martes, 2 de diciembre de 2008
El calor empieza a ser asfixiante. Pronto tendremos que abandonar este apacible lugar e iniciar el viaje hacia el tumultuoso Norte, donde las temperaturas estarán comenzando a ser más agradables y el hielo nocturno habrá quedado atrás. Muchos de los nuestros han partido hace días; supongo que serán aquellos que vuelan hacia lugares más lejanos, en busca de un clima más suave donde poder anidar y criar a sus polluelos cómodamente y con tiempo suficiente para que éstos crezcan y se desarrollen antes de la llegada de la cruda estación invernal. Lo cierto es que cada temporada somos menos los que regresamos al Sur; muchos son los que se han establecido permanentemente en las tierras altas debido a que cada año parece que se alarga más el estío, y consideran que no merece la pena un viaje tan largo y peligroso tan sólo para unas pocas lunas. En verdad, mi pareja y yo nos lo hemos planteado en ocasiones, pero este sitio es tan hermoso y tranquilo que nos cuesta no volver durante las temporadas menos calurosas. Lamentablemente, cuando tengamos más edad, también nosotros tendremos que buscar un lugar cálido y confortable al Norte donde terminar nuestros días. O quizás antes, ya que por aquí las aguas son cada año más escasas; si continúa así llegará el día que no podamos volver, como ha ocurrido ya en otros lugares cercanos, donde en años anteriores nos reuníamos una cantidad considerable de congéneres y de otras especies y a ninguno nos faltaba el agua y el alimento.Cuando pienso en el pasado siempre lo recuerdo con alegría y nostalgia. Al mirar atrás en el tiempo, me doy cuenta de todo lo que ha cambiado a nuestro alrededor en pocos años. Conforme pasa el tiempo, parece que la vida se vuelve más triste y gris. La supervivencia no es fácil. Me apena mucho el comprobar como la mayoría de los nuestros se han habituado a alimentarse en los sucios y pestilentes vertederos de los humanos, olvidando por completo el delicioso sabor de las tiernas culebras que reptan confiadamente por la espesa vegetación o de los pequeños e indefensos anfibios que abundaban antiguamente en las charcas, por no hablar de las escurridizas anguilas y pececillos casi imposibles de encontrar allá arriba. Me temo que pronto irremediablemente también nosotros tengamos que acudir a esos sucios lugares para poder comer algo.
Llegará el día en el que tengamos todos que habituarnos a ver nuestro brillante plumaje, negro y grasiento, impregnado de ese repugnante y nocivo humo que emerge sin cesar de las ruidosas máquinas que utilizan los humanos para desplazarse. Pobres criaturas. Es curioso, con ellos ocurre justamente lo contrario, los que habitan por estos parajes más limpios y puros tienen la piel oscura y polvorienta, mientras que, paradójicamente, los que viven bajo el cielo contaminado y sucio del Norte, la tienen clara y sin mancha; claro que suelen ir siempre bien cubiertos con vivos colores, quizás sea por eso.
Cuando pienso en la existencia que llevan estos seres tan complejos, siento mucha lástima por ellos. Se me ocurre que quizás, en algún remoto día, nosotros fuimos como ellos, antes de que la Naturaleza nos proporcionase estas poderosas alas con las que podemos desplazarnos allá donde queremos sin la necesidad de construir ruidosas máquinas que lo contaminan todo, además de la capacidad de poder alimentarnos de lo que la tierra nos ofrece, sin tener que destruir nada, ni despojar a otros seres de su sustento vital. Quizás algún lejano día evolucionen como hicimos el resto de especies y se conviertan en seres normales, capaces de relacionarse y convivir pacíficamente con los demás, respetando el espacio físico que la Naturaleza nos ha proporcionado a cada uno de nosotros, en vez de andar acaparando todos los recursos hasta terminar con ellos y desplazando al resto de las especies que habitan el planeta hasta exterminarlas u obligándolas a adaptarse a ellos y a los inmundos y agitados lugares en los que conviven, como hacen con nosotros.
Sin duda que ese día llegará; me cuesta creer que nuestra Madre Naturaleza haya podido crear una especie tan imperfecta, incapaz de volar por el ancho cielo, o de nadar por el profundo océano o de alimentarse de lo que la tierra provee, como todos hacemos. Es incomprensible que existan unos seres vivos que no puedan adaptarse al hábitat que les ha sido proporcionado sin tener que destruirlo o transformarlo, en perjuicio del resto, incluso de ellos mismos. Una especie así no puede habitar durante mucho tiempo entre nosotros, ya que terminaría devastando todo el planeta, por eso estoy convencido de que la Naturaleza, con su sabiduría, terminará transformándolos en algo mejor, porque nuestra Madre nunca se equivoca. No creo que hayan existido nunca bajo el Cielo unas criaturas tan frágiles e indefensas y a la vez tan violentas y destructivas con todo lo que les rodea. ¡Incluso tienen que fabricarse sus nidos cubiertos y bien cerrados para protegerse de ellos mismos! Es increíble, yo sería incapaz de vivir así, con tanto miedo y casi todo el día encerrado sin ver la luz del sol ni respirar el aire fresco de la mañana; ¡cuánto me alegro de haber nacido libre!
Allá arriba, en el Norte, es como si tratasen de ocultar o de matar a la Madre Tierra que les dio la vida, y sin la cual ninguna criatura podría existir. Como si eso fuese posible. Es como si intentasen sustituirla por construcciones artificiales, grises y muertas. Parece que les molesta todo aquello que es bueno e imprescindible para la vida, como la luz y el calor del sol, el aire puro que nos ofrecen nuestras amigas las plantas, la refrescante lluvia que cae del cielo o la fértil tierra que desde el principio de los tiempos nos ha acogido a todos sin excepción en su seno, proporcionándonos abundantes alimentos y una segura protección. Cuándo comprenderán que la vida sólo se abre camino entre la vida, nunca sobre la muerte.
No entiendo cómo han podido extenderse hasta ocupar todo el planeta, convirtiéndose en la mayor plaga que se ha conocido jamás sobre la Tierra. Afortunadamente, aquí en el Sur, los de piel oscura parece que muestran mayor respeto por la Madre Tierra, permitiendo que otras especies, como nosotros, podamos convivir en paz en los lugares donde siempre lo habían hecho nuestros antepasados, en lugar de ocuparlo todo con esos enormes y horrendos nidos que construyen en el Norte, donde viven todos agolpados y sin apenas libertad. No me extraña que tengan un carácter tan irascible y perturbado. Mi pareja opina que aquí no han llegado a esos extremos porque casi todos fallecen antes de poder hacerlo; según dice, ha observado que en estas tierras los humanos viven menos tiempo, y por eso no pueden perderlo en laboriosas construcciones que no van a poder disfrutar. No sé si será así, pero lo cierto es que cuando sobrevuelo sus nidos se puede oler el silencio que precede a la muerte y sentir la tristeza que impregna a los que pierden a los suyos de forma trágica y prematura. Esto no ocurre en el Norte; allí sólo huele a humo y a suciedad, y el constante murmullo que agita el aire, convirtiéndose a determinadas horas en una algarabía atronadora, es claro indicio de que la vida prevalece. Aunque quizás allí hayan encontrado la manera de ocultar de la vista a la inevitable muerte, restándole así la importancia que merece; de esta forma pueden vivir sin tenerla presente y sin temerla, de ahí que muestren constantemente esa falsa arrogancia que les hace creer que son superiores a los demás seres vivos, incluso a sus congéneres sureños.
Llegará el día en el que tengamos todos que habituarnos a ver nuestro brillante plumaje, negro y grasiento, impregnado de ese repugnante y nocivo humo que emerge sin cesar de las ruidosas máquinas que utilizan los humanos para desplazarse. Pobres criaturas. Es curioso, con ellos ocurre justamente lo contrario, los que habitan por estos parajes más limpios y puros tienen la piel oscura y polvorienta, mientras que, paradójicamente, los que viven bajo el cielo contaminado y sucio del Norte, la tienen clara y sin mancha; claro que suelen ir siempre bien cubiertos con vivos colores, quizás sea por eso.
Cuando pienso en la existencia que llevan estos seres tan complejos, siento mucha lástima por ellos. Se me ocurre que quizás, en algún remoto día, nosotros fuimos como ellos, antes de que la Naturaleza nos proporcionase estas poderosas alas con las que podemos desplazarnos allá donde queremos sin la necesidad de construir ruidosas máquinas que lo contaminan todo, además de la capacidad de poder alimentarnos de lo que la tierra nos ofrece, sin tener que destruir nada, ni despojar a otros seres de su sustento vital. Quizás algún lejano día evolucionen como hicimos el resto de especies y se conviertan en seres normales, capaces de relacionarse y convivir pacíficamente con los demás, respetando el espacio físico que la Naturaleza nos ha proporcionado a cada uno de nosotros, en vez de andar acaparando todos los recursos hasta terminar con ellos y desplazando al resto de las especies que habitan el planeta hasta exterminarlas u obligándolas a adaptarse a ellos y a los inmundos y agitados lugares en los que conviven, como hacen con nosotros.
Sin duda que ese día llegará; me cuesta creer que nuestra Madre Naturaleza haya podido crear una especie tan imperfecta, incapaz de volar por el ancho cielo, o de nadar por el profundo océano o de alimentarse de lo que la tierra provee, como todos hacemos. Es incomprensible que existan unos seres vivos que no puedan adaptarse al hábitat que les ha sido proporcionado sin tener que destruirlo o transformarlo, en perjuicio del resto, incluso de ellos mismos. Una especie así no puede habitar durante mucho tiempo entre nosotros, ya que terminaría devastando todo el planeta, por eso estoy convencido de que la Naturaleza, con su sabiduría, terminará transformándolos en algo mejor, porque nuestra Madre nunca se equivoca. No creo que hayan existido nunca bajo el Cielo unas criaturas tan frágiles e indefensas y a la vez tan violentas y destructivas con todo lo que les rodea. ¡Incluso tienen que fabricarse sus nidos cubiertos y bien cerrados para protegerse de ellos mismos! Es increíble, yo sería incapaz de vivir así, con tanto miedo y casi todo el día encerrado sin ver la luz del sol ni respirar el aire fresco de la mañana; ¡cuánto me alegro de haber nacido libre!
Allá arriba, en el Norte, es como si tratasen de ocultar o de matar a la Madre Tierra que les dio la vida, y sin la cual ninguna criatura podría existir. Como si eso fuese posible. Es como si intentasen sustituirla por construcciones artificiales, grises y muertas. Parece que les molesta todo aquello que es bueno e imprescindible para la vida, como la luz y el calor del sol, el aire puro que nos ofrecen nuestras amigas las plantas, la refrescante lluvia que cae del cielo o la fértil tierra que desde el principio de los tiempos nos ha acogido a todos sin excepción en su seno, proporcionándonos abundantes alimentos y una segura protección. Cuándo comprenderán que la vida sólo se abre camino entre la vida, nunca sobre la muerte.
No entiendo cómo han podido extenderse hasta ocupar todo el planeta, convirtiéndose en la mayor plaga que se ha conocido jamás sobre la Tierra. Afortunadamente, aquí en el Sur, los de piel oscura parece que muestran mayor respeto por la Madre Tierra, permitiendo que otras especies, como nosotros, podamos convivir en paz en los lugares donde siempre lo habían hecho nuestros antepasados, en lugar de ocuparlo todo con esos enormes y horrendos nidos que construyen en el Norte, donde viven todos agolpados y sin apenas libertad. No me extraña que tengan un carácter tan irascible y perturbado. Mi pareja opina que aquí no han llegado a esos extremos porque casi todos fallecen antes de poder hacerlo; según dice, ha observado que en estas tierras los humanos viven menos tiempo, y por eso no pueden perderlo en laboriosas construcciones que no van a poder disfrutar. No sé si será así, pero lo cierto es que cuando sobrevuelo sus nidos se puede oler el silencio que precede a la muerte y sentir la tristeza que impregna a los que pierden a los suyos de forma trágica y prematura. Esto no ocurre en el Norte; allí sólo huele a humo y a suciedad, y el constante murmullo que agita el aire, convirtiéndose a determinadas horas en una algarabía atronadora, es claro indicio de que la vida prevalece. Aunque quizás allí hayan encontrado la manera de ocultar de la vista a la inevitable muerte, restándole así la importancia que merece; de esta forma pueden vivir sin tenerla presente y sin temerla, de ahí que muestren constantemente esa falsa arrogancia que les hace creer que son superiores a los demás seres vivos, incluso a sus congéneres sureños.
Continuará...





