El Esclavo

viernes, 17 de octubre de 2008


Tiempo atrás, el esclavo era azotado, humillado y tratado como la peor de las escorias existentes. Transcurrían sus días junto a los perros, su vida valía menos que nada, su única ilusión consistía en sufrir lo menos posible; su mayor anhelo, una muerte apacible. No poseía bienes, el tiempo no le pertenecía, el respeto le era desconocido y el mejor de los dones que podía recibir era un trato apacible. Su condición le era impuesta a la fuerza, por herencia o por la mala suerte de pertenecer al bando perdedor; en nada contribuían sus dotes para las letras, la ciencia, las armas, la política o cualquier otro tipo de saber. La única habilidad que se le exigía era la perfecta sumisión y la disposición inalterable para el duro trabajo. Tal era la vida del esclavo, y nadie se cuestionaba su existencia y utilidad. Eran indiscutiblemente necesarios para el buen desarrollo de cualquier nación, ¿quién si no iba a trabajar en el campo, recoger las cosechas, servir a los señores, arriesgar sus vidas en interminables construcciones descomunales, extraer los minerales necesarios...?
Por entonces no existía duda alguna sobre la posición de cada cual. Mientras el esclavo se arrastraba suplicando por un mendrugo de pan, el señor le pateaba sin contemplaciones y, si tenía a bien, le arrojaba algunas migajas. La vida del esclavo no solía ser demasiado larga, lo cual acortaba su agonía, proporcionándole la muerte prematura el merecido descanso. Era lo que había... y estaba bien.

En la actualidad, el esclavo se levanta temprano, cuando el estridente sonido del despertador le anuncia el comienzo de su jornada. Desde ese preciso momento en el que abandona la realidad de sus remotos e intransferibles sueños, su mente deja de ser libre y pasa a ser propiedad indiscutible del Señor que la haya entrenado para su uso personal. Ya no es azotado ni golpeado brutalmente, ahora se le domestica desde el mismo día de su nacimiento para que su sumisión sea total, pacífica y consentida, como siempre se ha hecho con cualquier animal doméstico: trabajo a cambio de comida, techo y pequeños placeres engañosos.
Pero el hombre ha llegado a ser más inteligente que el animal, así que los medios para lograr este sometimiento incondicionado han tenido que avanzar también en la misma proporción, siendo ahora más sutiles e imperceptibles de lo que nunca han sido; ya no basta el mendrugo de pan. El infernal despertador tan sólo es uno de los muchos aparatos inventados por los poderosos para tener al esclavo en su mano cuando lo desee. Existen otros muchos más sofisticados y eficaces, como la televisión, la radio, los periódicos, las escuelas o las actividades de ocio, con su tremendo poder de sugestión y absorción.
Pero el mayor y más inteligente de todos estos inventos es sin duda alguna el dinero. Pagarle un sueldo al esclavo para luego exigírselo con intereses para que éste pueda ejercer cualquiera de sus “derechos” con “libertad”, es de una genialidad sin precedentes en el mundo. Cierto que también es la única forma que tiene el esclavo de dejar de serlo para convertirse en Señor, o para subir algún peldaño en la jerarquía, ya que también hay esclavos de primera, de segunda y de tercera, pero precisamente ahí radica su originalidad tan excepcional. Porque aun cambiando de condición, siempre continuará siendo esclavo del mismo dinero que lo ha encumbrado; sencillamente perfecto.
El dinero, junto con el adoctrinamiento previo del esclavo para inculcarle el deseo inamovible de convertirse en Señor, son las mejores armas con las que cuentan los señores de la actualidad para seguir disponiendo hasta el infinito de un ejercito de esclavos sumisos, obedientes y disponibles a toda hora, para cualquier fin que ellos tengan a bien, siempre con las miras de aumentar más y más su poder y grandeza.
Y para ello, estos señores conocen a la perfección los entresijos mentales que gobiernan los actos del esclavo: su insaciable sed de poder, el deseo irrefrenable de placer ilimitado, la ira y la envidia que le mueven a cometer las acciones más viles e indignas por igualarse al vecino o por someter a todo el que es diferente. Todo ello es explotado hasta la saciedad con el único objetivo de mantener a las hordas de esclavos subyugadas y resignadas a su condición de esclavitud. Incluso el alargamiento de la vida y su mejor calidad es aprovechado convenientemente para que el esclavo sea más productivo y eficiente, lo cual da que pensar y sospechar.

Porque, ciertamente, el esclavo ha mejorado mucho su calidad de vida a lo largo del tiempo... pero aún queda mucho trabajo por delante hasta acabar del todo con la perniciosa esclavitud... si es que ello es posible. Porque se me ocurre que quizás sea condición indispensable para la existencia humana la presencia de amos y servidores, ya que siempre habrá mucho trabajo por hacer y pocos que quieran hacerlo.

Por todo lo expuesto, lo único que se me ocurre para abandonar de una vez por todas esta miserable condición de esclavitud, es aprender a vivir de forma sencilla, con las menores necesidades posibles, siendo autosuficientes y alejándonos del voraz consumismo que nos sumerge hasta el cuello en el infierno de la podredumbre desde el que se sustenta el puesto de poder del amo. La lucha por la libertad es la única batalla que se me antoja justa y necesaria, y creo que tampoco es tan difícil ganarla, ya que se puede ser más libre estando encerrado en la más sombría prisión del lugar más alejado y olvidado de la Tierra, que viviendo en una suntuosa mansión rodeado de todos los lujos y placeres creados por el hombre. Porque, mientras te dejen pensar libremente, podrás ser libre. Sólo así se podrá derribar la tortuosa barrera de la educación impuesta y del modo de vida establecido por otros, para poder dar rienda suelta al divino libre albedrío, con el que aún no han podido. No sabemos el tiempo que tardarán en hallar el modo de hacerlo.

La Libertad es la única forma de vida digna, por ello, SÉ LIBRE, aunque tengas que comportarte como un esclavo ante los demás (¡qué sabrán ellos!).

Recomendación a tener muy en cuenta.

lunes, 13 de octubre de 2008

Hace algún tiempo, mis grandes amigos blogeros M. Jose y Carlos Eduardo, me invitaron muy amablemente a participar en sendos proyectos de su creación: los blogs Preludio a un acontecer y Trueque Muisca.

Confieso que al principio acepté más por compromiso que por otra cosa, ya que mi tiempo libre no es todo el que a mí me gustaría tener para dedicarme a esto de la literatura a través de la Red. Pero también es de justicia confesar que a día de hoy me alegro enormemente de haberlo hecho, y de formar parte de este bellísimo proyecto compartido entre los más diversos autores de diferentes rincones del planeta.

Y ya puestos aprovecho también para hablaros sobre el tercer blog en el que participo: Escuela de Letras Libres. Pertenece al taller literario del mismo nombre, y del que soy miembro muy orgullosamente desde hace un año. En él escribimos todos los miembros del taller que deseemos hacerlo, y os puedo asegurar que en su interior encontraréis montones de sorpresas agradables.

Desde aquí invito a participar también a todo el que lo desee con vuestros comentarios y opiniones. Os aseguro que la visita a estos blogs nunca os dejará indiferentes, no sólo por la calidad literaria que en ellos encontraréis, sino también, y sobretodo, por la calidad humana.

Os espero.

El anciano y el caminante

jueves, 2 de octubre de 2008

Como voy a estar fuera unos días, os dejo este texto algo más extenso de lo habitual. Espero que lo disfrutéis igualmente.

Al terminar de comer el caminante las frutas con las que solía saciar su apetito a media mañana, se dirigió a un cercano riachuelo con la intención de lavarse las manos y el cuchillo utilizado, al mismo tiempo que aprovecharía para refrescarse un poco, dado que el día estaba resultando bastante caluroso. En ello se encontraba cuando se percató de la presencia de otra persona no lejos de donde él estaba situado. Comprobó que se trataba de un anciano de edad indeterminada, con una poblada barba blanca y cabello ralo y despeinado también encanecido. Estaba inmóvil, sentado sobre una gran roca al borde del mismo río, y con la mirada fija en un punto concreto de la orilla opuesta.
El caminante se acercó con intención de saludar creyendo que el hombre se encontraba distraído y no se había percatado de su presencia, pero antes de que pudiera salir una palabra de su boca, éste le hizo una rápida señal de silencio con su mano sin apartar la vista del punto en el que tenía fijada su total atención. Seguidamente, le indicó con la misma mano que mirara en la dirección que él lo hacía, todo ello sin dejar de hacerlo él ni por un momento. El caminante obedeció sumiso y confundido, quedándose también inmóvil por miedo a estropear el espectáculo que tanto interés despertaba en aquel anciano. Desde donde él se encontraba, lo único que podía ver en la dirección señalada eran algunas libélulas revoloteando sobre las remansadas aguas del riachuelo. Pero no tuvo que esperar mucho; al instante siguiente, sin previo aviso, emergió como un rayo de la superficie del agua una pequeña cabeza de pez que escupió con gran precisión y energía un chorro de agua sobre uno de estos insectos que se encontraba posado sobre una delicada rama que colgaba a escasos centímetros del agua, derribándolo para, posteriormente, atraparlo con su boca y volverse a sumergir con la misma premura. Todo ocurrió en un par de segundos.
–¿No le parece increíble? –dijo por fin el hombre, girando, ahora sí, la cabeza hacia el caminante–. Nunca fallan.
–Nunca había visto nada semejante –respondió el sorprendido caminante–. ¿Qué peces son esos?
–No tengo ni idea de cómo se llaman; sólo sé que son tan certeros como esquivos. ¿Qué tal está? Espero no haberle asustado con mis manías –comentó el anciano al tiempo que se levantaba y se le acercaba.
–Oh no, muy al contrario; ha sido un espectáculo fascinante –contestó el asombrado caminante, que se había dispuesto a escuchar una lección sobre peces e insectos, la cual nunca llegó; algo que no le decepcionó, por cierto–. La naturaleza siempre cuenta con algo con lo que sorprendernos.
–Nunca lo dude. Lo difícil en estos tiempos es encontrar a alguien que quiera dejarse sorprender por ella.
–Dígame, ¿cómo sabía que iba a aparecer el pez en ese momento? –quiso saber el caminante.
–No lo sabía. Sólo lo esperaba. Tampoco sabe usted el tiempo que llevaba esperándolo, ¿verdad?
–Tiene razón –asintió el caminante–. ¿Y llevaba mucho?
–Qué más da –respondió el hombre restándole importancia–. Cuénteme, ¿qué le trae por aquí?
–No gran cosa. Me gusta tomarme de vez en cuando unos días de respiro caminando por estos bosques.
–Eso está muy bien. No todo el que quiere puede permitírselo; es usted un hombre afortunado.
–Sí, no puedo quejarme. También usted parece encontrarse donde desea, ¿no es así?
–¿Usted cree? Si en vez de vivir en un pueblo cercano, lo hiciese en Egipto, por ejemplo, lo más fácil es que no podría estar ahora aquí, por mucho que lo desease –contestó el anciano sorprendiendo de nuevo al caminante.
–Bueno... supongo, claro. Pero yo me refería teniendo en cuenta sus posibilidades.
–Tranquilo hombre, no se apure. Ya sé a lo que se refería usted –le dijo con una amplia sonrisa burlona–. Si estuviese en Egipto estaría contemplando las pirámides seguramente.
–Igualmente un espectáculo maravilloso, aunque en ese caso no de la naturaleza, sino de la mano del hombre.
–También los hombres somos obra de la naturaleza, ¿no?
–Sí. De hecho, algunos científicos opinan que somos la culminación de esta magna obra.
–Esos científicos no tienen ni idea. Yo los reduciría al tamaño de una hormiga y los invitaría a entrar en uno de sus inmensos hormigueros, por mencionar sólo a una de las muchas criaturas que existen bastantes más asombrosas que el limitado e inestable ser humano. Incluso hay plantas que nos aventajan en determinadas virtudes. El hombre es sólo una especie a medio hacer, muy lejos de ser la culminación de nada.
–Parece conocer usted mucho sobre la naturaleza.
–No crea; tan sólo conozco lo que me rodea, lo cual tampoco es que tenga mucho mérito. Basta con utilizar aquello que nos ha sido concedido gratuitamente, es decir, los ojos, la nariz, los oídos... Ya me entiende.
–Claro. Entonces no cree usted que el ser humano sea la especie más inteligente del planeta, por lo que dice.
–Bueno, no sabría qué decirle. Según esos mismos científicos que usted mencionaba, seremos la especie que menos tiempo habitaremos el planeta antes de extinguirnos. Eso no dice mucho en nuestro favor. Ya ve qué contradicción.
–Es verdad. Menos mal que no tienen ni idea, ¿no fue eso lo que dijo?
–Oh sí. Pero no me malinterprete, yo no soy tan pesimista. Estoy seguro de que algún día aprenderemos a usar la mente; en cuestión de supervivencia la naturaleza no se anda con tonterías.
–Algo habremos aprendido, ¿no? El hombre ha avanzado mucho en muy poco tiempo gracias a la inteligencia; eso no hay quien lo pueda negar.
–El hombre no es tan inteligente como queremos pensar, pero sí que somos muy hábiles, de ahí que hayamos progresado tanto. Además tenemos a las mujeres; ellas sí que son inteligentes de verdad. La naturaleza es muy sabia; empareja a un ser inteligente con otro hábil y conseguirán todo lo que se propongan –sentenció el hombre.
El caminante no sabía si aquel extraño hombre hablaba en serio o sólo hacía ingeniosas conjeturas particulares con la idea de enfrascarse en una conversación amena y relajada. Lo que sí parecía seguro era que aquella era una persona que había vivido mucho y tenía ideas muy claras y precisas, así que el caminante pensó que podría ser agradable y provechoso hablar con él durante un rato, aunque para ello tuviese que abandonar el camino por el que andaba en esos momentos.
–Así que los hombre somos hábiles y las mujeres inteligentes –dijo el caminante–. Curioso, nunca lo había oído antes. No es que yo no esté de acuerdo, de hecho, ahora que lo pienso, creo que lleva razón, pero dígame, si es verdad que la mujer es más inteligente que el hombre, ¿por qué cree usted que ha sido el hombre el que ha dominado siempre mientras que ellas permanecían en un segundo plano?
–Pues por eso mismo, porque son más listas. Si nosotros tuviésemos un mínimo de inteligencia las dejaríamos a ellas en el mando. Seguro que todo nos iría mucho mejor.
–Seguramente. La verdad es que no se puede decir que lo estemos haciendo muy bien. Aunque me parece que habrá muchas personas que discrepen con usted; tenga en cuenta que a lo largo de la historia y también en la actualidad, ha habido algunas mujeres dominantes que también han creado bastantes problemas.
–Sólo las que intentan parecerse a los hombres, o aquellas que ansían estar por encima de él. La que se comporta como lo que es, es decir, como una mujer, difícilmente causará graves perjuicios. Pero claro, éstas nunca alcanzarán el poder, en primer lugar porque no lo pretenden. Así nos va.
–Tiene usted en muy alta estima al sexo femenino. Deben haberse portado muy bien con usted.
–No me quejo. Yo sólo me limito a dejarlas hacer, es la mejor opción.
–Es lógico, ya que piensa que son más inteligentes. Pero digo yo que también se equivocarán de vez en cuando, ¿no cree?
–De vez en cuando no, se equivocan muchísimo, como todo el mundo. La diferencia es que cuando ellas se equivocan no muere gente ni se cometen tantas injusticias, ya que sus intereses son distintos a los nuestros. Por eso merece la pena sufrir de vez en cuando con sus errores que, por lo general, suelen ser bastante tontos y fáciles de subsanar.
–No sé, no sé. Yo no creo que exista tanta diferencia entre ambos sexos, aunque es verdad que recientemente se ha descubierto que genéticamente presentamos algunas diferencias que pueden derivar en el distinto comportamiento al que usted hace referencia.
–Yo no entiendo de genes ni cosas así, como le dije antes, sólo me dedico a observar lo que se encuentra a mi alrededor, y de ahí saco mis propias conclusiones. Tampoco los antiguos conocían la genética y sin embargo sabían la labor a la que se tenía que dedicar cada uno para que la convivencia fuese lo más armónica y estable posible; conocimiento que, por cierto, se ha perdido, a pesar de que en la actualidad hayamos sido capaces de completar el genoma humano, algo que demuestra que seguimos creciendo en habilidades y mermando en inteligencia, para nuestra desgracia.
–O sea, que, según usted, cualquier tiempo pasado fue mejor.
–No, por Dios –respondió el anciano tajantemente–. Ningún tiempo pasado conocido creo que fuese mejor que éste que vivimos, al menos para algunos. Cuando yo digo los antiguos, me refiero a aquellos primeros seres humanos que poblaron la tierra y que aún se necesitaban los unos a los otros para poder sobrevivir. Es de suponer que existió una época en la cual no se habrían creado aún las fronteras, ni se conocerían las necesidades que no viniesen impuestas por la propia naturaleza y para todos por igual; una época en la que los líderes serían los más fuertes e inteligentes y en la que cada cual tuviese que cumplir con su parte de responsabilidad para contribuir al mantenimiento de la comunidad. Es a esa época a la que yo hago referencia, mucho antes de que apareciese la riqueza y la pobreza que creó la agricultura y la ganadería. No sé si me explico con claridad o me estoy yendo mucho por las ramas.
–No, no, le comprendo perfectamente. Pero sigo sin tener muy claro la diferencia que usted ve entre hombres y mujeres –insistió el caminante, que aquel le parecía un punto de vista muy notable y en el que le interesaba profundizar–. Es evidente que ambos hemos tenido siempre roles diferentes, pero no hay evidencias que hagan suponer que la evolución intelectual fuese mayor en el sexo femenino. De hecho, usted parece bastante inteligente para ser hombre.
–Puede ser, pero resulta que yo sólo soy un pobre viejo al que nadie escucha. Precisamente ese es el problema de los hombres, que necesitamos muchos años para aprender lo que ellas llevan sabiendo desde siempre, y para cuando lo aprendemos, ya es tarde, nos habrán reemplazado otros más jóvenes, más hábiles y también más tontos. Pero no se esfuerce mucho por comprenderme, no es necesario; como le he dicho, sólo soy un pobre viejo desahogándose con el primero que le escucha. Además, tampoco pretendo en absoluto llevar la razón. Seguramente no estoy diciendo más que tonterías, pero, compréndame, a mi edad creo que tengo derecho a hacerlo.
–Por supuesto. Y yo no creo que sean tonterías; a mí me parece que tiene usted unas opiniones muy interesantes y dignas de ser escuchadas. Es una pena que las personas mayores queden muchas veces relegadas a un segundo plano, con la cantidad de conocimientos y experiencias que podrían transmitir a los más jóvenes.
–Bah, sinceramente, yo prefiero que me dejen tranquilo. Total, al final, digas lo que digas y hagas lo que hagas, siempre tendrás a la mitad de la población por lo menos en contra tuya; está demostrado. Así que hacen bien en dejar a los viejos disfrutar de un poco de paz y tranquilidad durante su última etapa en este mundo; nos lo hemos ganado por el simple hecho de haber resistido, ¿no cree? Ahora les toca a otros sufrir, equivocarse, perder y aprender.
–Vaya, lo pinta usted muy negro para no ser pesimista.
–¿De veras? Lo siento, no era mi intención. Lo que ocurre es que yo veo a la mayoría de las personas como a esos muñecos de los niños a los que se les da cuerda y empiezan a andar en línea recta hasta que tropiezan con algún obstáculo, y entonces se giran hacia cualquier lado y continúan hasta volver a tropezar, y así continuamente. Yo, personalmente, prefiero andar con los ojos bien abiertos para poder ver antes los obstáculos y así poder esquivarlos, o, al menos, poder poner las manos delante para que el golpe sea menos dañino. Al final esos muñecos ciegos siempre acaban rodando por unas escaleras o destrozados después de tantos porrazos.
–Cierto; un ejemplo muy ilustrativo. Eso se evitaría, como le dije antes, si se escuchara más a las personas experimentadas, como usted. Aunque no le guste, tendrá que reconocer que podría ayudar a muchas personas si éstas se dejasen aconsejar.
–Puede ser, pero se perderían el entusiasmo de la experiencia. Yo no soy de esos viejos que dicen que les gustaría volver a ser jóvenes pero sabiendo lo que ahora saben; eso sería muy aburrido, seguramente no haría nada emocionante. Lo bonito de la juventud es ese espíritu conquistador que poseen y que los mueve a descubrir cosas nuevas e interesantes. Sin ese empuje de curiosidad propio de la niñez, la vida les sería tan sosa y monótona como lo es la nuestra, con todo nuestro saber y todas nuestras vivencias. No hay nada más aburrido que un joven con sabiduría; por eso precisamente no quieren saber nada de nosotros, porque les parecemos aburridos. Y tienen razón.
–Eso que dice es muy interesante, pero debería de tener en cuenta que, en demasiadas ocasiones, ese comportamiento alocado y falto de sentido común de los jóvenes, les lleva a cometer barbaridades que no pueden remediarse con el tiempo, conduciendo sus vidas por caminos nada positivos ni deseados. Eso se podría evitar inculcándoles un poco de sabiduría antes de que cometan esos irreparables errores, ¿no cree?
–Quizás sí, quizás no. Es imposible que nadie pueda saber nunca cuándo un error nos conducirá por un desgraciado camino sin retorno, o cuándo, ese mismo error, nos terminará llevando hacia otro más feliz. Le puedo asegurar que he conocido a personas que han disfrutado de la más completa dicha, precisamente después de haber sufrido las peores atrocidades a las que se puede enfrentar un ser humano. Pero eso no quiere decir nada; también podría haberles ocurrido lo contrario. A eso es a lo que me refiero. El futuro es tan incierto, que nunca podremos lamentarnos ni agradecer nada hasta que no llegue el final de nuestros días; sólo entonces sabremos lo que de verdad ha merecido la pena o lo que hubiese sido mejor evitar. Aunque yo dudo que ni siquiera entonces podamos hacerlo, ya que tampoco podemos saber nunca hacia dónde nos hubiese conducido cualquier cambio.
–Ya veo –dijo el caminante pensativo–. Todo es mucho más complicado de lo que parece. De todos modos, sigo pensando que una buena educación a tiempo podría ahorrarnos muchas futuras complicaciones.
–Ah, pero eso es distinto; ahí sí que estoy de acuerdo con usted. La educación se centra más en la enseñanza de buenos hábitos y costumbres, a parte de algunos conocimientos más o menos útiles, cosa que nunca viene mal para poder llevar una vida tranquila, ordenada y saludable.
–Pensé que eso lo hacía también la sabiduría.
–No exactamente. La sabiduría no es más que la utilización del sentido común, algo bastante difícil para un niño o un joven, ya que éstos aún no han desarrollado en sus incompletos cerebros la zona que alberga dicha función. Es una cuestión morfológica, simplemente. Por supuesto que una buena educación puede ayudar a desarrollar posteriormente esta función, pero no tiene porqué ser así. También he conocido a gente con una sabiduría sorprendente y una pésima educación, y viceversa.
–¡Madre mía! –exclamó el caminante maravillado por las sagaces conclusiones de su acompañante–. Sería usted capaz de liar a cualquiera.
–Eso tiene fácil solución, no me haga caso. Nadie le puede asegurar que yo tenga razón en lo que estoy diciendo, igual sólo estoy desvariando.
–Eso es lo malo, que creo que tiene usted toda la razón, o al menos a mí me lo parece. Ha conseguido usted que dude sobre algunas de las ideas que tenía yo como ciertas.
–Pues me temo que eso es lo único que puedo yo ofrecerle: dudas. Es el inconveniente que tiene el haber vivido tanto, al final terminas no estando seguro de nada y llegas a la conclusión de que quizás lo mejor sería dejar hacer a la vida y a la naturaleza, y que ellas se encarguen de hacer y de deshacer a su antojo y conveniencia. Nosotros sólo somos meros espectadores de este gran espectáculo que se nos presenta a nuestro alrededor, o, en el mejor de los casos, peones totalmente despreciables y prescindibles en un tablero gobernado por fuerzas invisibles y misteriosas que se nos escapan completamente a nuestro limitado entendimiento. Ya ve, en cuanto me da lo oportunidad, de nuevo empiezo a desvariar con mis chifladuras.
–También yo he pensado en muchas ocasiones que quizás tengan razón los que opinan que la ignorancia produce felicidad, ya que cuanto más creemos saber, más conscientes somos de lo poco que sabemos, y eso es algo que siempre produce zozobra y angustia. Estas incertidumbres se las ahorran todos aquellos que se limitan a cumplir sus funciones diarias sin inquietarse lo más mínimo por descubrir otros aspectos de la existencia que no les sea necesario para su supervivencia diaria.
–Ajá, esa es la gran incógnita, ¿saber sólo lo necesario para sobrevivir o plantearse además los intrincables misterios de la creación? En eso dicen que consiste la sabiduría, ¿no es así? En saber hacer las preguntas correctas que, por regla general, nadie es capaz de responder.
–Hombre, pero piense usted que si el hombre no hubiese sentido nunca curiosidad por los misterios que dice, aún estaríamos viviendo en húmedas cuevas y al amparo de los designios de la naturaleza.
–Más o menos como ahora sólo que un poco más incómodos. Claro que cuando no se ha conocido cierta comodidad, no se la puede echar de menos. Además, tampoco es necesario ser tan extremista; como ya han dicho muchos grandes sabios en el pasado, la virtud siempre está en el justo medio, lo que quiere decir que siempre habrá que sacrificar algunas cosas para conseguir otras más provechosas. Desde hace miles de años el hombre sólo va en busca de su comodidad personal a costa de cualquier otra cosa, sin pararse a pensar en el mucho daño irreparable que se está ocasionando a sí mismo en dicha búsqueda.
–Y en su opinión ¿qué se podría hacer? –preguntó con curiosidad el caminante.
–Poca cosa, me temo. Aunque tampoco soy yo el más indicado para responder a eso; en verdad nadie lo es. Supongo que la respuesta sólo la podrá dar, como siempre, el implacable tiempo. Él, y sólo él, será capaz de poner a cada cual en su sitio, y, mientras tanto, los que quedamos por el camino tendremos que apañárnoslas como mejor sepamos.
–Entonces la conclusión sería que tenemos que resignarnos con lo que venga. Pues yo no termino de verlo muy claro, ¿sabe? Siendo así, sería todo un desperdicio la cantidad de escritos que existen y que han elaborado a lo largo de miles de años personas con una gran visión muy por encima del común de los mortales. ¿No le parece a usted eso una lástima?
–Sí, pero yo no pongo las normas, sólo las sufro. Es verdad que existen miles de documentos muy valiosos que nos podrían ayudar mucho, pero, al mismo tiempo, también existen otros tantos que los contradicen con argumentos igual de creíbles para muchos. Por lo tanto, es imposible que haya unanimidad de criterios, y sin ésta, la convivencia en paz resulta muy complicada.
–O sea, que según usted, podría ser incluso contraproducente que haya tanta variedad de opiniones sobre cualquier tema.
–Exacto. No me negará que no nos iría a todos mucho mejor si el mundo entero creyera en un mismo Dios o no creyera en ninguno. Y lo mismo se podría concluir sobre cualquier otra materia en la que no nos terminemos de poner de acuerdo. Siempre será mejor una mentira beneficiosa y consensuada que miles de verdades a medias, al menos en lo que a la supervivencia y al bienestar se refiere. De todas formas, mi larga experiencia me ha llevado a la conclusión de que nos iba mucho mejor cuando sólo aprendíamos de los animales y de la naturaleza, en vez de dejarnos guiar por otros humanos por muy sabios que fueran.
–Eso que dice es muy curioso –dijo el caminante, que por momentos se encontraba más emocionado con aquella conversación–. También yo creo que la naturaleza nos puede enseñar mucho, pero de ahí a pensar que deberíamos de desdeñar todas las enseñanzas recibidas a lo largo de la historia en materia de filosofía y ética a favor de éstas...
–No digo que sea la solución perfecta, pero cuando se dan tantas contradicciones no estaría mal empezar de cero, o al menos, tener un poco más en cuenta nuestros comienzos. ¿Acaso piensa usted que su vida es más plena, más feliz y con más sentido que la de ese pequeño gorrión que nos mira extrañado? –preguntó el anciano señalando a un pájaro que se encontraba posado en un arbusto a un lado del camino–. Si de verdad piensa usted eso es que está loco. Jamás un humano podrá ser tan libre como lo es ese animal en estos momentos. Le aseguro que ese pequeño pájaro podría enseñarnos lecciones más valiosas que Sócrates y Buda juntos. Pero claro, como no puede hablar ni escribir, ni falta que le hace, tenemos que hacer el esfuerzo de pararnos a observarlo, como hacían antiguamente nuestros antepasados, cosa que hoy resulta muy difícil porque no disponemos de tiempo para esas tonterías.
–Veo que está usted muy desencantado con la especie humana; tendría que intentar ver el lado bueno de la vida que, me supongo, alguno tendrá.
–Tiene razón, me estoy poniendo demasiado melancólico. Debe de ser la edad, que nos hace ver las cosas de un modo diferente. Yo antes también pensaba que podría cambiar las cosas que no me gustaban, y me esforzaba por aprender todo lo que pudiera con el fin de convertirme en una persona erudita con la esperanza de poder ayudar a todos los que me rodeaban y demás cosas así; pero lo cierto es que el tiempo me ha bajado de mi pedestal de una patada y me ha colocado aquí, al borde de este río esperando la aparición de peces que escupen agua.
–Quizás sea que no se ha esforzado lo suficiente en hacer llegar sus sabios consejos a los demás. Cómo ve, yo estoy dispuesto a escucharle.
–¿Esforzarse en qué? ¿Y quién puede asegurarme a mí o a usted que mis consejos podrían servir de ayuda a nadie? Como le comenté antes, uno sólo llega a estas conclusiones con el paso del tiempo, cuando ya no quedan ganas ni de hablar, mucho menos de escribir.
–Pues para que vea que nunca se puede perder la esperanza, puede que algún día sea yo el que escriba sobre todas estas cosas que me está usted contando. Es posible que al final sí que sea usted capaz de ayudar a alguien, le guste o no.
–Vaya, no me diga que es usted uno de esos escritores idealistas –preguntó el hombre mirándolo sorprendido.
–Bueno... no sé si idealista...
–Todos los escritores lo son –le interrumpió–. No sé de ninguno que no se crea capaz de transformar el mundo con sus escritos. Los escritores son las personas más vanidosas que conozco, siento mucho decirle esto, créame.
–¿Y conoce usted muchos?
–Algunos. Además he leído a muchos otros, y creo que eso me da derecho a opinar. ¿No será usted de esos que siempre están leyendo un libro que no conoce nadie, verdad, o que suele contestar cosas raras a preguntas sencillas y muy concretas? Es muy típico de los escritores.
–Me parece que nos conoce usted bastante bien –expuso el caminante esbozando una sonrisa de complicidad–. Admito que he pasado por esa fase que usted menciona, pero creo que a estas alturas de mi vida ya he podido comprender que el mundo va a seguir igual que siempre, a pesar de lo que yo escriba. En estos momentos me contento con intentar cambiar la realidad que me rodea más de cerca. Porque eso, no me negará usted, que no se pueda hacer.
–Claro, claro, si las circunstancias le ayudan, por qué no. Le deseo mucha suerte. Muchos otros lo han conseguido antes que usted; mire si no la relevancia que han tenido en el mundo los escritos de personas como Platón, Aristóteles, Buda, Lao Tse, San Pablo, Mahoma... por mencionar sólo algunos. No todas las transformaciones son para bien, pero eso es algo que sólo el tiempo y las circunstancias podrán confirmar.
–Bueno yo nunca he pretendido alcanzar el nivel de esas personas que usted ha mencionado, para qué voy a engañarle...
–Es usted el que se engaña a sí mismo. Todo el que comienza escribiendo lo hace con las más altas pretensiones, lo sé de buena tinta; se llama ilusión, y es lo que mueve el mundo, no hay nada malo en reconocerlo. Con el tiempo se va perdiendo, por desgracia, pero el hecho de que se mantenga usted activo indica que aún conserva algo, ¿me equivoco?
–Ya veo que es inútil intentar contradecirle; conoce usted bien la naturaleza de las personas. Señal de que ha tratado con muchas y variadas. Pero como le digo, en estos momentos yo me conformo tan sólo con llegar a unas pocas personas.
–Claro, qué remedio. Ese es el problema de la sociedad actual. En épocas anteriores eran pocos los que escribían, si los comparamos con el total de la población, por tanto era fácil que sus palabras llegaran al conjunto de los ciudadanos cercanos sin la sombra de la duda proyectada por otras palabras contradictorias. Hoy en día, y desde hace ya bastantes años, sin embargo, son muchos los que escriben, demasiados a mi juicio, y ocurre que, como en otros aspectos de la vida, la abundancia produce el efecto contrario al que se pretende llegar. Lo hablábamos antes, tal diversidad de opiniones, crean una confusión y una división en el común de los ciudadanos que resulta imposible que nadie pueda tener una relevancia realmente importante en el total de la población, como ocurría en el pasado con los grandes pensadores que se decidían a poner por escrito sus ideas.
–Ya le entiendo. Quizás tenga razón, pero no se le puede negar a nadie el derecho de que se exprese libremente. Precisamente ese es uno de los grandes logros de la democracia. Como todo en la vida, también la libertad de expresión tiene sus inconvenientes, además de sus muchas ventajas.
–Así es; qué le vamos a hacer. Y además, qué más da; ni tan siquiera los grandes y sabios pensadores de la antigüedad que hablábamos antes, con toda su relevancia, han conseguido, al menos de momento, que el mundo sea un poco más justo o más pacífico. O quizás sí, lo cierto es que nunca podremos saberlo. Pero me temo que aquí le voy a tener que dejar. Le agradezco mucho que haya tenido paciencia para escuchar las chifladuras de un pobre viejo.
–Ha sido un auténtico placer, créame. He disfrutado mucho con su conversación –le dijo con sinceridad el caminante.
–Si algún día decide escribir algo de lo que le he dicho, no diga que fui yo, por si acaso –se despidió el anciano con una sonrisa mientras tomaba el camino del pueblo.

El caminante se quedó un momento contemplando como se alejaba, con un andar parsimonioso, aquel enigmático personaje que el destino había hecho que se cruzase en su camino en esa soleada mañana. No pudo reprimir una disimulada risa de complacencia al ver como se detenía a mitad de camino para examinar con precisión de cirujano el vuelo de una pequeña mariposa que revoloteaba indiferente por entre los helechos que bordeaban el sendero.
Sintió un poco de lástima al pensar en lo mucho que se perdía el mundo al ignorar a personas como esas, con tanto saber a sus espaldas y que tanto bien podrían hacer si fuesen escuchadas. Él sabía de pueblos primitivos que aún sobrevivían en algunos países subdesarrollados y que mantenía los llamados consejos de ancianos, formados por las personas de más edad que componían la tribu, los cuales eran los que tomaban todas las decisiones importantes que concernían al resto del pueblo. Sin duda, ésta sería una práctica habitual en la antigüedad, lo que le llevaba a concluir que aquel viejo llevaba toda la razón cuando insinuaba que la sociedad moderna, en algunos aspectos, en vez de evolucionar, estaba involucionando, es decir, no sólo dejamos de adquirir mejores hábitos para la supervivencia, sino que además nos olvidamos de las mejores prácticas que nos ayudaron a llegar hasta donde hemos llegado.

Mis Metáforas

domingo, 28 de septiembre de 2008

Hoy voy a poner en un compromiso a otra buena amiga mía: la sin par Raquelilla. Como he visto que se ha encelado por la presentación anterior que le hice a Jose María, pues ahora le va a tocar el turno a ella. Digo lo del compromiso porque así quizás la obligue a escribir más, cosa que hace como los ángeles y que repercutirá en beneficios para todos.
Entrar en su blog, Mis Metáforas, es sumergirse de lleno en todo un mundo donde la fantasía, la ilusión y la realidad bailan de la mano una vertiginosa danza que logrará conducirnos sublimemente a su particular visión sobre lo conocido y lo imaginado, sobre lo soñado y lo vivido, haciendo despertar en nosotros sensaciones y placeres ocultos hasta ahora en nuestro interior más sombrío.
Si desean deleitarse con la lectura de una narración aguda, certera, repleta de buenas metáforas, imaginativa y muy bien construida, no dejen de visitar Mis Metáforas. No se arrepentirán.

Rincón de la imaginación

jueves, 25 de septiembre de 2008

El día 11 de septiembre fue un gran día para el mundo de la blogosfera. Fue el día en el que mi buen amigo Jose María se decidió por fin a compartir con todos nosotros su enorme talento componiendo letras, su gran sensibilidad, su infinito ingenio y su sorprendente agudeza (no por nada se hace llamar Genialsiempre). Además de poner a nuestra disposición desinteresadamente su inagotable sabiduría, adquirida durante años de lectura incansable e intensas experiencias.

Todo ello lo podrán encontrar, delicadamentente condensado o magistralmente desenvuelto, en su blog Rincón de la imaginación, que nace al mundo cargado de buenas vibraciones y mejores intenciones.

Yo no me lo perdería por nada del mundo, les aseguro que su visita siempre supondrá una agradable sorpresa y les proporcionará un autentico aluvión de placeres para los sentidos.

Ya me contarán... y me lo agradecerán.

La sabiduría nos ayuda a aprovechar mejor el tiempo

domingo, 21 de septiembre de 2008

El tiempo es el tesoro más valioso que una persona puede poseer. Y esto es así porque es lo único que, una vez que se pierde, no puede recuperarse por nada del mundo. Tanto el dinero, como la salud o el amor, pueden recobrarse en otro momento y, si no fuera así, tampoco son imprescindibles para conseguir la felicidad. Pero con el tiempo, esto no ocurre; sin el tiempo suficiente para desarrollarnos como seres humanos, es totalmente imposible que podamos llevar una vida plena y satisfactoria, por eso es tan importante no perderlo. Además, la experiencia es necesaria para adquirir la sabiduría y, ésta sólo se puede conseguir dejando transcurrir el tiempo suficiente y aprovechándolo al máximo.
Administrar correctamente nuestro tiempo es una de las tareas más difíciles con las que nos enfrentamos día a día. También en esta ocasión nos puede ser de gran utilidad la sabiduría. Ésta nos ayudará a distinguir las cosas realmente importantes de las que no lo son. En demasiadas ocasiones solemos confundir los asuntos urgentes con los importantes; hay que aprender a compaginar ambos.
A menudo nos cruzamos en nuestra vida con gente que piensan que su tiempo es más importante que el de los demás, y que sus prioridades deben de ser también la de los demás. A este tipo de gente hay que dejarles muy claro desde un principio que esto no es así; cada persona tiene sus prioridades bien definidas a la hora de administrar su tiempo y, lo que para unos puede parecer muy importante, para otros será una insignificancia.
Cada persona debe ser propietaria indiscutible de su tiempo; nadie tiene derecho de apropiarse del tiempo de otro. Una persona de nuestro entorno que se crea con este derecho, puede amargarnos la vida si no actuamos pronto poniendo las cosas en su sitio. Por supuesto que esto no quiere decir que no podamos dedicar parte de nuestro tiempo a hacer favores a otras personas que lo necesiten, de hecho, esta es una buena práctica que nos hará mejorar mucho nuestro nivel de satisfacción personal, pero siempre y cuando se haga de manera consentida y sin que de lugar a abusos por parte de la otra persona.
Como he dicho, administrar bien nuestro tiempo no es tan fácil como podría parecer. Hay que tener muy claro cuales son nuestras prioridades; si no lo hacemos, puede llegar un momento en que nos demos cuenta de que no estamos viviendo nuestra vida, sino la de otros, y no creo que eso le guste a nadie. Como dijo en una ocasión el filósofo y escritor granadino Francisco Ayala: “Cada cual es el autor de su propia suerte; cada uno es el primer y principal responsable de lo que venga a sucederle.”
Es muy normal que pensemos que el tiempo siempre corre en nuestra contra, ya que no podemos pararlo ni controlarlo en ningún momento; yo les puedo asegurar que si actuamos con sabiduría, encontraremos en el tiempo a un aliado en vez de a un enemigo, como suele suceder. Dejaremos de preocuparnos inútilmente de no tener el tiempo suficiente para esto y para aquello, ya que la sabiduría nos enseñará a distinguir las cosas realmente importantes a las que debemos dedicarles tiempo de aquellas otras superfluas que podemos dejar en un segundo plano.
En una ocasión leí una frase que me llamó mucho la atención (me fastidia no poder recordar dónde); decía así: “Existe una forma de saber si ya cumpliste tu misión en la vida. Si sigues vivo, es porque aún no la cumpliste.” ¿Qué quiere decir esto? Pues justamente lo que decía antes, que es inútil andar preocupándose porque se nos agote el tiempo sin que hayamos podido hacer algo importante o que nos hubiese gustado. Simplemente hay que dedicarse a vivir el día a día, sacándole el máximo partido a cada minuto, sin pensar en proyectos futuros que, sin duda, llegarán cuando les toque su momento. Esto me trae a la memoria otra frase (en esta ocasión si que recuerdo de quién) de John Lennon: “La vida es aquello que pasa mientras hacemos planes”. Y ahí va otra frase para la reflexión, esta es de Simón Peres: “Tanto el optimista como el pesimista terminan muriendo. Pero los dos aprovecharon la vida de manera completamente diferente”.
La filosofía de vivir «aquí y ahora» puede ser un arma de doble filo si no se comprende debidamente. Hoy en día es muy habitual oír decir a los jóvenes y a personas con poco sentido común que viven al día, sin pensar en el futuro. Esto es una insensatez, y nada tiene que ver con el «aquí y ahora» al que yo hago referencia más arriba. No andar todo el tiempo preocupándose por el futuro no quiere decir que no haya que tenerlo en cuenta. Ya comenté en otro apartado que cada decisión que tomamos repercute directamente en nuestro futuro, ya sea próximo o lejano, por tanto, inconscientemente, continuamente lo estamos teniendo en cuenta, aunque nos guste presumir de lo contrario.
Entonces, ¿dónde radica la diferencia? Muy sencillo: en nuestra filosofía de la vida, en nuestros hábitos y costumbres. Les pondré un ejemplo para intentar que lo vean más claro. Supongamos que me dan a elegir para comer entre una hamburguesa y una ensalada; yo sé que la hamburguesa está más apetitosa y me gusta más que la ensalada, pero también sé que la ensalada es más sana y puede resultar más beneficiosa para mi salud en un futuro; así que, aunque me pese y suponga un sacrificio para mí, tomaré la ensalada. Ésta podría parecer la forma de actuar adecuada, pero no lo es, ya que nos supone un sacrificio y significa que estamos continuamente alertas y preocupados por las consecuencias de nuestras acciones. La persona sabia cogería sin pensárselo la ensalada, lo haría instintivamente, no le supondría ningún esfuerzo ni nada por el estilo; actuaría así simplemente porque sabría que es lo correcto, sin pararse a pensar en nada más. Ahí es donde radica la diferencia: en la actitud. Ni que decir tiene que la persona insensata de que hablaba antes, también actuaría por impulso, sin pensar en las consecuencias, pero, a diferencia del sabio, ésta se dejaría llevar por sus deseos más primitivos, por el placer inmediato, es decir, tomaría la hamburguesa.
En definitiva, si actuamos sabiamente, incluso nuestras obligaciones laborales, sociales y familiares sabremos aprovecharlas en nuestro beneficio y, con toda seguridad, también encontraremos el tiempo suficiente para aquellas cosas que realmente nos gustan y nos hacen sentir bien.
Después de analizar la enorme importancia que tiene el tiempo en nuestras vidas, no me gustaría terminar este capítulo sin hacer un grato recordatorio a aquellas personas que dedican todo su tiempo prácticamente a compartirlo con aquellos más necesitados. Quien ofrece su mayor tesoro a los demás desinteresadamente, tiene asegurada la felicidad para el resto de su vida.

La sabiduría ayuda a obtener independencia

domingo, 14 de septiembre de 2008

Ser independiente no significa vivir solo, ni mucho menos. Significa más bien no tener que depender de nada ni de nadie para gozar de una vida plena y feliz. Esta idea va muy ligada a la del desapego que proclama la filosofía budista. El desapego es fundamental para conseguir la independencia o, lo que es lo mismo, la auténtica libertad.
Cuando hablamos de desapego, nos queremos referir a la disminución de nuestros deseos; el maestro Taisen Deshimaru lo expresó de la siguiente manera:
La sabiduría es necesaria en la vida práctica. Un objeto demasiado deseado no puede ser alcanzado, ya que el espíritu está demasiado apegado al deseo, lo cual origina el sufrimiento en el hombre o la locura. Todo va a aquel cuyo espíritu está tranquilo y lleno de sabiduría.
La sabiduría es aprender a no sufrir por un fracaso y a disminuir los deseos
.”
Nuestra cultura tiene un dicho que seguro entenderán mejor: No es más rico el que más tiene sino el que menos necesita. Puede parecer un tópico, pero así de simple es. La práctica del desapego material no es nada fácil, va en contra de todas las corrientes actuales. La sabiduría es la única herramienta que yo conozco para hacerle frente; en esta ocasión les hablo desde la propia experiencia y, créanme, funciona.
No se pueden hacer ni una idea del alivio tan inmenso que se siente cuando te libras de alguno de los muchos acuciantes deseos que todos los días agobian nuestra existencia. Tengan en cuenta que todo deseo con el que no se enfrenten, primero se convertirá en una necesidad, para después pasar a ser un vicio. Cada pequeño vicio que tenemos nos resta un poco de libertad, de ahí la importancia que tiene el acabar con ellos. Al mismo tiempo, cuando uno de estos deseos no puede lograrse, sufrimos, y si ha llegado ya a convertirse en un vicio, el sufrimiento será aún mayor; sólo tienen que pensar en un fumador acérrimo que se queda sin tabaco.
El hombre, a lo largo de su historia, ha creado e inventado miles de cosas; muchísimas de ellas muy útiles y prácticas, nos hacen la vida más fácil y cómoda; pero muchísimas otras lo único que consiguen es complicarnos la vida innecesariamente. No me estoy refiriendo sólo a los aparatos y artilugios fruto de la tecnología y la ciencia, sino también a muchas costumbres, hábitos, ritos, creencias e incluso sentimientos. Sentimientos como por ejemplo la vergüenza, el miedo injustificado, la pasión o el rencor. Piensen en esto, no existe ni un solo animal que sienta vergüenza; los niños pequeños empiezan a sentirla cuando sus mayores se la inculcamos. Con el miedo injustificado ocurre lo mismo; una cebra sólo se asusta y se estresa cuando siente la presencia del león por alguno de sus sentidos como la vista o el olfato; el hombre es el único que tiene estos mismos sentimientos de miedo y estrés con tan sólo imaginar la presencia del león. Las cebras huyen mientras el león las persigue pero, una vez que éste a atrapado a su presa, el resto siguen pastando tranquilamente mientras el león devora a su congénere; los hombres seríamos incapaces de actuar así. No siempre fue de esta forma; una vez fuimos como ellos, sabíamos distinguir lo realmente importante de lo que no lo es tanto; lo necesitábamos para sobrevivir. Este retraso es uno de tantos precios que hemos tenido que pagar por nuestra tan alabada inteligencia; como se suele decir, todo se paga en esta vida, o todo tiene un precio.
La conclusión a la quiero llegar es la siguiente: todos los inventos humanos, absolutamente todos, son prescindibles, tanto los materiales como los ficticios. La sabiduría nos enseñará a prescindir de ellos cuando debamos hacerlo y a saber utilizarlos debidamente cuando halla que hacerlo.
Tampoco se trata de llevar una vida vacía, sin ninguna afición o ilusión por las cosas materiales como lo haría un asceta. Les pondré un ejemplo, ya que creo que es la mejor forma de explicarles lo que quiero decirles. Imagínense que voy a comprarme un televisor, y se me antoja uno de los más modernos y caros que hay en el mercado. Si puedo permitirme el lujo de comprármelo sin que me suponga ningún sacrificio extraordinario, ¿por qué no hacerlo? Ahora bien, si una vez que lo tengo, pasado un tiempo, éste se me avería sin que tenga arreglo, la sabiduría me enseñará que no tengo que sufrir por semejante pérdida, por mucho dinero que me costase, ya que, al fin y al cabo, se trata sólo de un objeto y seguro que me las apañaré igual con otro mucho más simple y barato o, si fuera necesario, sin ninguno.
El desapego material consiste en tener muy claro que lo único realmente importante que poseemos es nuestra vida, el resto es todo superficial y reemplazable e incluso, en la mayoría de los casos, innecesario. El filósofo Raimon Panikkar escribió en una ocasión: “Una cosa es la pobreza y otra la miseria. La miseria es desdichada; la pobreza puede ser una bendición. Es no estar atado a nada, ni siquiera a la vida.
Constantemente vemos en los noticiarios grandes catástrofes, naturales o provocadas, en distintas partes del mundo que ocasionan a cientos o miles de personas la pérdida de todos sus bienes: hogar, tierras, trabajo, etcétera, por no contar con la pérdida de seres queridos (por cierto que es algo a lo que todos estamos expuestos). Podemos comprobar cómo toda esta gente sufren lo indecible al ver que lo han perdido todo. Ni que decir tiene que sufrirán más aquellos que estaban más apegados a lo que eran sus vidas antes de la tragedia. Pues bien, si dejamos correr el tiempo, les puedo asegurar que para muchas de estas personas sus vidas cambiarán a mejor, sobretodo aquellas que más tenían y vivían más lujosamente, ya que esta pérdida les servirá para abrirles los ojos y hacerles distinguir lo realmente importante de lo que no lo es. Es decir, adquirirán sabiduría, pero no sin antes haber sufrido mucho sin necesidad.
Esta es una de las muchas formas que la ciencia de la vida tiene de enseñarnos sus secretos. Yo personalmente prefiero ahorrarme sufrimientos futuros y aprender a mi manera. Es posible que tengamos la enorme fortuna de no tener que pasar nunca por semejante trance pero, como ya hemos dicho antes, hombre prevenido vale por dos.
Además, tampoco hace falta complicarlo tanto; casi todo el mundo tendrá que pasar alguna vez en su vida por el trágico momento de perder a una persona querida, si no lo han hecho ya. Si esta persona es muy cercana, el dolor puede ser tal que deseemos incluso nuestra propia muerte por pensar que no podremos soportarlo. Todos sabemos que casi todo el mundo es capaz de rehacer su vida sin problemas dejando que transcurra el tiempo debido, pero nadie piensa en eso inmediatamente después de la pérdida, por el contrario, pensamos que jamás nos repondremos, como si fuésemos los únicos seres humanos que han perdido a alguien. Es inevitable, como se suele decir, nadie aprende por cabeza ajena.
Al igual que con la pérdida de bienes materiales, la sabiduría también nos puede ayudar mucho en estos casos. Piensen en esto: cuando acuden al funeral de algún conocido, la persona que más llora, no suele ser la que más quería al difunto, sino la que más dependía de él o ella, que no tiene por qué coincidir.
Por último les dejaré con un pensamiento del filósofo Aristóteles en el que exalta la virtud de independencia de un hombre sabio: “El verdadero sabio puede, aun estando solo consigo mismo, entregarse al estudio y a la contemplación; y cuanto más sabio sea, más se entrega a él. No quiero decir que no le viniera bien tener colaboradores, pero no por eso deja de ser el sabio el más independiente de los hombres y el más capaz de bastarse a sí mismo. Y aún puede añadirse que esta vida del pensamiento es la única que se ama por sí misma; porque de esta vida no resulta otra cosa que la ciencia y la contemplación, mientras que en todas aquellas en que es necesario obrar, se va siempre en busca de un resultado que es más o menos extraño a la acción.”

Se acordaron de mí: