Mi Abismo

jueves, 6 de noviembre de 2008

Bajo mis pies se abre un abismo;
bajo ese abismo... la nada.

Infierno de mis pasiones que desatas el laberinto de la cordura,
dame sólo un instante;
tan sólo un instante que apacigüe la conciencia desarmada
y amortigüe la caída del espíritu adormecido.
No me permitas volver a atar las cadenas.
No me desampares en la inquietante soledad.
Sólo necesito un instante para acomodarme en tu regazo.
Sólo eso... y nada más.

He visto la Luz

martes, 4 de noviembre de 2008


Hoy he visto la luz. No ha sido como lo esperaba, de hecho, en un principio pensé que había caído en el abismo más profundo y oscuro. Todo estaba negro, o al menos eso me parecía. Pero no, no era oscuridad lo que me rodeaba, era la NADA.
Déjenme que les cuente.
Ocurrió esta mañana, mientras meditaba. Ya sé; ya sé que pensarán que me quedé dormido y que todo fue un sueño. Bueno... piensen lo que quieran, no trato de convencer a nadie de nada, yo sé lo que fue, y con eso me basta.
Como les decía, me encontraba, después de cerca de treinta minutos meditando, en un estado bastante avanzado de relajación total y casi ausente de pensamientos martilleantes, cuando de repente me vi abriendo la puerta de una habitación. Se trataba de un pomo dorado, bastante sencillo, por cierto, que mi mano hacía girar con facilidad. Al otro lado todo estaba oscuro y en silencio, pero aún así entré sin pensármelo dos veces. No llegué a poner el pie en aquel extraño lugar, porque al momento empecé a flotar por el aire.... o por lo que fuese aquello que me sustentaba. A pesar de mi insólita posición y de que estaba totalmente consciente, no llegué a sorprenderme en absoluto; disfruté con aquella nueva situación como un niño en un parque de atracciones. Me puse a girar, a dar vueltas, pensando que había entrado en una especie de cuarto libre de gravedad, al igual que los que salen en las pelis de ciencia ficción.
Pero al poco tiempo lo comprendí. Una visión lúcida y clara como el rocío vespertino ametralló mi conciencia haciéndome despertar de mi ensoñación. No había entrado en ningún lugar, muy al contrario, HABÍA SALIDO. Sí, eso es exactamente lo que había hecho al traspasar el umbral de aquella puerta, salir al exterior, al igual que el personaje del Mito de la Caverna de Platón cuando se libra de sus cadenas y sale a la luz (esto lo pensé después, claro). Entonces miré hacia atrás y vi a lo lejos el pequeño punto que representaba la puerta y la entrada de nuevo en la caverna. No sentí miedo ni añoranza, sabía que podía volver cuando quisiera, sólo tenía que girarme y desearlo y ya está. Así que me limité a dejarme llevar por aquel vacío absoluto y creo que ha sido la única vez en mi vida que me he visto totalmente libre de todo pensamiento. Esto lo supe después, cuando regresé, y entonces sonreí, me encontré con una dicha y una felicidad jamás experimentada. Duró apenas unos instantes, pero basta recordarlo para volver a sentirlo plenamente.
No sé cuando me volverá a ocurrir, ni siquiera si volverá a ocurrir, pero no importa. Estuve allí... y lo vi. Ahora sé que existe la Libertad, y que sólo está en mis manos el poseerla. Espero que esta visión sólo haya sido el comienzo de un despertar más intenso y prolongado... aunque eso es algo que únicamente el tiempo lo dirá.

He vivido en un mundo dominado por la ira y el rencor.
He visto a personas sufrir lo inimaginable pudiéndose evitar.
He oído el llanto de los inocentes.
He vivido en un mundo donde los poderosos sacrifican a los humildes por un dólar.
He visto en directo matanzas de víctimas inocentes ante la indiferencia de la Comunidad.
He conocido el hambre de justicia y he saciado la sed de venganza.
Me he visto salpicado por la sangre de los mártires y he comprendido su sinrazón.
He permanecido detrás de las rejas de la indiferencia.
He vivido en un mundo plagado de infamia y de codicia ilimitada.
He estado cerca de la desesperanza y la frustración que produce la pérdida de fe... o de ilusión.
He sentido la mirada vacía de los cobardes.
He comprobado también la ceguera en los ojos del ignorante que se conforma con su esclavitud.
He vivido para ver a las ovejas subir al patíbulo con una sonrisa en la cara.
He vivido para ver a los verdugos relamerse con su propia mierda.
He vivido para ver a los honestos gritar de impotencia.
He muerto en un mundo cargado de odio y de envidias.
He muerto para un mundo donde sólo el capital es un valor.
He vivido en un mundo donde no merece la pena vivir.
...

Ahora me toca vivir en un mundo donde sólo exista el Amor y la Paz.
Ahora sólo pienso vivir entre aquellos que buscan la felicidad del alma.
Ahora he renacido en un mundo libre de violencia y rico en humildad.
Ahora será la compasión por los débiles y el olvido de los arrogantes los que dominen mis actos.
Hoy por fin las nubes desaparecieron del cielo dando paso a la luz y el color.

Despójate de todo aquello que te ensucia y te envilece y acompáñame.
Te prometo la Libertad.

Monstruos reales

viernes, 31 de octubre de 2008


“Me decía mi mamá que los monstruos no existen,... pero sí que existen, ¿verdad?”

Esta frase la decía una niña pequeña en una película que vi hace tiempo: la segunda parte de Alien, el octavo pasajero. El personaje hacía referencia a los monstruos extraterrestres protagonistas del film. Mi madre nunca me habló de monstruos, ni de su existencia; yo nunca creí en ellos, aunque eso no me impidió temerle a infinidad de cosas cuando era pequeño.
Pero el tiempo me ha enseñado lo que a la pequeña rubia de la película: los monstruos sí que existen. Y no es necesario ir al otro confín de la galaxia para dar con ellos, los tenemos aquí mismo, entre nosotros, siempre han estado y nunca se marcharán. Quizás no sean tan llamativos y espectaculares, pero es precisamente esa discreción y esa falta de extravagancia lo que los hace sumamente peligrosos, ya que su voracidad y su carencia de escrúpulos dejan en pañales a los engendros espaciales de la ficción.
Raro es la persona que no haya tenido, o tenga, su propio monstruo particular, devorándole la entrañas poco a poco, impidiéndole llevar una existencia pacífica, siguiéndole de cerca allá donde vaya... sin darle respiro, ni tregua. Nuestro monstruo particular nos pertenece, nació con nosotros durante nuestra infancia, en el desarrollo de nuestra personalidad, o en algún otro momento durante el cual nuestra vulnerabilidad se hizo extrema. Son como los virus, aprovechan la debilidad del organismo para adueñarse de él e intentan conquistarlo en su totalidad, alojándose cómodamente en su interior, hasta el punto de que la persona anfitriona ya no lo siente como algo extraño, como algo ajeno a ella que deba ser expulsado. Muy al contrario, pensamos que es algo muy nuestro, que no seremos nosotros mismos sin ese huésped instalado en nuestro más íntimo ser. Pero esa es su fuerza precisamente, lo que les da poder y lo que nos debilita aún más. Por eso es imprescindible saber que no tiene porqué ser así, que podemos echarlos para siempre, exterminarlos, y sólo entonces estaremos libre de su amenaza. Sólo entonces nuestras vida nos pertenecerá a nosotros, y a nadie más.
Sólo hay una forma de vencer al monstruo y sacarlo definitivamente de nuestro camino: conocerlo y luchar contra él.
Yo tuve la enorme fortuna de conocer a mi monstruo particular prontamente (o al menos al que más daño me estaba haciendo en ese momento). Este monstruo era la Timidez; uno especialmente salvaje e insaciable que ha terminado con la existencia de miles y miles de criaturas, y que aún no ha aplacado su voraz apetito. Este monstruo es a su vez uno de los más peligrosos, ya que si dejamos que nos venza, atraerá hacia sí otros no menos temibles y aniquiladores, como son la soledad, la vergüenza, el miedo a los demás y el olvido. Y si permitimos que varios de estos monstruos unan sus fuerzas, entonces será cuando estemos perdidos del todo.
Desde que fui consciente de esta presencia aterradora tras mis pasos, no he dejado de luchar denodadamente. La agarré por los cuernos y desde entonces me propuse no soltarla hasta haber acabado del todo con ella, hasta haber erradicado su presencia de mi vida.
A pesar de haber estado rodeado siempre de infinidad de personas, comencé esta lucha en la más completa soledad, en silencio, sin consultárselo a nadie. No sé si actué correctamente o debí haber buscado ayuda; es el camino que elegí. Transcurrido el tiempo compruebo con alegría que he tenido mucho valor, he sido perseverante y tenaz, cualidades que nunca creí poseer, y que son esenciales para la victoria. También confirmo con cierto orgullo que todo lo conseguido hasta ahora se lo debo únicamente a mi astucia y firmeza ante el enemigo; nadie me ha concedido nada gratuitamente, absolutamente cada pequeña victoria obtenida ha sido fruto de estas cualidades mencionadas anteriormente.
No sé si lograré algún día derrotar a este feroz contendiente, porque aún continuamos en la batalla; puede que no, pero al menos ahora sé reconocerle cuando aparece, y tengo la oportunidad de ponerme en guardia y sacar mis armas. Ya no me da miedo, porque sé como vencerle. Es más fácil vencer al enemigo cuando ya se conoce su rostro, cuando sabemos de sus intenciones y averiguamos sus debilidades. Al escribir este texto y publicarlo le estoy asestando una fuerte estocada mortal. Lo sé. También sé que volverá a alzarse, con más fuerza si cabe, y continuará su persecución incansable, pero ya ha dejado de importarme porque sé cómo hacerle frente.
Tengo que reconocer que esta batalla a muerte me ha supuesto un desgaste, como todas las batallas, me ha obligado a replantearme muchas cosas que daba por supuestas, a hacer sacrificios, me ha privado de infinidad de momentos de mi pasado, me ha robado media vida. Pero aún debo considerarme afortunado, porque la mayoría de sus víctimas son consumidas por esta bestia asesina sin que ni siquiera tengan la oportunidad de luchar contra ella; lo que me convierte en un héroe de nuestro tiempo. Yo jamás lo he deseado, simplemente me tocó.
No me lo ha puesto nunca nada fácil, es obstinada y pendenciera; aún me sorprende a menudo y logra abatirme durante unos instantes.... pero yo me vuelvo a levantar, le planto cara y continúo como si nada hubiese pasado; esto es lo que más le duele, la indiferencia.
Aún no sé cómo acabará esta guerra, pero lo que sí es seguro es que ahora mismo le llevo ventaja a mi adversario. Tengo amigos, cosa que no podía decir hace algunos años, personas que me quieren tal y como soy, que se preocupan por mí aun conociendo mis debilidades y defectos. Y esto es algo que a mi enemigo le hace gritar de rabia e impotencia. Ya no estoy solo en el campo de batalla; estas personas me hacen fuerte, se han convertido en mi escudo y en mi espada, y con ellos (o sea, vosotros) continuaré la lucha hasta que uno de los dos caiga abatido para siempre.

Existen muchos otros monstruos, unos más peligrosos, otros menos, ¿cuál es el tuyo? ¿Aún no lo conoces? ¿Cómo combates contra él? ¿Quién va ganando?

La Libertad

martes, 28 de octubre de 2008

Una de mis últimas entradas, la titulada “El Esclavo” y, sobretodo, los comentarios que suscitó, me hicieron pensar mucho acerca de lo que llamamos “libertad” y el concepto que cada uno tenemos sobre ella. Intentar definir esta palabra es tarea ardua difícil, ya que es un término muy personal e íntimo. Cada cual tiene el umbral de su libertad a diferente altura.
Es evidente que todos tenemos que ganarnos la vida de alguna manera, mantener una familia, alimentarnos, cobijarnos bajo un techo... en definitiva, vivir. Todo esto es costoso, ya se haga en medio de la naturaleza recolectando fruta, cazando animales salvajes y fabricándonos una choza o acudiendo a diario a una oficina durante ocho horas a cambio de un sueldo. Ambos métodos pueden ser perfectamente válidos y tan dignos y respetables tanto el uno como el otro. Por consiguiente, no creo que hablar de libertad sea hablar de la forma en la que cada cual se gana la vida.
Y entonces, ¿en qué consiste la libertad?, ¿qué persona se puede considerar más libre? Quizás la libertad radique en la capacidad de elección de cada uno de ellos. Josep Lluís mencionaba la siguiente cita de Forges:
Soy libre...
... puedo elegir el banco que me exprima; la cadena de televisión que me embrutezca; la petrolera que me esquilme; la comida que me envenene; la red telefónica que me time; el informador que me desinforme; y la opción política que me desilusione
.”
Suena bastante deprimente, pero a mi entender, Forges, con su habitual ironía, no iba mal encaminado. Tenemos capacidad de elección, por tanto, somos libres. Si en vez de vivir en una sociedad civilizada y democrática, viviésemos en medio del campo a expensas de los elementos, no tendríamos bancos que nos exprimiesen ni televisiones que nos embruteciesen, pero nuestra supervivencia y felicidad seguiría dependiendo de otros factores también ajenos a nuestra voluntad, como pueden serlo las condiciones medioambientales, la variedad vegetal y animal del hábitat, nuestras habilidades naturales, nuestra salud, etc. Es decir, todo es muy relativo.
Pero si es así, ¿por qué nos sentimos tan maniatados y esclavizados de todo lo que nos rodea? A mi parecer, puede que esto se deba a que no utilicemos esta capacidad de elección que tenemos debidamente, o sea, que la mayoría de la gente es incapaz de elegir lo que en verdad le conviene de entre toda la oferta que se le ofrece. Por ejemplo, es cierto que la televisión puede embrutecer, pero también es verdad que existen algunos programas de calidad que nos enseñan algo positivo; o, a unas malas, nadie nos obliga a tenerla encendida. También con los bancos tenemos una amplia gama donde escoger, y a los que poder exigir; siempre habrá algunos menos malos. Y lo mismo se podría decir de todo. Sólo es cuestión de conocer todas las ofertas que tenemos a nuestro alcance y elegir la que mejor se adecue a nuestras necesidades. Evidentemente siempre habrá unos límites insuperables, pero como ya hemos dicho, esos límites existirán en cualquier situación en la que nos encontremos. Son los límites que establecen las circunstancias.
Por lo expuesto, pienso que seremos más libres cuanto más opciones tengamos a nuestra disposición donde elegir. Pero no sólo eso, también es esencial el conocerlas todas a fondo y el poder decantarnos libremente por la que queramos, cosa que habitualmente no ocurre. Lo normal es que nos fiemos ciegamente de lo que nos vendan otros, atendiendo a sus necesidades particulares que nada tendrán que ver con las nuestras. O que nos dejemos llevar confiadamente por las corrientes impuestas también por otros, sin pensar siquiera en otras posibilidades que también existen y que podrían ser mejores y estar a nuestro alcance si nos preocupásemos por conocerlas. Sin este conocimiento, nuestra libertad se verá sensiblemente mermada, además de manipulada. Y estos otros a los que hago referencia no tienen porqué ser siempre extraños, pueden ser perfectamente personas de nuestro entorno, como padres, hermanos, vecinos, pareja sentimental, hijos, etc.
Resumiendo, se podría decir que será más libre la persona que disponga de más opciones donde elegir, mejor conocimiento tenga sobre cada una de ellas y, por supuesto, menor coacción sufra a la hora de optar por la que desee. Y esto es algo que se podría aplicar a todos los ámbitos de la vida: trabajo, amigos, lugar donde vivir, creencias religiosas, aficiones, ocio, etc.
Pero hasta ahora no se ha dicho nada sobre la libertad de pensamiento tan comentada en la entrada anterior mencionada. ¿Cómo podría influir un pensamiento libre en todo lo expuesto anteriormente? Recordarán que también yo mencionaba la posibilidad de ser más libres encerrados en una prisión que viviendo en libertad y rodeados de toda clase de lujos y placeres; ¿cómo puede ser esto posible?
Intentaré explicarme, aunque no es fácil. La sensación de libertad está íntimamente asociada con las necesidades de cada uno, de ahí que sea algo tan personal. Pondré un ejemplo sencillo: si yo necesito un automóvil, me sentiré más libre conforme más modelos tenga donde elegir, mejor los conozca y mayor sea mi capacidad para poder comprarme el que desee. Pero quizás me sienta aún más libre si resulta que me doy cuenta de que en verdad no necesito ningún automóvil; entonces no tendré la necesidad de buscar distintas ofertas, informarme sobre cada una de ellas, ni de dinero para comprar el que quiera. Lo mismo se podría deducir sobre cualquier otra necesidad que tengamos, o creamos tener. Es decir, a menor número de necesidades y deseos, mayor libertad.
Es esta última idea la más difícil de llevar a la práctica, debido a la sociedad tan consumista y meritocrática donde vivimos, y donde nos obligan desde nuestra niñez a desear más y más cosas de todo tipo, y aumentando desaforadamente esta pasión consumidora conforme vamos creciendo y vamos acomodándonos sin percatarnos de ello a esa idea equivocada y tan extendida del “tanto tienes, tanto vales”, y que sólo termina conduciéndonos de cabeza al pozo sin fondo de la esclavitud y la desdicha. Esta idea, no sólo es aplicable a las necesidades materiales, sino también a aquellas otras necesidades sociales y anímicas que todos tenemos, el deseo de ser amados, queridos por otros, la necesidad de sentirnos integrados, tener éxito o ser respetados por los demás.
Pero aún se me ocurre otra de las grandes lacras que no hacen más que mermar nuestra limitada libertad: el miedo injustificado. Miedo a perder el trabajo, la pareja, a no conseguir nuestros objetivos estipulados, a no ser aceptados por la sociedad, a parecer extraño, a sentirnos vigilados, a padecer alguna enfermedad grave, al futuro incierto, a la soledad, al olvido, a la muerte.... y un largo etcétera. Cada uno de estos miedos lo único que consiguen es paralizar nuestras mentes y sumergirnos es un estado de continua alerta y estrés mortificante. En pocas palabra, nos impiden actuar con libertad. De nada nos sirve el disponer de todo y tener todas las posibilidades de obtener lo que queramos si continuamente estamos asustados por el qué dirán o el qué pasará. Simplemente, el miedo evitará que utilicemos nuestra libertad debidamente, siendo él el que gobierne directamente nuestros actos y, por tanto, nuestras vidas.
La única forma que se me ocurre de evitar este sentimiento pernicioso y de poder llevar a la práctica el desapego mencionado anteriormente, es con una educación adecuada, donde se nos enseñe de verdad a pensar por nosotros mismos, apartados de modas y corrientes actuales, que evite que entremos, o si ya lo hemos hecho, que nos permita salir de esa fosa oscura a la que nos lleva sin remedio la insensatez y la ignorancia, y que sólo puede tener un final: el sufrimiento.

Para el que esté interesado en algo de lo que he dicho, le dejo este enlace a una entrada que publiqué hace poco en el blog Preludio a un acontecer titulada: Declaración de Guerra. Ahí podrían encontrar algunas claves para conseguir la tan ansiada libertad (al menos material). Aunque, insisto, es algo mucho más complicado y que requiere sacrificios que sólo con el tiempo darán los resultados esperados y que, sin duda, merecerán la pena.

Espero encontrar en vuestros comentarios, como es habitual, algunas claves más para ser un poco más libres.

Dedico esta entrada a Raquel, de El Piano Huérfano; una persona que lucha por conseguir su libertad y que tendría mucho que enseñarnos al respecto.

La Sabiduría nos enseña a encontrar la mejor compañía

jueves, 23 de octubre de 2008

En una ocasión, Paulo Coelho escribió: “Tus aliados no serán necesariamente aquellas personas a quienes todos miran y de quienes afirman: «No hay nadie mejor». Muy al contrario: son personas que no temen errar y, por lo tanto, yerran mucho. Lo que hacen no siempre es elogiado o reconocido.
Efectivamente así es. No siempre las personas mejor reconocidas por la sociedad son las más valiosas, de hecho sucede muy a menudo todo lo contrario. ¿Por qué ocurre esto? Vivimos en una sociedad meritocrática; esto quiere decir que se le da demasiada importancia a los méritos individuales. Da igual el valor interior de una persona, su calidad moral; lo único que se suele tener en cuenta es lo que haya hecho esta persona en la vida, lo que haya estudiado, a qué se dedica.
Si nos encontramos con antiguos compañeros de la escuela, lo primero que nos interesa saber de ellos es cuál es su profesión, qué hacen para ganarse la vida. Si éste o ésta nos dice que es gerente de una gran compañía, seguro que le prestaremos mayor atención que si nos cuenta que se dedica a vender seguros, por ejemplo. Queramos o no, lo hacemos inconscientemente; y lo mismo harán los demás con nosotros. Injustamente, tendemos a juzgar a cualquiera por lo que hace y no por lo que es.
Una persona sabia se enfrenta a otra, sea ésta quien sea, sin prejuicios, con la mente abierta, dispuesto a escucharlo y a conocerlo antes de hacer ningún juicio. De esta forma, las probabilidades de conocer a gente interesante, que de verdad merezcan la pena, se multiplican enormemente, así como las posibilidades de encontrar un auténtico amigo, de esos que tanto escasean.
Para ello es necesario aprender el difícil arte de escuchar, de opinar cuando sea necesario y de forma concienzuda, de no hacer juicios gratuitos e innecesarios, de no censurar a nadie por su apariencia y de dar una oportunidad a todo el mundo. Parece mucho pedir, sobretodo en un mundo donde las apariencias lo son todo, pero les puedo asegurar que la sabiduría les ayudará a todo ello.
Sólo hay una forma de conocer realmente a una persona: escuchándola y dándole al menos una oportunidad de demostrar su valía. Si no hacemos esto, podemos dejar pasar de largo a auténticas personas que nos podrían ayudar mucho en nuestra vida.
Relacionarse con los demás, no sólo es bueno, sino que además es necesario para lograr una existencia plena y satisfactoria. Tenemos que compartir nuestras vivencias, tanto las malas como las buenas; me van a permitir que les muestre de nuevo otro texto de Paulo Coelho que viene muy bien al respecto:
Tenemos que compartir. Aunque sea informaciones que todos sabemos ya, es importante no dejarse llevar por el pensamiento egoísta de llegar solo al fin de la jornada. Quien hace esto descubre un paraíso vacío, sin ningún interés especial, y pronto se morirá de aburrimiento.
Habla. Dialoga. Participa. Nada hay más despreciable que el ´observador` acomodado y cobarde. Tu valor al expresar opiniones te ayudará a crecer en cualquier dificultad. Habla de las cosas buenas de tu vida a todo el que quiera oír. Habla de los momentos difíciles que puedes estar viviendo: da una oportunidad a los demás para que te den lo que necesitas, aunque sea tan sólo una palabra de apoyo.
La palabra es poder. Las palabras transforman el mundo y al hombre. Cuanta más energía positiva haya a tu alrededor, más energía positiva atraerás, y más se alegrarán los que bien te quieren. En cuanto a los envidiosos, a los derrotados, éstos sólo podrán hacerte daño si tú les das ese poder
.”
Como decía antes, es necesario en la vida encontrar aliados, compañeros de tertulias, gente con la que compartir aficiones. Cuando nos abrimos de esta manera al mundo nos damos cuenta de la cantidad de gente que hay dispuesta a abrirnos sus puertas, a escucharnos; gente que tienen muchas cosas en común con nosotros y muchas otras que enseñarnos y que se interesan por nuestra vida y nuestros asuntos.Por supuesto que también hay muchas otras personas con las que no merece la pena ni compartir un segundo de nuestra vida. La sabiduría nos puede ayudar también a distinguir a este tipo de personas inmediatamente, antes de que éstas nos puedan hacer daño. Por desgracia, en el mundo hay demasiada gente egoísta, envidiosa, que sólo piensan en su propio interés. Pero como decía Paulo Coelho, estas personas sólo nos pueden hacer daño si se lo permitimos; para evitarlo sin entrar en conflictos innecesarios, lo mejor es alejarse de ellas cuanto antes. Conviene apartarse de todas aquellas personas que creen saberlo todo, que son incapaces de decir “no lo sé” cuando le preguntas lo que sea; de todas aquellas que jamás reconocen un error (ya que piensan que no se equivocan nunca); aléjate de los que acostumbran a criticar a los demás que no están delante, ya que harán lo mismo contigo cuando seas tú el que no esté. No te juntes con aquellos otros que sólo saben hablar de sí mismos, que no se preocupan nunca de los asuntos de los demás (aunque sea sólo por compromiso). Recuerda las palabras que le dijo el jesuita William de Baskerville a su discípulo en el libro El nombre de la rosa: “Huye de los profetas y de los que están dispuestos a morir por la verdad, porque suelen provocar también la muerte de muchos otros, a menudo antes que la propia, y a veces en lugar de la de la propia.”

En esta sociedad en que nos ha tocado vivir, donde lo que prima son las apariencias y lo que los demás opinen de ti, sin importar si es cierto o no, es preferible juntarse con aquellos que no siguen la corriente, que no opinan como la mayoría, si lo prefieren, a los que se les suele llamar «bichos raros». No conviene dejarse llevar por la opinión de la mayoría, ya que éstos suelen juzgar a la gente atendiendo a prejuicios y temores y, sobretodo, a las propias limitaciones de cada uno debido a la gran competencia que existe. Únete a las personas que sonríen, que cantan, que bailan, que aprovechan la menor oportunidad que les da la vida para disfrutar, que saben arriesgarse. Huye de esas otras que están siempre tristes, que creen que todo el mundo está en contra de ellos, que sólo buscan el respeto de los demás sin arriesgar nunca nada por ello, que sólo ven el lado negativo de las cosas; en definitiva, que no tienen ni idea de lo que es la vida, ni desean tenerla.
Y un último consejo; cuando encuentres a alguna de esas personas que siempre están dispuestas a hacer lo que sea por los demás, que nunca ponen mala cara cuando se les pide algo, cuídala, trátala bien, no caigas en el error que solemos caer la mayoría en estos casos abusando de la buena voluntad de estas personas. Con esto lo único que se consigue es terminar quemándola y provocar que, tarde o temprano, se aleje de ti; al principio lo hará con cautela, dándote largas y poniéndote excusas cuando le pidas algo y, con el tiempo, llegará un momento en que sabrás que ya no podrás contar con esa persona para nada más. En cambio, si no abusas de ella, si le agradeces y le correspondes cada favor que te haga debidamente, si sólo le pides los favores que realmente te son necesarios, siempre sabrás que tienes a alguien cerca con quien puedes contar cuando lo necesites, y eso es algo muy importante en la vida y que no todo el mundo puede poseer. Como dijo William Shakespeare en una ocasión: “Los amigos que tienes y cuya amistad ya has puesto a prueba, engánchalos a tu alma con ganchos de acero”.
Y, en cualquier circunstancia, no olvides nunca la regla de oro del confucianismo: No hagas a los otros lo que no quieras que te hagan a ti mismo.

El Esclavo

viernes, 17 de octubre de 2008


Tiempo atrás, el esclavo era azotado, humillado y tratado como la peor de las escorias existentes. Transcurrían sus días junto a los perros, su vida valía menos que nada, su única ilusión consistía en sufrir lo menos posible; su mayor anhelo, una muerte apacible. No poseía bienes, el tiempo no le pertenecía, el respeto le era desconocido y el mejor de los dones que podía recibir era un trato apacible. Su condición le era impuesta a la fuerza, por herencia o por la mala suerte de pertenecer al bando perdedor; en nada contribuían sus dotes para las letras, la ciencia, las armas, la política o cualquier otro tipo de saber. La única habilidad que se le exigía era la perfecta sumisión y la disposición inalterable para el duro trabajo. Tal era la vida del esclavo, y nadie se cuestionaba su existencia y utilidad. Eran indiscutiblemente necesarios para el buen desarrollo de cualquier nación, ¿quién si no iba a trabajar en el campo, recoger las cosechas, servir a los señores, arriesgar sus vidas en interminables construcciones descomunales, extraer los minerales necesarios...?
Por entonces no existía duda alguna sobre la posición de cada cual. Mientras el esclavo se arrastraba suplicando por un mendrugo de pan, el señor le pateaba sin contemplaciones y, si tenía a bien, le arrojaba algunas migajas. La vida del esclavo no solía ser demasiado larga, lo cual acortaba su agonía, proporcionándole la muerte prematura el merecido descanso. Era lo que había... y estaba bien.

En la actualidad, el esclavo se levanta temprano, cuando el estridente sonido del despertador le anuncia el comienzo de su jornada. Desde ese preciso momento en el que abandona la realidad de sus remotos e intransferibles sueños, su mente deja de ser libre y pasa a ser propiedad indiscutible del Señor que la haya entrenado para su uso personal. Ya no es azotado ni golpeado brutalmente, ahora se le domestica desde el mismo día de su nacimiento para que su sumisión sea total, pacífica y consentida, como siempre se ha hecho con cualquier animal doméstico: trabajo a cambio de comida, techo y pequeños placeres engañosos.
Pero el hombre ha llegado a ser más inteligente que el animal, así que los medios para lograr este sometimiento incondicionado han tenido que avanzar también en la misma proporción, siendo ahora más sutiles e imperceptibles de lo que nunca han sido; ya no basta el mendrugo de pan. El infernal despertador tan sólo es uno de los muchos aparatos inventados por los poderosos para tener al esclavo en su mano cuando lo desee. Existen otros muchos más sofisticados y eficaces, como la televisión, la radio, los periódicos, las escuelas o las actividades de ocio, con su tremendo poder de sugestión y absorción.
Pero el mayor y más inteligente de todos estos inventos es sin duda alguna el dinero. Pagarle un sueldo al esclavo para luego exigírselo con intereses para que éste pueda ejercer cualquiera de sus “derechos” con “libertad”, es de una genialidad sin precedentes en el mundo. Cierto que también es la única forma que tiene el esclavo de dejar de serlo para convertirse en Señor, o para subir algún peldaño en la jerarquía, ya que también hay esclavos de primera, de segunda y de tercera, pero precisamente ahí radica su originalidad tan excepcional. Porque aun cambiando de condición, siempre continuará siendo esclavo del mismo dinero que lo ha encumbrado; sencillamente perfecto.
El dinero, junto con el adoctrinamiento previo del esclavo para inculcarle el deseo inamovible de convertirse en Señor, son las mejores armas con las que cuentan los señores de la actualidad para seguir disponiendo hasta el infinito de un ejercito de esclavos sumisos, obedientes y disponibles a toda hora, para cualquier fin que ellos tengan a bien, siempre con las miras de aumentar más y más su poder y grandeza.
Y para ello, estos señores conocen a la perfección los entresijos mentales que gobiernan los actos del esclavo: su insaciable sed de poder, el deseo irrefrenable de placer ilimitado, la ira y la envidia que le mueven a cometer las acciones más viles e indignas por igualarse al vecino o por someter a todo el que es diferente. Todo ello es explotado hasta la saciedad con el único objetivo de mantener a las hordas de esclavos subyugadas y resignadas a su condición de esclavitud. Incluso el alargamiento de la vida y su mejor calidad es aprovechado convenientemente para que el esclavo sea más productivo y eficiente, lo cual da que pensar y sospechar.

Porque, ciertamente, el esclavo ha mejorado mucho su calidad de vida a lo largo del tiempo... pero aún queda mucho trabajo por delante hasta acabar del todo con la perniciosa esclavitud... si es que ello es posible. Porque se me ocurre que quizás sea condición indispensable para la existencia humana la presencia de amos y servidores, ya que siempre habrá mucho trabajo por hacer y pocos que quieran hacerlo.

Por todo lo expuesto, lo único que se me ocurre para abandonar de una vez por todas esta miserable condición de esclavitud, es aprender a vivir de forma sencilla, con las menores necesidades posibles, siendo autosuficientes y alejándonos del voraz consumismo que nos sumerge hasta el cuello en el infierno de la podredumbre desde el que se sustenta el puesto de poder del amo. La lucha por la libertad es la única batalla que se me antoja justa y necesaria, y creo que tampoco es tan difícil ganarla, ya que se puede ser más libre estando encerrado en la más sombría prisión del lugar más alejado y olvidado de la Tierra, que viviendo en una suntuosa mansión rodeado de todos los lujos y placeres creados por el hombre. Porque, mientras te dejen pensar libremente, podrás ser libre. Sólo así se podrá derribar la tortuosa barrera de la educación impuesta y del modo de vida establecido por otros, para poder dar rienda suelta al divino libre albedrío, con el que aún no han podido. No sabemos el tiempo que tardarán en hallar el modo de hacerlo.

La Libertad es la única forma de vida digna, por ello, SÉ LIBRE, aunque tengas que comportarte como un esclavo ante los demás (¡qué sabrán ellos!).

Recomendación a tener muy en cuenta.

lunes, 13 de octubre de 2008

Hace algún tiempo, mis grandes amigos blogeros M. Jose y Carlos Eduardo, me invitaron muy amablemente a participar en sendos proyectos de su creación: los blogs Preludio a un acontecer y Trueque Muisca.

Confieso que al principio acepté más por compromiso que por otra cosa, ya que mi tiempo libre no es todo el que a mí me gustaría tener para dedicarme a esto de la literatura a través de la Red. Pero también es de justicia confesar que a día de hoy me alegro enormemente de haberlo hecho, y de formar parte de este bellísimo proyecto compartido entre los más diversos autores de diferentes rincones del planeta.

Y ya puestos aprovecho también para hablaros sobre el tercer blog en el que participo: Escuela de Letras Libres. Pertenece al taller literario del mismo nombre, y del que soy miembro muy orgullosamente desde hace un año. En él escribimos todos los miembros del taller que deseemos hacerlo, y os puedo asegurar que en su interior encontraréis montones de sorpresas agradables.

Desde aquí invito a participar también a todo el que lo desee con vuestros comentarios y opiniones. Os aseguro que la visita a estos blogs nunca os dejará indiferentes, no sólo por la calidad literaria que en ellos encontraréis, sino también, y sobretodo, por la calidad humana.

Os espero.

Se acordaron de mí: