes de grandes empresas, arquitectos, ingenieros, cirujanos, escritores, periodistas, etc. Lo que realmente mantiene un Estado es lo que está más abajo, lo que a nadie le gusta ni quiere saber de ello, o sea, los agricultores, ganaderos, albañiles, electricistas, zapateros, fontaneros, barrenderos; en definitiva, los trabajadores de toda la vida. Precisamente aquellas profesiones que nadie desea para sus hijos.
¿Qué está ocurriendo en este país, así como en casi todos los países desarrollados? Al haber alcanzado la mayoría de la población un nivel económico y social alto, es normal que nadie quiera desarrollar este tipo de trabajos tan mal cualificados y que tanto sacrificio suponen. Por el contrario, lo que todo el mundo desea es realizar tareas administrativas, trabajos técnicos, dedicarse a la enseñanza, a la ciencia, a la ingeniería, en definitiva todo lo que no suponga un gran esfuerzo físico y esté poco remunerado. Así que poco a poco vamos relegando estas profesiones tan injustamente cualificadas para aquellos extranjeros que provienen de países pobres y necesitados, y para colmo, en la mayoría de ocasiones, se hace de forma ilegal, pagándoles sueldos muy por debajo de lo habitual y en condiciones muy precarias.
Conforme van pasando los años, toda esta gente que malviven entre nosotros, irán creciendo en número y se irán haciendo más fuerte dentro de la sociedad, adquiriendo un papel importante dentro de la misma. Debido a su precariedad, estarán muy mal vistos por muchos sectores de la población; serán discriminados, ignorados y rechazados, sin darnos cuenta de que, para entonces, se habrán convertido en un pilar fundamental para el sostenimiento de la sociedad.
Si esta situación no se detecta y se corrige a tiempo, el resultado puede ser catastrófico, como ya he comentado que ha ocurrido en otras ocasiones ya que, al mismo tiempo que estos inmigrantes se fortalecen, la población original se debilita, debido a que la opulencia y la holganza, lo único que trae consigo es el desgaste del pueblo, tanto físico como mental.
Con esto no estoy diciendo que haya que evitar la entrada de extranjeros dentro de nuestras fronteras; no, todo lo contrario, ellos NO son la causa del deterioro, son sólo uno de los síntomas. Como ya hemos visto, los inmigrantes de países en vías de desarrollo son necesarios para el mantenimiento de un país desarrollado, por tanto lo que hay que hacer es facilitarles el camino, no permitir esas situaciones injustas que les obliguen a vivir en la miseria o a delinquir. Aquí es donde entra en juego la sabiduría; al mismo tiempo que nos aprovechamos de su situación más penosa para realizar aquellos trabajos que a nosotros nos incomodan, podemos contribuir al desarrollo de sus respectivos países. Casi todos los países desarrollados han tenido que pasar antes por períodos donde sus habitantes han tenido que emigrar a otros en mejor situación; es algo normal y no tiene por qué suponer ningún problema.
Como dije más arriba, ésta es sólo una de las muchas tendencias que terminan deteriorando a un pueblo, pero existen muchas más. El futuro es imposible de adivinar; ni siquiera la persona más sabia del mundo sería capaz de hacerlo, pero, en muchas ocasiones, sí que es fácil de prever. Tan sólo hay que estar atentos a las tendencias y a las señales que las mismas nos dan; éstas raras veces se equivocan.
Una tendencia se podría definir como una actitud, conducta o inclinación que se va generalizando con el tiempo, afectando cada vez a un mayor número de personas. Ésta puede ser positiva o negativa; evidentemente, las que nos competen en esta ocasión son las negativas que, por desgracia, son la mayoría. Estoy seguro de que estarán hartos de escuchar en los distintos medios de comunicación: “Cada vez hay más ...” o “Cada año existen más personas que...”; este tipo de noticias que en muchos casos suelen darse como curiosidades, sin que se le presten la mayor importancia, son las que con el tiempo terminan convirtiéndose en auténticos problemas de muy difícil solución, perjudicando por día a más y más personas.
En la actualidad existen cientos de tendencias negativas bastante preocupantes, como por ejemplo: el aumento de la delincuencia extranjera, el aumento de la violencia callejera, el aumento de enfermedades como la diabetes, el cáncer, problemas respiratorios, obesidad, enfermedades mentales (todas ellas cada vez en personas más jóvenes), la falta de respeto hacia las personas mayores, la drogadicción en edades cada vez más tempranas, el aumento de la infertilidad en las parejas, los problemas climatológicos y medio ambientales, como la escasez de agua en determinadas zonas, el aumento de la desertización, el aumento o disminución de temperaturas extremas, tanto en invierno como en verano, el aumento de desastres naturales en cualquier parte del mundo, etcétera, etcétera.
Cualquiera de estas tendencias pueden ser provocadas por múltiples y complicadas causas, lo que hace muy difícil el que puedan ser controladas. Pero una cosa sí que es cierta, sólo hay dos formas de detener una tendencia: una es acabando con las causas que la provocan que, como ya hemos dicho, suelen ser múltiples y complicadas, dificultando bastante su resolución. La otra es dejando que esta tendencia llegue a su límite, ya que toda tendencia tiene un límite. Tanto un método como el otro suele conllevar una gran crisis, donde su gravedad dependerá de la gravedad de la tendencia y del número de personas a las que afecte. De nosotros depende la forma que elijamos para acabar con estas tendencias negativas.
Actuando con sabiduría les puedo asegurar que estas tendencias serán detectadas antes, con lo que se les podrá poner freno de forma menos costosa y traumática y, al mismo tiempo, también nos ayudará a evitar que surjan otras también negativas. La sabiduría nos enseñará que sólo está en nuestras manos, y las de nadie más, que los problemas se solucionen satisfactoriamente, que no podemos quedarnos esperando a que vengan otros a sacarnos las castañas del fuego.
Todo el mundo tiende a pensar que deben ser nuestros líderes políticos y gobernantes los que se encarguen de solucionar todos estos problemas. En la mayoría de los casos es así, ellos tienen la llave para acabar con las causas raíces; pero existe un problema inherente a la democracia: la primera prioridad de todo partido político es sin duda alguna conseguir el poder (o mantenerlo en caso de tenerlo ya), a costa de lo que sea y dejando todo lo demás en un segundo plano. Hay dos formas de conseguir el tan ansiado poder: una es convencer a los ciudadanos de que efectivamente, sus prioridades son las de ellos y de que no les defraudarán nunca. Pero esta forma es difícil, ya que hay que contentar a demasiada gente, es costosa porque requiere el tener que cumplir promesas y es lenta porque se necesita mucho tiempo para que la gente les conozcan y comprueben que son sinceros.
Hay una segunda forma mucho más fácil, rápida y barata: convencer a los ciudadanos de que los demás son peores que ellos. Ni que decir tiene que ésta es la que suele utilizarse. De esta manera no es necesario demostrar nada ni hacer, prácticamente nada. Tan sólo hay que hacer uso de la palabra convenientemente, con la facilidad que nos da nuestro lenguaje para decir medias verdades, tergiversar los discursos ajenos, extraer de ellos sólo lo que interese, o exagerar cualquier cosa que se diga, con el claro objetivo de desacreditar al contrario poniéndolo en evidencia ante la opinión pública. En estas prácticas son unos auténticos maestros nuestros políticos.
También en este caso la sabiduría nos ayudará a distinguir entre unos y otros con lo que, a la hora de ir a votar a las urnas, lo tendremos mucho más claro y, en cualquier caso, en nosotros está el salir a la calle y hacerles ver a nuestros políticos cuales son los auténticos problemas del pueblo.
Extracto de mi libro Tratado sobre la Sabiduría

¿Es necesario ser un erudito o intelectual para posser sabiduría?

miércoles, 9 de enero de 2008

Hace tiempo, cuando empecé a leer a los filósofos clásicos de la Grecia antigua, Sócrates, Platón y Aristóteles, llegué a pensar que sí era necesario tener muchos conocimientos sobre diversas materias para poder aspirar a tener un poco de sabiduría. Con el correr de los años, me he podido dar cuenta de que no tiene por qué ser así.
Y esto ha sido gracias a haber conocido a personas, ancianas por lo general, prácticamente analfabetas, que en sus vidas no han leído ningún libro y, sin embargo, hablando con ellas pude comprobar que rebosan sabiduría por los cuatro costados.
¿Qué quiere decir esto? Pues muy sencillo, que la sabiduría es una ciencia que, no sólo se puede adquirir a través del estudio, sino también con la experiencia, de ahí que sea la ciencia de la vida, ya que es ésta la que te la proporciona. Intentaré ilustrar esta idea con un ejemplo sacado de un texto del escritor Paulo Coelho:
La tradición sufí nos cuenta la historia de un filósofo que cruzaba un río en barco. Durante la travesía, intentaba mostrar su sabiduría al barquero.
–¿Conoces los textos de Horbiger?
–No –respondió el barquero–. Pero conozco lo que la naturaleza me enseñó para desempeñar bien mi trabajo.
–¡Pues has de saber que has desperdiciado media vida!
En mitad del río, el barco chocó con una piedra y naufragó. El barquero empezó a nadar hacia una de las orillas, cuando vio que el filósofo se estaba ahogando.
–¡No sé nadar! –gritó éste, desesperado–. ¡Yo te dije que habías perdido media vida por no conocer a Horbiger, y ahora yo pierdo mi vida entera por no entender algo tan simple como las corrientes de un río!”

Efectivamente, la experiencia diaria es nuestra mejor fuente de conocimiento y es algo que está al alcance de todos. Pero para aprovecharla al máximo, no sólo es suficiente vivir mucho, la prueba está en que no todo el que llega a anciano es sabio. Hay dos formas de andar un camino; una es preocupándote solamente de donde pones los pies para no tropezar hasta llegar al final.
En la segunda, no sólo nos fijamos en el camino en sí, sino también en todo el paisaje que lo rodea; en los árboles, los pájaros con sus distintos cantos, las distintas especies de plantas, los insectos, saludamos a otros caminantes con los que nos cruzamos; en definitiva, no sólo andamos el camino sino que también nos dedicamos a su contemplación.
De la misma forma se puede pasar por la vida. Es fácil distinguir a aquellas personas que viven de la primera forma de aquellas que lo hacen de la segunda; la diferencia está precisamente en la sabiduría que adquieren estos últimos, sin necesidad de estudiar ni de hacer esfuerzos o sacrificios supremos, simplemente dedicándose a vivir con una filosofía distinta y, les puedo asegurar, que mucho más provechosa. Tanto es así que para los segundos la felicidad será algo que tendrán al alcance de la mano, mientras que los otros es seguro que llevarán una vida más complicada y desdichada.
Además, al hablar de conocimientos hay que hacerlo siempre desde un punto de vista relativo ya que éstos son infinitos. Es imposible que nadie lo sepa todo; yo suelo decir que por cada cosa que sé, existen al menos un millón de ellas que no conozco, y que por mucho que una persona crea saber siempre habrá otra que sepa más. El hecho de que una persona sepa mucho o no, depende de con quién se la compare simplemente. Una persona puede saber mucho sobre una o varias materias en concreto, pero eso no la hace estar más capacitada para la vida que otras personas con otros tipos de conocimientos. Lo importante es que cada uno estemos bien capacitados para lo que hacemos a diario. Un agricultor, por ejemplo, debe tener un perfecto conocimiento de la tierra, la climatología, la calidad del agua, los distintos tipo de abonos, etcétera; mientras que un físico teórico debe ser un experto en matemáticas y astronomía. Cada uno puede ser un erudito en su materia, pero no tienen por qué conocer nada de las ocupaciones del otro. Por supuesto que nunca está de más cualquier tipo de conocimiento extra, pero sin hacer de ello una cuestión de vital importancia. Seguro que todos conocemos o hemos oído hablar de personas muy inteligentes, grandes intelectuales que no han sido felices y que incluso han acabado sus vidas de forma traumática.
Debemos de tener muy claro que todo el mundo está capacitado para algo en concreto, por tanto, cada vida es de igual importancia. El árbol cuya madera no es apta para hacer grandes obras, por ser demasiado rígida o blanda, llegará a convertirse en un gran árbol, capaz de dar mucha sombra y de albergar entre sus ramas y tronco a una gran cantidad de especies vivas; en la inutilidad de su madera, está su utilidad como árbol. Lo mismo ocurre con cualquier persona, nadie debe sentirse menospreciado por no estar capacitado para alguna determinada tarea ya que, sin duda, lo estará para otras. La sabiduría nos enseñará cual es nuestra verdadera misión en la vida.
Al haber definido la sabiduría como una ciencia, la estamos dotando de un ámbito específico dentro de lo que podríamos englobar como conocimientos generales. Estos conocimientos específicos que corresponden a la ciencia de la sabiduría son los que yo propongo en este libro, al menos una parte de ellos. Quién aspire a convertirse en algo más, a parte de ser un experto en su trabajo, debería de tener muy en cuenta estos conceptos; ya hemos dicho que la sabiduría es la ciencia de la vida, y la vida es algo en la que todos estamos inmersos, así que, igual que para un físico son imprescindibles las matemáticas, para cualquier ser humano debería ser también imprescindible, al menos, un poco de sabiduría. Mi propuesta es no esperar a que el tiempo nos enseñe estos conocimientos básicos, que sin duda lo hará, sino empezar cuanto antes, de manera que podamos aprovechar mejor nuestras vidas que, probablemente, será la única que tendremos. Cuántas veces habremos oído a una persona anciana decir: “¡Ay si yo tuviera tu edad sabiendo lo que ya sé!”. No cometamos el error de esperar a la vejez para aprender a vivir.
Hablando de la vejez, se me viene a la mente la respuesta que le dio el anciano Céfalo a Sócrates cuando éste le preguntó si consideraba la situación de la vejez como la más cruel de la vida; quizás no venga mucho a cuento pero fue una interesante respuesta, y muy sabia por cierto; juzguen ustedes mismos:
Me sucede muchas veces, según el antiguo proverbio, que me encuentro con muchos hombres de mi edad, y toda la conversación por su parte se reduce a quejas y lamentaciones; recuerdan con sentimiento los placeres del amor, de la mesa y todos los demás de esta naturaleza, que disfrutaban en su juventud. Se afligen de esta pérdida como si fuera la pérdida de los más grandes bienes. La vida de entonces era dichosa, dicen ellos, mientras que la presente no merece ni el nombre de vida. Algunos se quejan, además, de los ultrajes a que les expone la vejez de parte de los demás. En fin, hablan sólo de ella para acusarla, considerándola causa de mil males. Tengo para mí, Sócrates, que no dan en la verdadera causa de esos males, porque si fuese sólo la vejez, debería producir indudablemente sobre mí y sobre los demás ancianos los mismos efectos. Porque he conocido a algunos de carácter bien diferentes, y recuerdo que, encontrándome en cierta ocasión con el poeta Sófocles, como le preguntaran en mi presencia si la edad le permitía aún gozar de los placeres del amor, «Dios me libre –respondió–, ha largo tiempo he sacudido el yugo de ese furioso y brutal tirano». Entonces creía que decía la verdad, y la edad no me ha hecho mudar de opinión. La vejez, en efecto, es un estado de reposo y de libertad respecto de los sentidos. Cuando la violencia de las pasiones se ha relajado y se ha amortiguado su fuego, se ve uno libre, como decía Sófocles, de una multitud de furiosos tiranos. En cuanto a las lamentaciones de los ancianos de que hablo, a los malos tratamientos de que se quejan, hacen muy mal, Sócrates, en achacarlos a su ancianidad, cuando la causa es su carácter. Con costumbres suaves y convenientes, la vejez es soportable; pero con un carácter opuesto, lo mismo la vejez que la juventud son desgraciadas.”
Extracto de mi libro Tratado sobre la Sabiduría

Yo soy el que no es

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Yo soy el que no es, que únicamente será cuando me miras.
Soy el que no es, que sólo será cuando me hablas.
Soy el que no es, que sólo será si me sonríes.
Soy el que no es, que sólo será si me tocas.
Yo soy aquél que no es, y que tan sólo podrá ser cuando me ames.

Mírame y te veré.
Háblame y te oiré.
Sonríeme y te amaré.
Tócame y sentiré.
Ámame y por ti moriré.
Mírame, háblame, sonríeme, tócame, ámame. Y seré.

Abrázame y gozaré.
Recuérdame y viviré.
Acompáñame y no me perderé.
Aliméntame y creceré.

Si te sientes perdido, grita.
Si tienes miedo, llora.
Si sufres, laméntate.
Si algo te oprime, desahógate.
Si te encuentras solo, golpéame.

Llama a mi puerta y te abriré.
Tiéndeme la mano y te la estrecharé.
Grítame y despertaré.
Siéntate a mi lado y te acogeré.
Escúchame y te hablaré.

Somos animales sociales, decía Aristóteles. La mutua relación con los demás es nuestra razón de ser; sin ella, nuestra existencia no encontraría sentido alguno. Por ello, el más positivo y beneficioso de todos los esfuerzos que podamos hacer, es aquel que nos conduzca a entablar relaciones cordiales, amistosas y afectivas con todo aquel que se nos acerque, o con todo aquel que lo necesite. La intimidad es una bendición, pero la soledad un castigo; no debemos confundirlas.
Este mensaje no tiene nada que ver con la Navidad; es cuestión de pura supervivencia. No lo olvides.

Ramón

lunes, 17 de diciembre de 2007

Cuando Ramón abrió los ojos aquella mañana, lo primero que vio justo en la pared frente a su cama, fue una mancha de humedad con la forma perfecta de un payaso.
–Qué ironía –pensó–. Un payaso en este lugar tan sórdido y lúgubre.
¿Pero qué lugar era aquel sórdido y lúgubre en el que había amanecido Ramón esa mañana? En la confusión del despertar apenas podía recordar dónde se encontraba y, mucho menos, cómo había llegado allí. Pero ese momento de plena libertad que transcurre cuando nuestra conciencia aún no ha sido inundada por las aflicciones y amarguras propias de la humanidad, tan sólo permaneció durante un breve instante de salvación en la mente de Ramón. Una fugaz mirada hacia la derecha bastó para devolverle de golpe a la profundidad del abismo desde donde resurgía su triste realidad.
Allí se levantaban, rígidas y amenazadoras, las mismas rejas oxidadas que la noche anterior se cerraban a su espalda, confinándole en la más absoluta de las miserias a la que puede ser arrojado un ser humano. Ramón sabía que sólo saldría de aquella oscura y húmeda celda para dirigirse a la aún más oscura, aunque salvadora, muerte en el paredón.
¿Pero por qué tan cruel final para una vida joven y llena de ilusiones? Su confusa conciencia aún se sentía incapaz de vislumbrar con claridad la totalidad de la desesperanza que le había conducido ante aquella desgraciada situación. Las borrosas imágenes de su pasado más reciente, el vivido tan sólo unas horas atrás, irrumpían en su cerebro con una lentitud desesperante, como una película en blanco y negro en cámara lenta y descolorida por el tiempo, como si se tratase de una realidad transcurrida muchos años atrás y vivida por otras personas en otros tiempos.
Desafortunadamente no cabía duda de que había sido él el protagonista de aquella barbarie perpetrada el día anterior y que empezaba a cobrar una trágica solidez en su atormentada cabeza de recluso. Ahora sí podía recordar con tremenda claridad el momento en el que, junto con sus exaltados compañeros, vaciaban todas aquellas latas de gasoil sobre los destartalados bancos de madera de la iglesia de San Esteban, la misma en la que tantos sermones del padre Antonio había oído durante su infancia y juventud junto a su padre y hermanos. El mismo padre Antonio que en esos momentos de locura yacía moribundo, aunque con la suficiente lucidez como para percatarse de todo lo que ocurría, sobre el sagrado suelo de su parroquia de toda la vida.
Por desgracia, la sucesión de horribles imágenes no se detenían ahí. También pudo ver sus propias manos encendiendo la cerilla que haría sucumbir bajo las llamas al antiguo edificio de arquitectura barroca y poner fin a la también antigua vida de su párroco. “¡Arde en el infierno, maldito cura fascista del demonio!” oyó gritar a su compañero Miguel mientras todos corrían despavoridos para ponerse a salvo, desperdigándose sin control por las empedradas calles del pacífico pueblo que los había visto crecer. Por un instante también se le encendió en la mente la figura de su amigo Miguel quince años atrás, vestido con un inmaculado traje blanco de marinero, a unos metros del altar de la iglesia que acababan de incendiar, arrodillado frente al padre Antonio, aquel cura que acababan de quemar vivo y al que el mismo Miguel había golpeado cruelmente en la cabeza minutos antes; lo podía ver claramente recibiendo por primera vez el sagrado sacramento de la comunión; también podía ver con nitidez, ya que él estaba a su lado en tan insigne momento, como lo había estado siempre, la sonrisa bonachona y sincera del párroco al tiempo que colocaba sobre la lengua de su futuro verdugo la redonda lámina comestible que por aquel entonces todos estaban convencidos de que era el cuerpo de Jesucristo, y que con tanta ilusión y alegría recibían en aquel día junto con el resto de compañeros de clase, incluida María, que aún no podía albergar ni sombra de sospecha de que terminaría locamente enamorada de aquel muchacho de tez pálida y pelo revuelto cuyo máximo empeño en la vida consistía en pellizcarle el culo siempre que tenía ocasión, y al que todos llamaban Ramoncito.
“¡Dios mío, María!” su abstraído subconsciente no había perdido aún la costumbre de invocar al Dios olvidado en momentos de desesperanza, como lo era justo aquél, en el que la imagen de su amada tendida sobre el inmundo suelo, inerte y con la cabeza destrozada por la certera bala de un soldado fascista, tan oportuno como despiadado, se le presentó con una brutalidad inusitada haciéndole saltar del desvencijado catre para agarrarse con rabia e impotencia a las rejas que le arrebataban la libertad. Y fue entonces cuando el duro y valiente Ramón volvió a convertirse en el inocente Ramoncito de hacía quince años; llorando desconsoladamente regresó al mugriento colchón y se entregó por completo al cruel destino al que las circunstancias le habían empujado y que ingenuamente él creía haber elegido libremente.
En su agonía no podía dejar de preguntarse cómo había llegado a esa situación; cómo había podido ser capaz de empujar a la locura a todos sus antiguos amigos y, sobretodo, cómo había permitido que le siguiese en su delirio también María, la angelical María, la persona a la que más había querido en el mundo y por la que sería capaz incluso de ingresar en un seminario si se lo pidiese, no digamos ya de dar la vida por ella si pudiera. Pero no; en vez de pedirle que ingresara en un seminario le animó a continuar con su cruzada antifascista y le apoyó en su particular lucha por salvar el mundo de las hordas nacionales que amenazaban la libertad.
¡Qué ingenuo! Salvar el mundo. Cómo si éste dependiese de un pobre infeliz como él o de un grupo de desalmados revolucionarios iluminados. En estos momentos de amargura ni tan siquiera estaba seguro de la verdad por la que luchaban. Pensó que también aquel miliciano fascista que le arrebató de un disparo y para siempre a su querida María, tendría una verdad por la que perseguir y exterminar a personas como él; pensó que el padre Antonio también había muerto injustamente por una verdad incomprensible para todos ellos. Pensó que tal vez no existiese ninguna verdad por la que matar o morir. Claro que qué sentido tenía ya pensar en todo esto.
En estas angustiosas reflexiones se encontraba Ramón, cuando de nuevo su mente fue tornándose difusa, y poco a poco, sin apenas percatarse de ello, fue dejando la tormentosa realidad que le atenazaba para penetrar en el tranquilizador mundo de los sueños, donde aún existía la esperanza.
Cuando volvió a abrir los ojos, pensó que tan sólo habían transcurridos unos pocos segundos desde que su cerebro fabricase aquel extraño sueño que difícilmente podía recordar; años más tarde sospecharía que fueron mucho más que segundos. Lo primero que pudo ver apoyado sobre la pared que tenía en frente de su acogedora habitación y junto a la videoconsola y el televisor, fue el payaso de trapo que le regaló su padre al cumplir cinco años. Habían pasado ya cuatro años de eso y aún lo conservaba intacto, como uno de sus juguetes preferidos. Más adelante, también presentiría que el motivo de su conservación era otro bien distinto, más profundo y misterioso, cuando el mismo payaso de trapo, envejecido y algo remendado y en esta ocasión en el dormitorio de su propio hijo, volviese a ser el lazo de unión entre dos épocas bien distintas dentro del mismo mundo, aunque vividas por el mismo espíritu.
En ese primer instante de lucidez, trató de aferrarse con fuerza a la borrosa reminiscencia que aún flotaba en su mente y en la que se veía a él mismo, aunque bastante mayor y cambiado, encerrado en una oscura prisión y recordando inquietantes sucesos sobre el incendio de una iglesia, la muerte de un cura, amigos entrañables y un apasionado amor. “Qué tontería”, pensó el pequeño Ramón, “¿por qué iba nadie a quemar una iglesia?”. ¿Y quién sería esa tal María a la que era incapaz de verle el rostro? Con nueve años, a Ramón aún le producía náuseas la idea de enamorarse de alguien. Tampoco podía entender por qué en ese momento de confusión sentía tanta ansiedad y desesperanza, y su corazón le mantenía en un estado de agitación que nunca antes recordaba haber experimentado.
Pero al igual que todos los sueños, este también fue desvaneciéndose misteriosamente de la conciencia de aquel inocente niño, aunque no así de su más profundo subconsciente, donde permaneció durante años esperando con paciencia la oportunidad para resurgir de nuevo, justo en el momento de que su portador fuese capaz de comprender por qué un trágico suceso acaecido en un tenebroso pasado había sido evocado setenta años después en la mente virgen de una cándido muchacho de nueve años.

El final del camino

lunes, 10 de diciembre de 2007

¿Qué estarán poniendo en la televisión a esta hora?
¡Qué pregunta! Pues lo mismo de siempre, ¿qué si no?

Por más que cambio de canal, no encuentro nada que me distraiga lo más mínimo, o que me haga olvidar que no puedo hacer otra cosa más que estar aquí sentado, o más bien clavado, frente al maldito aparato, que ya empiezo a odiar con toda mi alma, a pesar de ser mi único y fiel acompañante en estas largas y largas jornadas de mi postrera vida.
De la cama al sillón, del sillón a la cama, pasando por el baño. Y vuelta a empezar. Despacito, no vaya a caerme, y con el bastón bien apretado en una mano, mientras la otra se apoya torpemente en cada mueble o pared que encuentro en mi camino; por si los mareos.
¿Y mañana?
¿Mañana? Ya olvidé el significado de esa palabra. Como el de tantas otras: esperanza, proyecto, meta, futuro. La espantosa rutina las borró para siempre de mi mente. ¿Qué sentido pueden tener cuando tan sólo queda pasado? Porque ya ni el presente es digno de tener en cuenta. Bueno, quizás descubra algún dolor o alguna molestia nuevos. Eso si sigo vivo, claro.
¿Pero quiero seguir vivo?
Pues claro, ¡qué clase de pregunta es esa! Todo el mundo quiere vivir...
O no... No lo sé. ¿Para qué?
¿Cómo que para qué? Mis hijos vienen de vez en cuando a verme y me preguntan cómo estoy...
¡Qué cómo estoy! Siempre les contesto lo mismo: bien. ¿Cómo voy a estar?
(Muriéndome).
Pero ya llevo setenta y cuatro años sobre este mundo; ya es hora. Eso es lo que piensan todos: que ya es hora.
¿Y yo? ¿Qué pienso yo? Yo pienso que no; que no es hora. Si pudiera gritar lo diría a gritos. QUIERO VIVIR. Un día más, un año más. Quiero salir; pasear por mi jardín, por mi huerto, al que tantas horas le dediqué durante mi perra vida y que tan abandonado se encuentra tras mi retiro. Quiero coger el coche, conducir, ir de compras, al cine, leer un libro sin que me lloren los ojos a los cinco minutos. Quiero hacer lo que hace la gente viva.
¿Cuánto tiempo permaneceré así? ¿Días? ¿Meses? ¿Años?
No, años no.
Claro que aún podía ser peor. Podría estar postrado en la cama sin poderme levantar...
Todo se andará.
Yo era de los que pensaban que todo tiene un principio y un final, que la muerte nos llega a todos y nada podemos hacer, sólo resignarnos. Es ley de vida. Creía que con esta idea asumiría mi final con dignidad y valentía cuando éste se presentase.
Pero eso era antes, cuando ese final se presumía lejano.
Ahora maldigo esta despreciable vida, que nos pone por delante toda la inocencia y la alegría de la niñez, nos hace gozar de los más bellos placeres de la despreocupada juventud, nos da serenidad y armonía durante nuestra responsable madurez... y nos lo arrebata todo, sin avisar, el día que más feliz eres por todo lo que has conseguido; condenándonos a una eterna agonía sin fin, sin propósito alguno, más que el de ver como se van agotando poco a poco la energía, la vitalidad, las ganas,... la ilusión.
No hay derecho. Siempre había pensado que una vida sin ilusión no merecía la pena ser vivida, que era ésta la que nos mantenía siempre alerta y activos. Pero, ¿y ahora? ¿Qué pienso ahora? No lo sé.
¿Pero cómo podía ser si no?
Tampoco lo sé. Yo no dicto las normas. Sólo las sufro.
Se supone que este es el momento de hacer recuento de lo que ha sido mi vida, del bien o del mal que he hecho a los demás, de cómo me he portado con mis hijos, con mi mujer, de la huella que he dejado en este miserable mundo (si es que he dejado alguna)... Pero es que no me apetece hacerlo. ¿Para qué? Ya no puedo remediar nada de lo que hice; lo hecho, hecho está.
¿De qué me arrepiento o de qué me siento orgulloso? ¡Y yo qué sé! ¡Acaso he podido elegir!
Todo el mundo piensa que es fácil responder a estas preguntas una vez que se ve el final del camino, pero todos se equivocan; no lo es. Me gustaría poder gritarlo al mundo entero. ¡NO LO ES!
Claro que ya se darán cuenta. Todos pasaran por este calvario.
Bueno, no todos. Algunos tendrán la fortuna de irse de este mundo tal y como llegaron, sin enterarse, sin necesidad de pasar por esta lenta angustia a la que nos vemos avocados algunos más desafortunados.
Muchos dicen que debería sentirme dichoso por haber alcanzado esta edad, haber tenido una vida placentera y holgada, una familia unida y feliz... ¿Qué sabrán ellos?
¡Pues no, no me siento dichoso! Muy al contrario, me siento la persona más desgraciada de la tierra. Quiero vivir, pero al mismo tiempo quiero morir.
¡No, no quiero morir!; voy a morir. ¿Quién se puede sentir dichoso viendo venir el final de los días?
Otros dirán: “Al menos tiene la cabeza en su sitio; debería de dar gracias”. ¡Serán hijos de...! “La cabeza en su sitio”, vaya consuelo. Y encima quieren que dé gracias y todo.
Pero tengo que ser generoso y amable con todos y decirles que tienen razón. ¿Para qué mortificarles con mis penas y amarguras? Seguramente dirían que son achaques de viejo. Pensarían que estoy entrando en un estado depresivo debido a mi debilidad. Al final terminarían deseándome una pronta muerte y se engañarían diciendo: “Es lo mejor que le podría suceder”.
Ignorantes.
No. Tengo que mantenerme firme; aparentar placidez y bienestar, para que al menos se sientan a gusto a mi lado y no terminen rehuyéndome. Hablar de política, del colegio de los niños, de la comida de Navidad, de lo que subirán las pensiones para el año que entra...
¡Qué me importarán a mí las pensiones ni el colegio de los niños!
Creo que estoy siendo demasiado cruel conmigo mismo; debería de relajarme un poco e intentar vivir lo poco que me quede de vida con la mayor integridad posible...
¡A la mierda la integridad! Tengo derecho a ser cruel conmigo mismo. Es más, quiero serlo. A estas alturas de la vida nadie me puede prohibir que me sienta conmigo como me de la gana. Bastante me he obligado ya a lo largo de tantos años a sentirme como se suponía que tenía que sentirme para que todos estuvieran contentos a mi lado. Que si los niños, mi mujer, los clientes, los socios, los empleados, los proveedores, las amistades, los yernos y las nueras...
Tanto esfuerzo para qué. Para acabar plantado delante de un decepcionante aparato electrónico que no hace más que recordarme lo inútil que soy y todo lo que me estoy perdiendo y me voy a perder ahí fuera.
Y todavía hay quien opina que la vejez da libertad.
Iluso.
Claro que yo también llegué a pensarlo cuando me jubilé y pude dedicarme a lo que me diese la gana. Estuvo bien mientras duró. Pero una libertad tan exigua no debería ni existir. ¿Qué clase de Dios es ese que te hace creer que tienes todo el tiempo del mundo para disfrutar de lo que te has ganado con tanto esfuerzo y sacrificio para poco después arrebatártelo por completo dejándote en la más humillante de las miserias?
No. Definitivamente yo no quiero esa libertad. Prefiero mil veces el forzado trabajo en el campo o el estrés de los negocios antes que esta mierda de libertad.
Bueno, al menos sí que soy libre para poner el canal de televisión que quiera. Por cierto, creo que ya va a empezar la corrida de toros; si no recuerdo mal hoy toreaba Morantes. Promete ser una gran corrida; creo que me lo pasaré bien.

Dedicado a mi padre y a todos aquellos ancianos que, como él, sufren en silencio la soledad y la amargura del final del camino.

La sabiduría como ciencia

lunes, 3 de diciembre de 2007

A estas alturas de la vida, seguro que nadie pone en duda la utilidad de las matemáticas, de la física, de la astronomía, de la biología o del resto de las ciencias conocidas. Todos somos conscientes de lo necesarias que han sido todas ellas, y siguen siéndolo, para llegar a donde estamos ahora. El desarrollo de las ciencias va íntimamente ligado al desarrollo de la civilización, sin éstas no tendríamos sólidas viviendas, medios de transporte, vestidos resistentes, alimentos perdurables, ni prácticamente casi nada de lo que utilizamos diariamente en nuestras vidas.
¿A dónde quiero llegar contándoles esto? Pues me gustaría llegar a que comprendiesen tan claramente como lo he hecho yo la importancia de la sabiduría en nuestras vidas. Si hemos quedado en que ésta es también una ciencia, quiere decir que también puede hacernos nuestras vidas más fáciles y cómodas, al igual que las demás. Es más, estoy en posición de afirmar que el desarrollo de esta ciencia es imprescindible para que una civilización sea capaz de perdurar en el tiempo infinitamente, sin que se autodestruya o sea destruida por otra vecina, como ha venido ocurriendo a lo largo de toda la historia de la humanidad y, no lo duden, seguirá ocurriendo.
Permítanme que les cite un texto bastante ilustrativo sacado del libro Hijos de las estrellas de Daniel Roberto Altschuler:
Se puede argumentar que la inteligencia nos dota de ventajas para sobrevivir y que, por lo tanto, se desarrollará necesariamente en el curso de la evolución. Sin embargo, es posible que, del mismo modo que un fuego se extingue por sí solo después de cierto tiempo, también una especie que desarrolle tal nivel de inteligencia que le permita dominar el resto de las especies y el medio ambiente se extinga a sí mismo después de un tiempo. De este modo, la vida da un gran salto en otra dirección. Si así ocurriera, la inteligencia no habría bastado para que nuestra especie supiera cómo evitarlo hasta que fuera demasiado tarde. Tal vez, esto casi tenga carácter de ley natural, un límite debido a que el proceso evolutivo es acumulativo, el resultado de una suma de pequeños cambios. Quizá no sea posible pasar de poca inteligencia a suficiente inteligencia para evitar el colapso sin pasar antes por algo de inteligencia pero insuficiente. El único ejemplo con que contamos, nosotros, insinúa la veracidad de esta proposición. La vida inteligente sólo podrá sobrevivir si encuentra una forma de saltar la barrera que impone la inteligencia insuficiente y acceder a un nivel superior.”
Analizando un poco este párrafo, yo diría que actualmente nos encontramos inmersos en esa barrera de «inteligencia insuficiente» la cual no nos permite seguir avanzando en nuestro desarrollo como civilización, con lo cual, si no se le pone remedio antes, terminaremos como tantas otras civilizaciones de la antigüedad, con el agravante de que, con el enorme poder destructivo que tenemos en la actualidad, es muy probable que no dejemos mucho de utilidad para otros que vengan detrás. También el científico británico James Lovelock, considerado por muchos como el padre del ecologismo, insinuó en una ocasión algo parecido cuando escribió: “Escasean las evidencias de que nuestra inteligencia individual haya aumentado a lo largo de la historia.”
¿Por qué les digo esto? Sencillamente porque estoy convencido de que es la ciencia de la sabiduría la única que nos puede hacer saltar esa barrera, hasta ahora infranqueable, de la «inteligencia insuficiente».
En el siglo XIV, el historiador tunecino Ibn Jaldún intentó algo parecido con la historia que, dicho sea de paso, tiene mucho que ver con lo que estamos hablando ya que de la historia se pueden extraer muchas experiencias ajenas que nos pueden ayudar en el presente. Este hombre intentó hacer de la historia una ciencia útil que permitiese extraer enseñanzas del pasado. Mientras otros autores creían que son los individuos quienes van creando la historia, él sostenía que es la sociedad la que crea el futuro, y que los individuos no son más que frutos de esa sociedad. Por tanto, a su juicio, el historiador debía conocer “los principios de la política, del arte de gobernar, la naturaleza de las entidades, el carácter de los acontecimientos y las diversidades que ofrecen las naciones”, porque ésos son los factores que marcan el desarrollo de los acontecimientos y permiten responder a los retos del presente. En otras palabras, este historiador sostenía que el pasado está repleto de sabiduría que podría ser aprovechada en el presente si se estudiaba convenientemente.
Pero entremos un poco en materia, ya es hora. La sabiduría es algo de lo que se tiene constancia desde tiempos inmemorables. Ya en la Biblia se habla de ella en numerosas ocasiones. Pero siempre se le ha hecho mención, más que como una ciencia, como una virtud personal que se podía poseer o no. Esta es la diferencia que yo propongo.
Yo creo que la sabiduría debería de tratarse como una ciencia con todas las de la ley. Como cualquier ciencia, se puede estudiar, se puede investigar y se puede experimentar. Existe infinidad de literatura sobre ella; ya he mencionado la Biblia, el rey hebreo Salomón dejó importantes escritos al respecto (que supuestamente se les atribuye), Jesucristo también fue un gran sabio, Siddhartha Gautama, más conocida como el Buda, Lao Tse, el creador del Taoísmo, importantes filósofos de la antigüedad como Sócrates o Aristóteles, y podría seguir nombrando multitud de ellos en todos los tiempos, incluidos los actuales.
Confucio fue otro gran sabio, sus enseñanzas constituyeron uno de los pilares donde se sustentó su país, China, durante muchos siglos, desde el V a. C. hasta prácticamente la llegada del comunismo a mediados del siglo XX. Como ven, existe al menos un precedente de que la sabiduría puede ser estudiada como una ciencia más. Yo no me tengo por una persona sabia, como Confucio, más quisiera, mi único mérito, si se me quiere atribuir alguno, ha sido el haber recopilado las enseñanzas de muchos que sí lo fueron y nos dejaron sus testimonios por escrito. Como ocurre con toda ciencia, la teoría no basta para poder decir que se domina, es necesaria también la experiencia y la práctica; por eso no se puede decir de nadie que sea un sabio por saber escribir palabras sabias; habría que comprobar primero que sabe llevar también a la práctica lo que predica.
La sabiduría, más que ninguna otra ciencia, es experiencia pura. Sólo se llega a dominarla cuando se ha vivido mucho, después de equivocarnos en numerosas ocasiones, de caernos y volvernos a levantar, de aprender con los errores. Tan sólo entonces se podrá decir de una persona que es sabia y, una vez obtenida esta sabiduría, podremos estar seguros de haber encontrado el camino que nos conducirá a la felicidad eterna, independientemente de las vicisitudes y desgracias que nos acechen por el mismo y, además, también estaremos en disposición de hacer felices a todos los que nos rodean.
Mi pretensión con este libro es simplemente mostrarles esa teoría, enseñarles el camino; pero una cosa es conocer el camino y otra muy diferente es andarlo. Les aseguro que no es nada fácil, sobretodo al principio. En esta sociedad tan materialista y frenética en la que estamos inmersos, casi todo lo que nos rodea se opone a la práctica de la sabiduría. Sería necesario primero hacer un examen de conciencia, eliminar complejos, prejuicios, ver más allá de las apariencias, conocer la realidad de las cosas, que en demasiadas ocasiones se nos presentan desvirtuadas deliberadamente por intereses ajenos a los nuestros.
Para animarles un poco les diré que, una vez que se consigue todo esto, una vez que seamos capaces de distinguir las cosas verdaderamente importantes de las superficiales, habremos logrado un primer paso decisivo y, al mismo tiempo, sin necesidad de nada más, se darán cuenta de cómo sus vidas cambiarán radicalmente, a mejor por supuesto; tendrán las ideas más claras, vivirán más tranquilos actuando conforme a sus criterios, sin importarles nada lo que piensen o digan los demás, dejarán de preocuparse por supuestos problemas que antes no les dejaban dormir tranquilos, sabrán aprovechar mucho mejor su tiempo, en definitiva, serán más felices y, con el tiempo, les puedo asegurar que esta felicidad se contagiará a aquellas personas que están a su alrededor. Y esto será sólo el principio.
Extracto de mi libro Tratado sobre la Sabiduría

Juan

lunes, 26 de noviembre de 2007

Juan tenía treinta y ocho años. Era un hombre sencillo y pacífico, de ideas más bien conservadoras, inculcadas desde su infancia por sus padres con paciencia, devoción y mucho amor. La misma devoción y pasión que él ponía ahora en la educación de su único hijo, Alberto, de cinco hermosos añitos de edad. El único por poco tiempo, ya que, Susana, su mujer, se encontraba en cinta de tres meses. Ambos esperaban con mucha ilusión y entusiasmo la llegada de este nuevo retoño al hogar, el cual traería sin duda aún más felicidad, si cabe, a la vida de Juan.
Pero a Juan no le había regalado nadie esta felicidad. Trabajaba desde muy pequeño en el taller, junto a su padre, al mismo tiempo que se sacaba los estudios obligatorios. Su padre se jubiló pronto, ya que tenía una salud muy precaria, además de una edad avanzada para un trabajo tan sacrificado como el que desarrollaba. Así pues, Juan se tuvo que costear la carrera de magistratura ejerciendo los más diversos trabajos: camarero, chico de los recados, atendiendo a la clientela en una panadería y haciendo chapuces mecánicos, aprovechando lo aprendido con su padre. Todo ello al mismo tiempo que ayudaba en el hogar familiar, puesto que era hijo único y la pensión de autónomo que le había quedado al padre era bastante exigua, apenas les alcanzaba para comer. Pero Juan se esforzó, nunca perdió la paciencia y se entregó al cien por cien en sus obligaciones sin cuestionarse nunca el destino que la vida le había deparado. Su padre le había enseñado desde que tenía uso de razón que siempre era preferible aprender primero a adaptarse a las circunstancias y, sólo después, una vez aprendido esto, intentar cambiarlas a nuestro interés. Y Juan seguía su ejemplo, sin pensarlo, instintivamente, sin plantearse otras opciones; simplemente porque él era así; lo habían forjado de esa manera.
Su inalterable empeño y dedicación le llevó a aprobar la primera de las oposiciones a las que se presentó, después de haber terminado la carrera. De esa forma, Juan, vio cumplido su primer sueño: trabajar de profesor en un colegio de primaria, dando clases a los más pequeños. Pero como un escalador incansable que alcanza una primera cumbre sólo para contemplar la siguiente, Juan continuó su esforzada escalada por la vida, dispuesto a llegar cuanto antes a la meta que por entonces él pensaba debía de ser el fin de toda existencia, aquella para la que se había estado preparando con ahínco desde su infancia, el objetivo que todo hombre de bien debía de tener siempre en mente: casarse, tener hijos y formar una bonita y feliz familia perfecta.
También en este empeño le fue recompensada su total entrega y dedicación. Conoció a Susana en un seminario impartido en su escuela. Era la mujer perfecta: guapa, inteligente, simpática y más bien introvertida, de gustos sencillos, enemiga de las extravagancias y de los lujos. Lo dicho: la mujer perfecta para él. Juan era también un buen partido, así que ella lo aceptó pronto como novio y no tardaron mucho en casarse. Tampoco el primer hijo, Alberto, tardó en llegar, para la alegría y satisfacción de Juan, que por día veía como su sueño se iba cumpliendo con el más rotundo de los éxitos. Por supuesto, Susana dejó su trabajo tras la llegada de Alberto para ocuparse por completo de su crianza, así como del cuidado del hogar. Fue algo de mutuo acuerdo, no por casualidad Juan la había elegido a ella entre tantas otras para su insigne proyecto de vida. Cada detalle era importante, y Juan lo sabía.
El segundo hijo se hizo esperar algo más. Incomprensiblemente para Juan, pasaban los años y Susana se resistía a quedar embarazada; algo estaba fallando. Algunos amigos se atrevieron a aconsejarle que acudiera a una clínica de fertilidad, pero eso era algo que iba en contra de sus principios: Dios había hecho al hombre y a la mujer para tener hijos; Él era el único que podía intervenir en este milagroso proceso. Ni que decir tiene que Susana también estaba de acuerdo con él. Pero de nuevo su tesón pudo más que cualquier adversidad. Por fin su mujer se quedó embarazada. Ahora sí que la felicidad sería completa; ya nada ni nadie podría pararle, su proyecto de vida estaba resultando tal y como él siempre lo había deseado y planeado.

Pero nada ni nadie en este mundo podría haberse imaginado ni por un momento lo que en pocos minutos iba a acontecer en el apacible y feliz hogar de Juan, porque a lo que nada ni nadie puede en verdad parar es al inevitable destino que las circunstancias cruzan en nuestro camino.
Era domingo, un día tórrido y gris de invierno, alrededor de las doce de la mañana; el desapacible clima exterior parecía augurar el inminente desastre que se cernía sobre aquella casa. Hacía tan sólo unos minutos que Juan y su familia habían regresado de la capilla cercana, después de asistir, como todos lo domingos, a la sagrada misa. Ya se habían puesto cómodos en el interior de la confortable casa de campo que, con tanto esfuerzo y sacrificio, habían podido adquirir hacía unos años. Juan preparaba el didáctico juego de construcción que le habían comprado a Alberto en las pasadas Navidades, mientras su hijo lo miraba con impaciencia y admiración, dispuesto a pasar una agradable y amena mañana de domingo en familia. Susana, mientras tanto, se afanaba en la cocina con un guiso que olía a las mil maravillas.
Fue ella la que advirtió la primera anomalía. “Juan, creo que ahí afuera hay alguien”, comentó inocentemente, pensando que podían ser algunos de los vecinos que habían entrado por la pequeña cancela metálica que habrían dejado abierta si percatarse de ello, como tantas veces había ocurrido. “Voy”, dijo su marido mientras se acercaba a la puerta entornada que daba a la terraza exterior, la cual, raramente solía cerrarse durante el día, ya que ellos estaban saliendo continuamente al patio y no había motivo para ello.
No tuvo tiempo de abrirla; ésta se le estampó en la cara de un fortísimo porrazo, lanzándolo hacia el suelo con un dolor muy intenso y palpitante en todo el rostro. Apenas pudo distinguir como entraban cuatro hombres grandes y corpulentos (o al menos así les pareció en aquel momento), armados algunos con bates de béisbol y otros con puñales; uno de ellos empuñaba una especie de arma automática pequeña. No hubo tiempo para avisar ni para decir nada. Su mujer y su hijo se acercaron tras escuchar el fuerte ruido del portazo y ambos fueron cogidos con gran violencia por dos de los intrusos. Entre los otros dos levantaron rudamente a Juan, después de darle un fuerte golpe con el bate en la cabeza, y lo lanzaron, medio aturdido, junto con el resto de su familia, hacia dentro del salón. A Juan le ardía la cara, la vista se le nublaba por momentos debido a la sangre que le chorreaba incesantemente por la brecha abierta en la frente producida por el bate; se notaba además la nariz hinchada y en la boca ya empezaba a acumulársele la sangre procedente de ésta, a raíz del portazo primero. Oía levemente gritar a su mujer y llorar desconsoladamente a su hijo, pero sabía, al igual que sus captores, que era inútil; aquellos hombres ya se habían encargado de cerrarlo todo y los vecinos más próximos se encontraban a suficiente distancia como para no enterarse de nada. Él siempre había buscado, y apreciaba mucho, la tranquilidad e intimidad que habían encontrado en aquella casa, tan apartada del mundanal ruido urbano.
El aturdimiento tan sólo duró unos pocos segundos en desvanecerse, aunque a Juan le parecieron una eternidad, en la que todo pasaba como a cámara lenta. En cuanto pudo articular palabra comenzó a repetir sin cesar: “¡Dejen a mi familia, les daré todo lo que quieran!”. Pero aquellos hombres no parecían oír; ellos iban a lo suyo. Uno de ellos asestó otro terrible golpe en el rostro de Susana mientras gritaba: “¡Calla puta!”, la cual empezó a sangrar abundantemente de inmediato, quedando medio inconsciente en mitad del suelo del salón. Solucionado el problema de los gritos, sólo quedaba acallar de alguna forma el llanto del pequeño, que no dejaba de llorar escandalosamente mientras el más fornido de los hombres lo atenazaba ferozmente por uno de sus delicados brazos. “¡Haz callar de una vez a ese mocoso!”, rugió otra de aquellas bestias, aquella que parecía ser el líder. Y dicho y hecho; delante de la vista de Juan, a tan sólo unos metros de distancia, sin mediar más palabra, aquel salvaje levantó el cuchillo que llevaba en la otra mano y, de un rápido y eficiente tajo, segó la yugular del niño, y con ello su corta vida.
Se hizo un silencio sepulcral.
A Juan se le heló la sangre, se le cortó de inmediato la respiración y creyó desfallecer, mejor dicho, deseó desfallecer. Aquello no podía ser verdad, no podía estar sucediéndole a él. Su mujer pudo incorporarse un poco tras el golpe recibido, lo suficiente como para ver a su amado hijo tendido en el suelo sobre un charco de sangre espesa y negra; el color de la muerte. El desgarrador grito que estalló súbitamente de su garganta devolvió a Juan a la terrible realidad: habían matado a su hijo. También le sirvió a ella para ganarse otro tremendo golpe por parte del atacante que tenía más cerca, dejándola nuevamente aturdida y con el rostro totalmente ensangrentado.
A Juan, sin embargo, le resultaba imposible exhalar siquiera un leve suspiro; la garganta la tenía bloqueada, el corazón le latía a mil por hora y en su mente sólo se repetían las mismas palabras una y otra vez: “No puede ser, no puede ser”.
Pero sí que podía ser, y así era.
Y aún faltaba por llegar lo peor. Uno de los asaltantes agarró con fuerza a Juan por el cuello y la cabeza, obligándolo a mirar lo que posteriormente harían sus compañeros con la mujer. Le desgarraron violentamente la camisa y arrancaron de un poderoso tirón el sujetador, dejándola con los pechos al aire; tiraron con la misma brutalidad de sus pantalones y bragas hasta dejarla completamente desnuda. Cada acción era vitoreada con alegría y entusiasmo por todos los asaltantes. Inmediatamente uno de ellos la abrió de piernas mientras los otros la sujetaban, se desabrochó el pantalón y se arrojó sobre ella, penetrándola como una bestia al tiempo que le levantaba las nalgas con sus poderosas manos. Afortunadamente, Susana no parecía encontrarse muy en su sentido, aunque sí que se la oía gemir de dolor levemente. Juan, entre sollozos, intentaba apartar la mirada del aberrante espectáculo, pero su opresor se lo impedía, atenazándolo más fuerte y abriéndole con sus dedos dolorosamente los párpados, los cuales, entre lágrimas y sangre coagulada, le permitían tan sólo apreciar una sombra de lo que estaba sucediendo. Los tres brutos que estaban con su mujer, se turnaban una y otra vez repitiendo el atroz acto sobre ella, sin dejar de gritar y de reír de entusiasmo.
Así hasta que el cuarto hombre, aquel que apresaba a Juan, se cansó y decidió que también él quería participar del festín. Entonces asestó a Juan otro fuerte golpe en la cabeza que lo dejó semiinconsciente y lo arrojó al suelo para unirse después a sus compañeros.
Nunca sabría el tiempo que permaneció en ese estado; presumiblemente, sólo unos segundos; el caso es que cuando Juan pudo abrir los ojos y fue capaz de enfocarlos medianamente sobre algo, lo primero que vio, a tan sólo un metro de distancia de su cabeza, fue la pequeña arma automática que llevaba uno de los asaltantes: con las prisas y la emoción la había dejado abandona en el suelo, al alcance de su víctima. Al mismo tiempo oía a los cuatro reírse y gritar de gozo alrededor de su mujer, en apariencia, sin percatarse en absoluto de la presencia del marido. De repente, su mente pareció despertar de una terrible pesadilla y fue capaz de pensar conscientemente, como ajena a su propio cuerpo, al dolor, al abatimiento, como si no le perteneciese a él y actuase por cuenta propia. Y se percató de todo lo que estaba sucediendo: cuatro delincuentes habían irrumpido en su casa, le habían dado la paliza de su vida, habían matado a su hijo y ahora violaban brutalmente a su mujer... y el tenía un arma al alcance de la mano.
Pero él nunca había utilizado una pistola, no sabría hacerlo. Sólo tienes que agarrarla por la empuñadura, apuntar y apretar el gatillo, no es tan difícil. ¡Hazlo!
Pero algo podía fallar y entonces se percatarían de que él estaba consciente y armado, las consecuencias podrían ser terribles. Nada puede ser peor de lo que está ya pasando, terminarán por matarnos a todos, no tienes nada que perder. ¡Hazlo!
Pero si los mato, ¿qué será de mí? Es ilegal matar incluso en estas circunstancias; nadie se puede tomar la justicia por su mano. Están violando a tu mujer embarazada, si no te das prisa podría perder al bebé o podrían matarla en cualquier momento. ¡Hazlo!
Pero Jesucristo dijo: “Amad a vuestros enemigos; haced bien a los que os aborrecen. Bendecid a los que os maldicen; y orad por los que os calumnian. A quien te hiere en una mejilla, preséntale asimismo la otra.” (Lucas 6, 27-29). Nunca más podrás abrazar a tu inocente hijo, ¿qué mal podía haber hecho él a nadie con tan corta edad y toda una vida por delante? Tú no eres Job; ¡hazlo!
Juan cogió con decisión el arma; todo había pasado por su cabeza en cuestión de dos segundo; nada había cambiado desde que abrió los ojos y despertó su conciencia. Se incorporó, apuntó y apretó el gatillo. El arma empezó a escupir una estridente y mortal ráfaga sobre las cuatro personas que le acababan de destrozar su apacible vida. Él sabía que su mujer estaba tendida en el suelo, así que se cuidó instintivamente de no apuntar demasiado bajo. Todo fue demasiado rápido como para que los delincuentes pudieran reaccionar; a los pocos segundos, los cuatro se encontraban esparcidos por el suelo de su salón, empapados en su propia sangre, la cual impregnaba cada rincón, cada mueble, cada pared, cada libro, cada objeto de decoración, cada cuerpo, con vida o sin ella, que allí se encontraba... La pesadilla había terminado.

Susana perdió el hijo; jamás volvió a quedarse embarazada. Tampoco le preocupó. Sus heridas físicas sanaron en poco tiempo, no así las mentales. Cayó en una profunda depresión, de la cual salía para volver de nuevo a derrumbarse sin que nada ni nadie pudiera evitarlo. Así hasta el fin de sus días. Por supuesto Juan nunca dejó de cuidarla y de quererla. Ya no era la esposa perfecta, no era divertida, ni condescendiente.. pero era su esposa, y esa era su obligación.
Tampoco Juan volvió a ser el mismo (¿quién podría serlo?). No lo encarcelaron. Tampoco fue al infierno. Tanto la justicia humana como la divina supieron comprenderle. Le habían preparado para trabajar duramente, educar a sus hijos, amar a sus semejantes, y para vivir en paz y con sencillez; nunca para algo así (¿acaso a alguien lo educan para algo así?). Continuó acudiendo al Santo oficio cada domingo, solo, más por costumbre y por guardar las apariencias que por otra cosa. En cuanto su espíritu fue capaz de nuevo de construir ilusiones, objetivos en la vida, un nuevo sueño en el que emplear la existencia tan arduamente conquistada, tuvo claro cual sería: vivir.

Fin

Si les parece dura esta historia es que no conocen las historias de verdad, aquellas que pasan todos los días en la vida real a seres humanos como usted y como yo, en cualquier parte del mundo. Tampoco yo las conozco, afortunadamente, pero soy consciente de que el sufrimiento, ajeno o propio, nos hace más humanos, mientras que la ausencia de él o su desconocimiento nos deshumaniza. De ahí que yo considere de VITAL importancia la publicación y difusión de toda forma de sufrimiento humano, provocado o fortuito, ya que prefiero humanizarme con el conocimiento del sufrimiento ajeno, a tener que hacerlo con el propio, que espero que nunca llegue.
Perdón por la extensión tan dilatada de la historia, pero es que lo mío no son los resúmenes; aun así, he procurado acortarla cuanto me ha sido posible. Si aún les quedan ganas de seguir leyendo un poco más, aquí les dejo un pequeño fragmento de mi libro Metnok; no sé si tendrá mucho que ver con la anterior historia, pero eso ¿a quién le importa? Que tengan un buen día:

En ocasiones, los dioses deciden poner a prueba a determinadas personas. El que no la pasa, muere, y su nombre se pierde con él en el más oscuro y lúgubre agujero del Gran Abismo, bajo toneladas de polvo y ceniza, junto a todos aquellos que una vez tuvieron la oportunidad de ser y en vez de eso eligieron perder.
Los que consiguen pasar esa prueba reciben el mayor don que ningún dios podrá conceder jamás a hombre alguno. Para ellos los dioses tienen reservado el preciado don de la felicidad eterna. Estas personas tendrán el privilegio de pasar de ser servidores de sus creadores a convertirse en señores de los mismos; para estas personas no existirán empresas que no puedan conseguir, porque los dioses estarán siempre a su lado, protegiéndoles, aconsejándoles, sirviéndoles, amándoles. El nombre de estas personas perdurará durante siglos en el más elevado pabellón construido en el Cielo, junto a todos aquellos que un día sintieron en su interior la necesidad y el coraje de cambiar el destino que otros se habían encargado de escribir para ellos, levantándose de sus cómodos asientos y enfrentándose a la vida sin más armas que la verdad, la justicia y la templanza. Estas personas nunca morirán, se mantendrán vivas por toda la eternidad en el corazón de aquellas otras que las honran cada día con su memoria.
Hasta muchos años después, ya en su ancianidad, Metnok no comprendió que él había sido una de esas privilegiadas personas elegidas para la gloria; él nuca lo pidió, ni lo deseo, ni tan siquiera lo buscó; simplemente apareció en su camino y lo tomó. Su vida no fue sencilla, pasó muchas penalidades, tuvo que luchar, sufrir y trabajar duramente, todo ello para mantener lo que le había sido concedido. En muchas ocasiones creyó perder el don de la felicidad eterna, pero no se rindió, porque el coraje y la valentía son algo que no se pierden fácilmente, así como la generosidad y la humildad, valores que siempre atraerán hacia nosotros a un sinfín de buenas personas dispuestas en todo momento a levantarnos cuando desfallezcamos, alejando de nuestro lado, también para siempre, a la amarga soledad. Tan sólo al final de sus días supo con certeza que ese don, una vez obtenido, perdura por toda la eternidad; pero esto es algo que sólo la llegada de la muerte puede hacer comprender, ya que únicamente es ésta la que, con su implacable mirada, nos hace ver lo que fueron nuestros días, lo que pudieron ser y lo que ya nunca serán.

Se acordaron de mí: