La sabiduría nos muestra el camino del éxito

jueves, 13 de noviembre de 2008

En primer lugar, sería conveniente definir la palabra «éxito», ya que, a pesar de ser lo que todo el mundo busca, poca gente tiene claro lo que es. Según la RAE, se define esta palabra como: Resultado feliz de un negocio, actuación, etc. O buena aceptación que tiene alguien o algo.
Empiezo por aquí para deshacer la gran equivocación que existe hoy en día con este término, al que solemos confundir habitualmente con la «fama». Éxito y fama son dos cosas totalmente distintas, de hecho, en muchas ocasiones, pueden estar reñidas.
El éxito es algo personal; cada persona obtiene el éxito en su vida de manera diferente. Decía al principio que todo el mundo busca tener éxito en la vida; es lógico, ya que éxito es sinónimo de felicidad. El problema viene cuando confundimos el éxito con otras cosas que nada tienen que ver con él, como por ejemplo la fama, la popularidad o las riquezas. Cierto que conseguir el éxito en tu profesión puede llevarte a ser famoso, pero esto sólo es una consecuencia de ese éxito, y no el fin.
Como decía, el éxito es algo muy personal, cada persona lo puede buscar de muy diferentes maneras, según su profesión o aspiraciones en la vida. Y como es imposible que yo conozca las aspiraciones de cada uno, les diré lo que representa para mí esta palabra.
Yo obtuve el éxito hace ya algunos años, mucho antes de empezar a escribir, de hecho, el escribir ha sido una consecuencia de ese éxito. Para mí, el éxito radica en la tranquilidad y estabilidad en la vida. Cuando digo tranquilidad, me refiero a la serenidad espiritual que se obtiene al aprender a distinguir las cosas realmente importantes de la vida de aquellas que no lo son. Tranquilidad es poder acostarte todas las noches con la mente despejada y limpia, dormir de un tirón y levantarte al siguiente día dispuesto a comenzar una nueva jornada con alegría, venga lo que venga. Tranquilidad es no estar todo el tiempo pendiente de lo que piensen o digan de uno, es poder opinar lo que se piensa sin importarte que te tachen de esto o de lo otro. Es poder pasear por la calle sin miedo a encontrarte a alguien que te obligue a cambiar de acera por no cruzártelo. Por eso les decía antes que el éxito puede estar reñido con la fama. Para mí, por ejemplo, la fama supondría un handicap, ya que podría hacerme perder esa tranquilidad que tanto necesito en mi vida. Yo considero el tener éxito también a poseer el tiempo suficiente para pasar con tu familia y con aquellas personas que realmente te importan y para dedicarte a las actividades que te gustan y te llenan de satisfacción. Si no puedo contar con este tiempo, de nada me sirve el dinero, la fama o una buena posición social.
Este es mi caso pero, como ya he dicho, cada persona es diferente. Para la mayoría de los seres humanos, triunfar en la vida supone llegar a lo más alto en su profesión. Pero en demasiadas ocasiones ocurre que, cuando se llega a esta elevada posición, nos damos cuenta de que no es lo que esperábamos ni lo que buscábamos y para entonces puede ser tarde para dar marcha atrás. De ahí la importancia de conocer con seguridad qué es lo que esperamos de la vida, qué nos haría de verdad felices, y, como habrán ya imaginado, es aquí donde entra en juego la sabiduría.
La persona sabia conoce perfectamente en qué prácticas debe concentrar todas sus energías y en qué otras no es necesario hacerlo. De esta forma, triunfará en la vida independientemente de cual sea su posición social, profesional o económica.En la sociedad actual está muy de moda el conseguir el éxito de forma rápida y sin apenas esfuerzo. El éxito conseguido de esta manera, se va tal y como ha llegado, no es un éxito auténtico. El éxito de verdad hay que currárselo, hay que trabajarlo, requiere tiempo y esfuerzo; sólo se consigue después de una larga experiencia y un largo aprendizaje por la vida. Y una vez obtenido, tampoco podemos dormirnos en los laureles; hay que seguir esforzándose por mantenerlo, aunque este esfuerzo dejará de ser ya un sacrificio, ya que, al conocer que el resultado merece tanto la pena, siempre costará menos, convirtiéndose con el tiempo en un hábito que nos hará la vida más sencilla y dichosa. Les puedo asegurar que, con sabiduría, su vida será un completo éxito.

Nota: Todas las entradas que he publicado y publicaré tituladas La sabiduría... pertenecen a un libro que escribí hace algunos años al que llamé Tratado sobre la Sabiduría. No son actuales; pero me gusta releerlas de vez en cuando.

Continuando el camino

lunes, 10 de noviembre de 2008


Una vez habité en un lugar cálido y confortable. Nada enturbiaba mi mente, todo estaba acorde a mi sentir y a mi ser. Allí todo estaba limpio, imperaba la armonía. No me sentía querido, ni deseado, ni tampoco lo contrario, simplemente no sentía nada que pudiese empañar aquel instinto de plenitud que me envolvía y que me aseguraba que yo lo era Todo. Nada me preocupaba, y era feliz.
Pero el inquebrantable tiempo que todo lo puede volvió a intervenir, como siempre, en contra de mi voluntad.
Pobre voluntad, ¡qué sabrá ella de estas cosas!
Entonces ocurrió lo indeseable e inesperado. Mi vida sufrió el cambio más traumático que jamás pude imaginar. De repente todo se volvió caótico; una fuerza maléfica y extraña que no sé de dónde provenía me empujó violentamente hacia fuera (o hacia dentro, no lo sé), obligándome a abandonar aquel remanso de paz que hasta el momento me había servido de refugio y hogar. El único que conocía y entendía.
A partir de ahí, mi vida dio un vuelco radical. Ya nada sería lo mismo. Ese nuevo mundo, frío y maloliente, era totalmente opuesto a aquel otro que acababa de dejar para siempre. Aquí la supervivencia no era fácil, había que ganársela día a día, minuto a minuto. Nada me era regalado, tenía que luchar por el sustento, pedirlo a gritos, conformarme con lo que otros me ofrecían. Aprendí lo que es el hambre, el frío y la incomprensión. Constantemente me sentía sucio, ultrajado, humillado hasta lo más bajo que un ser sintiente podría estarlo. Ya no era el dueño y señor de mi hogar, me convertí en alguien débil y totalmente dependiente del entorno y de otros seres más fuertes que yo, pero no por ello más inteligentes o sensatos. Ese era mi pesar.
Pero el tiempo continuó su transcurso inmutable, impasible a todo cuanto me sucedía. Y como no podía ser de otra forma, terminé adaptándome a todo aquel desorden. Incomprensiblemente sobreviví y me hice más fuerte. Fui aprendiendo de la experiencia, comprendí los misterios que mueven los hilos en este otro mundo lleno de contradicciones. Sintonicé con él hasta mudar del todo mi sentir y mi ser, para llegar a convertirme en una pieza más de aquel laberinto de deseos e inquietudes. Me convertí en todo un ser humano, cargado de pasiones, temores, ambiciones y dolor.... mucho dolor. Dolor que llegó a impregnarse de tal manera en mi ser que incluso llegué a inmunizarme; aprendí también a manejar y controlar sus mejores antídotos: el placer y el olvido. Aunque no siempre funcionaban.
Olvidé por completo que un día fui feliz.
También desalojé de la memoria aquel tránsito lacerante que me arrojó a este abismo en el que habito; ni tan siquiera puedo estar seguro de que aquella triste transformación haya sido la única sufrida por mi alma durante su devenir por el universo infinito. No puedo estar seguro de haber olvidado igualmente las anteriores. En lo que respecta a esta última, sólo me atrevo a decir que quizás la olvidé porque inconscientemente pensé que sería definitiva, que no podría haber otra igual, que ya me encontraba en el lugar al que pertenecía.... pero me equivoqué.
En plena edad adulta, con toda una vida por detrás cargada de recuerdos, de buenos momentos y de otros no tan buenos, habiendo alcanzado ya una supuesta estabilidad emocional, social y financiera, sin mayor pretensión que la de desear que pase el tiempo con generosidad y lentitud.... de nuevo vuelve mi espíritu a sufrir otra traumática sacudida haciéndolo zozobrar sobre una presunta marea en calma.
La diferencia fundamental radica en que en esta ocasión no me ha cogido totalmente desprevenido. Sin saber cómo ni porqué, acojo el sentimiento en mi interior de llevar preparándome durante muchos años para este nuevo cambio. Al igual que el anterior me llevó nueve meses hasta completar la materia necesaria, en este otro también he necesitado de un tiempo prudencial para evolucionar y madurar lo suficiente como para comprender y aceptar lo que me está ocurriendo. Ahora sé que los cambios son buenos, por tanto, ya no me asustan, aunque aún tarde en comprenderlo del todo.
Tampoco podré saber, al menos por ahora, si será el último y definitivo. Nada de eso me preocupa. Ahora es mi mente la que ha evolucionado lo suficiente como para saber que la única razón de estar (que no de ser) del ser humano en este mundo pasajero es la de amar y ser amado (aunque la mayoría lo abandonen sin percatarse de ello).
Y a esa misión encomiendo todo mi cuerpo y toda mi alma.

Mi Abismo

jueves, 6 de noviembre de 2008

Bajo mis pies se abre un abismo;
bajo ese abismo... la nada.

Infierno de mis pasiones que desatas el laberinto de la cordura,
dame sólo un instante;
tan sólo un instante que apacigüe la conciencia desarmada
y amortigüe la caída del espíritu adormecido.
No me permitas volver a atar las cadenas.
No me desampares en la inquietante soledad.
Sólo necesito un instante para acomodarme en tu regazo.
Sólo eso... y nada más.

He visto la Luz

martes, 4 de noviembre de 2008


Hoy he visto la luz. No ha sido como lo esperaba, de hecho, en un principio pensé que había caído en el abismo más profundo y oscuro. Todo estaba negro, o al menos eso me parecía. Pero no, no era oscuridad lo que me rodeaba, era la NADA.
Déjenme que les cuente.
Ocurrió esta mañana, mientras meditaba. Ya sé; ya sé que pensarán que me quedé dormido y que todo fue un sueño. Bueno... piensen lo que quieran, no trato de convencer a nadie de nada, yo sé lo que fue, y con eso me basta.
Como les decía, me encontraba, después de cerca de treinta minutos meditando, en un estado bastante avanzado de relajación total y casi ausente de pensamientos martilleantes, cuando de repente me vi abriendo la puerta de una habitación. Se trataba de un pomo dorado, bastante sencillo, por cierto, que mi mano hacía girar con facilidad. Al otro lado todo estaba oscuro y en silencio, pero aún así entré sin pensármelo dos veces. No llegué a poner el pie en aquel extraño lugar, porque al momento empecé a flotar por el aire.... o por lo que fuese aquello que me sustentaba. A pesar de mi insólita posición y de que estaba totalmente consciente, no llegué a sorprenderme en absoluto; disfruté con aquella nueva situación como un niño en un parque de atracciones. Me puse a girar, a dar vueltas, pensando que había entrado en una especie de cuarto libre de gravedad, al igual que los que salen en las pelis de ciencia ficción.
Pero al poco tiempo lo comprendí. Una visión lúcida y clara como el rocío vespertino ametralló mi conciencia haciéndome despertar de mi ensoñación. No había entrado en ningún lugar, muy al contrario, HABÍA SALIDO. Sí, eso es exactamente lo que había hecho al traspasar el umbral de aquella puerta, salir al exterior, al igual que el personaje del Mito de la Caverna de Platón cuando se libra de sus cadenas y sale a la luz (esto lo pensé después, claro). Entonces miré hacia atrás y vi a lo lejos el pequeño punto que representaba la puerta y la entrada de nuevo en la caverna. No sentí miedo ni añoranza, sabía que podía volver cuando quisiera, sólo tenía que girarme y desearlo y ya está. Así que me limité a dejarme llevar por aquel vacío absoluto y creo que ha sido la única vez en mi vida que me he visto totalmente libre de todo pensamiento. Esto lo supe después, cuando regresé, y entonces sonreí, me encontré con una dicha y una felicidad jamás experimentada. Duró apenas unos instantes, pero basta recordarlo para volver a sentirlo plenamente.
No sé cuando me volverá a ocurrir, ni siquiera si volverá a ocurrir, pero no importa. Estuve allí... y lo vi. Ahora sé que existe la Libertad, y que sólo está en mis manos el poseerla. Espero que esta visión sólo haya sido el comienzo de un despertar más intenso y prolongado... aunque eso es algo que únicamente el tiempo lo dirá.

He vivido en un mundo dominado por la ira y el rencor.
He visto a personas sufrir lo inimaginable pudiéndose evitar.
He oído el llanto de los inocentes.
He vivido en un mundo donde los poderosos sacrifican a los humildes por un dólar.
He visto en directo matanzas de víctimas inocentes ante la indiferencia de la Comunidad.
He conocido el hambre de justicia y he saciado la sed de venganza.
Me he visto salpicado por la sangre de los mártires y he comprendido su sinrazón.
He permanecido detrás de las rejas de la indiferencia.
He vivido en un mundo plagado de infamia y de codicia ilimitada.
He estado cerca de la desesperanza y la frustración que produce la pérdida de fe... o de ilusión.
He sentido la mirada vacía de los cobardes.
He comprobado también la ceguera en los ojos del ignorante que se conforma con su esclavitud.
He vivido para ver a las ovejas subir al patíbulo con una sonrisa en la cara.
He vivido para ver a los verdugos relamerse con su propia mierda.
He vivido para ver a los honestos gritar de impotencia.
He muerto en un mundo cargado de odio y de envidias.
He muerto para un mundo donde sólo el capital es un valor.
He vivido en un mundo donde no merece la pena vivir.
...

Ahora me toca vivir en un mundo donde sólo exista el Amor y la Paz.
Ahora sólo pienso vivir entre aquellos que buscan la felicidad del alma.
Ahora he renacido en un mundo libre de violencia y rico en humildad.
Ahora será la compasión por los débiles y el olvido de los arrogantes los que dominen mis actos.
Hoy por fin las nubes desaparecieron del cielo dando paso a la luz y el color.

Despójate de todo aquello que te ensucia y te envilece y acompáñame.
Te prometo la Libertad.

Monstruos reales

viernes, 31 de octubre de 2008


“Me decía mi mamá que los monstruos no existen,... pero sí que existen, ¿verdad?”

Esta frase la decía una niña pequeña en una película que vi hace tiempo: la segunda parte de Alien, el octavo pasajero. El personaje hacía referencia a los monstruos extraterrestres protagonistas del film. Mi madre nunca me habló de monstruos, ni de su existencia; yo nunca creí en ellos, aunque eso no me impidió temerle a infinidad de cosas cuando era pequeño.
Pero el tiempo me ha enseñado lo que a la pequeña rubia de la película: los monstruos sí que existen. Y no es necesario ir al otro confín de la galaxia para dar con ellos, los tenemos aquí mismo, entre nosotros, siempre han estado y nunca se marcharán. Quizás no sean tan llamativos y espectaculares, pero es precisamente esa discreción y esa falta de extravagancia lo que los hace sumamente peligrosos, ya que su voracidad y su carencia de escrúpulos dejan en pañales a los engendros espaciales de la ficción.
Raro es la persona que no haya tenido, o tenga, su propio monstruo particular, devorándole la entrañas poco a poco, impidiéndole llevar una existencia pacífica, siguiéndole de cerca allá donde vaya... sin darle respiro, ni tregua. Nuestro monstruo particular nos pertenece, nació con nosotros durante nuestra infancia, en el desarrollo de nuestra personalidad, o en algún otro momento durante el cual nuestra vulnerabilidad se hizo extrema. Son como los virus, aprovechan la debilidad del organismo para adueñarse de él e intentan conquistarlo en su totalidad, alojándose cómodamente en su interior, hasta el punto de que la persona anfitriona ya no lo siente como algo extraño, como algo ajeno a ella que deba ser expulsado. Muy al contrario, pensamos que es algo muy nuestro, que no seremos nosotros mismos sin ese huésped instalado en nuestro más íntimo ser. Pero esa es su fuerza precisamente, lo que les da poder y lo que nos debilita aún más. Por eso es imprescindible saber que no tiene porqué ser así, que podemos echarlos para siempre, exterminarlos, y sólo entonces estaremos libre de su amenaza. Sólo entonces nuestras vida nos pertenecerá a nosotros, y a nadie más.
Sólo hay una forma de vencer al monstruo y sacarlo definitivamente de nuestro camino: conocerlo y luchar contra él.
Yo tuve la enorme fortuna de conocer a mi monstruo particular prontamente (o al menos al que más daño me estaba haciendo en ese momento). Este monstruo era la Timidez; uno especialmente salvaje e insaciable que ha terminado con la existencia de miles y miles de criaturas, y que aún no ha aplacado su voraz apetito. Este monstruo es a su vez uno de los más peligrosos, ya que si dejamos que nos venza, atraerá hacia sí otros no menos temibles y aniquiladores, como son la soledad, la vergüenza, el miedo a los demás y el olvido. Y si permitimos que varios de estos monstruos unan sus fuerzas, entonces será cuando estemos perdidos del todo.
Desde que fui consciente de esta presencia aterradora tras mis pasos, no he dejado de luchar denodadamente. La agarré por los cuernos y desde entonces me propuse no soltarla hasta haber acabado del todo con ella, hasta haber erradicado su presencia de mi vida.
A pesar de haber estado rodeado siempre de infinidad de personas, comencé esta lucha en la más completa soledad, en silencio, sin consultárselo a nadie. No sé si actué correctamente o debí haber buscado ayuda; es el camino que elegí. Transcurrido el tiempo compruebo con alegría que he tenido mucho valor, he sido perseverante y tenaz, cualidades que nunca creí poseer, y que son esenciales para la victoria. También confirmo con cierto orgullo que todo lo conseguido hasta ahora se lo debo únicamente a mi astucia y firmeza ante el enemigo; nadie me ha concedido nada gratuitamente, absolutamente cada pequeña victoria obtenida ha sido fruto de estas cualidades mencionadas anteriormente.
No sé si lograré algún día derrotar a este feroz contendiente, porque aún continuamos en la batalla; puede que no, pero al menos ahora sé reconocerle cuando aparece, y tengo la oportunidad de ponerme en guardia y sacar mis armas. Ya no me da miedo, porque sé como vencerle. Es más fácil vencer al enemigo cuando ya se conoce su rostro, cuando sabemos de sus intenciones y averiguamos sus debilidades. Al escribir este texto y publicarlo le estoy asestando una fuerte estocada mortal. Lo sé. También sé que volverá a alzarse, con más fuerza si cabe, y continuará su persecución incansable, pero ya ha dejado de importarme porque sé cómo hacerle frente.
Tengo que reconocer que esta batalla a muerte me ha supuesto un desgaste, como todas las batallas, me ha obligado a replantearme muchas cosas que daba por supuestas, a hacer sacrificios, me ha privado de infinidad de momentos de mi pasado, me ha robado media vida. Pero aún debo considerarme afortunado, porque la mayoría de sus víctimas son consumidas por esta bestia asesina sin que ni siquiera tengan la oportunidad de luchar contra ella; lo que me convierte en un héroe de nuestro tiempo. Yo jamás lo he deseado, simplemente me tocó.
No me lo ha puesto nunca nada fácil, es obstinada y pendenciera; aún me sorprende a menudo y logra abatirme durante unos instantes.... pero yo me vuelvo a levantar, le planto cara y continúo como si nada hubiese pasado; esto es lo que más le duele, la indiferencia.
Aún no sé cómo acabará esta guerra, pero lo que sí es seguro es que ahora mismo le llevo ventaja a mi adversario. Tengo amigos, cosa que no podía decir hace algunos años, personas que me quieren tal y como soy, que se preocupan por mí aun conociendo mis debilidades y defectos. Y esto es algo que a mi enemigo le hace gritar de rabia e impotencia. Ya no estoy solo en el campo de batalla; estas personas me hacen fuerte, se han convertido en mi escudo y en mi espada, y con ellos (o sea, vosotros) continuaré la lucha hasta que uno de los dos caiga abatido para siempre.

Existen muchos otros monstruos, unos más peligrosos, otros menos, ¿cuál es el tuyo? ¿Aún no lo conoces? ¿Cómo combates contra él? ¿Quién va ganando?

La Libertad

martes, 28 de octubre de 2008

Una de mis últimas entradas, la titulada “El Esclavo” y, sobretodo, los comentarios que suscitó, me hicieron pensar mucho acerca de lo que llamamos “libertad” y el concepto que cada uno tenemos sobre ella. Intentar definir esta palabra es tarea ardua difícil, ya que es un término muy personal e íntimo. Cada cual tiene el umbral de su libertad a diferente altura.
Es evidente que todos tenemos que ganarnos la vida de alguna manera, mantener una familia, alimentarnos, cobijarnos bajo un techo... en definitiva, vivir. Todo esto es costoso, ya se haga en medio de la naturaleza recolectando fruta, cazando animales salvajes y fabricándonos una choza o acudiendo a diario a una oficina durante ocho horas a cambio de un sueldo. Ambos métodos pueden ser perfectamente válidos y tan dignos y respetables tanto el uno como el otro. Por consiguiente, no creo que hablar de libertad sea hablar de la forma en la que cada cual se gana la vida.
Y entonces, ¿en qué consiste la libertad?, ¿qué persona se puede considerar más libre? Quizás la libertad radique en la capacidad de elección de cada uno de ellos. Josep Lluís mencionaba la siguiente cita de Forges:
Soy libre...
... puedo elegir el banco que me exprima; la cadena de televisión que me embrutezca; la petrolera que me esquilme; la comida que me envenene; la red telefónica que me time; el informador que me desinforme; y la opción política que me desilusione
.”
Suena bastante deprimente, pero a mi entender, Forges, con su habitual ironía, no iba mal encaminado. Tenemos capacidad de elección, por tanto, somos libres. Si en vez de vivir en una sociedad civilizada y democrática, viviésemos en medio del campo a expensas de los elementos, no tendríamos bancos que nos exprimiesen ni televisiones que nos embruteciesen, pero nuestra supervivencia y felicidad seguiría dependiendo de otros factores también ajenos a nuestra voluntad, como pueden serlo las condiciones medioambientales, la variedad vegetal y animal del hábitat, nuestras habilidades naturales, nuestra salud, etc. Es decir, todo es muy relativo.
Pero si es así, ¿por qué nos sentimos tan maniatados y esclavizados de todo lo que nos rodea? A mi parecer, puede que esto se deba a que no utilicemos esta capacidad de elección que tenemos debidamente, o sea, que la mayoría de la gente es incapaz de elegir lo que en verdad le conviene de entre toda la oferta que se le ofrece. Por ejemplo, es cierto que la televisión puede embrutecer, pero también es verdad que existen algunos programas de calidad que nos enseñan algo positivo; o, a unas malas, nadie nos obliga a tenerla encendida. También con los bancos tenemos una amplia gama donde escoger, y a los que poder exigir; siempre habrá algunos menos malos. Y lo mismo se podría decir de todo. Sólo es cuestión de conocer todas las ofertas que tenemos a nuestro alcance y elegir la que mejor se adecue a nuestras necesidades. Evidentemente siempre habrá unos límites insuperables, pero como ya hemos dicho, esos límites existirán en cualquier situación en la que nos encontremos. Son los límites que establecen las circunstancias.
Por lo expuesto, pienso que seremos más libres cuanto más opciones tengamos a nuestra disposición donde elegir. Pero no sólo eso, también es esencial el conocerlas todas a fondo y el poder decantarnos libremente por la que queramos, cosa que habitualmente no ocurre. Lo normal es que nos fiemos ciegamente de lo que nos vendan otros, atendiendo a sus necesidades particulares que nada tendrán que ver con las nuestras. O que nos dejemos llevar confiadamente por las corrientes impuestas también por otros, sin pensar siquiera en otras posibilidades que también existen y que podrían ser mejores y estar a nuestro alcance si nos preocupásemos por conocerlas. Sin este conocimiento, nuestra libertad se verá sensiblemente mermada, además de manipulada. Y estos otros a los que hago referencia no tienen porqué ser siempre extraños, pueden ser perfectamente personas de nuestro entorno, como padres, hermanos, vecinos, pareja sentimental, hijos, etc.
Resumiendo, se podría decir que será más libre la persona que disponga de más opciones donde elegir, mejor conocimiento tenga sobre cada una de ellas y, por supuesto, menor coacción sufra a la hora de optar por la que desee. Y esto es algo que se podría aplicar a todos los ámbitos de la vida: trabajo, amigos, lugar donde vivir, creencias religiosas, aficiones, ocio, etc.
Pero hasta ahora no se ha dicho nada sobre la libertad de pensamiento tan comentada en la entrada anterior mencionada. ¿Cómo podría influir un pensamiento libre en todo lo expuesto anteriormente? Recordarán que también yo mencionaba la posibilidad de ser más libres encerrados en una prisión que viviendo en libertad y rodeados de toda clase de lujos y placeres; ¿cómo puede ser esto posible?
Intentaré explicarme, aunque no es fácil. La sensación de libertad está íntimamente asociada con las necesidades de cada uno, de ahí que sea algo tan personal. Pondré un ejemplo sencillo: si yo necesito un automóvil, me sentiré más libre conforme más modelos tenga donde elegir, mejor los conozca y mayor sea mi capacidad para poder comprarme el que desee. Pero quizás me sienta aún más libre si resulta que me doy cuenta de que en verdad no necesito ningún automóvil; entonces no tendré la necesidad de buscar distintas ofertas, informarme sobre cada una de ellas, ni de dinero para comprar el que quiera. Lo mismo se podría deducir sobre cualquier otra necesidad que tengamos, o creamos tener. Es decir, a menor número de necesidades y deseos, mayor libertad.
Es esta última idea la más difícil de llevar a la práctica, debido a la sociedad tan consumista y meritocrática donde vivimos, y donde nos obligan desde nuestra niñez a desear más y más cosas de todo tipo, y aumentando desaforadamente esta pasión consumidora conforme vamos creciendo y vamos acomodándonos sin percatarnos de ello a esa idea equivocada y tan extendida del “tanto tienes, tanto vales”, y que sólo termina conduciéndonos de cabeza al pozo sin fondo de la esclavitud y la desdicha. Esta idea, no sólo es aplicable a las necesidades materiales, sino también a aquellas otras necesidades sociales y anímicas que todos tenemos, el deseo de ser amados, queridos por otros, la necesidad de sentirnos integrados, tener éxito o ser respetados por los demás.
Pero aún se me ocurre otra de las grandes lacras que no hacen más que mermar nuestra limitada libertad: el miedo injustificado. Miedo a perder el trabajo, la pareja, a no conseguir nuestros objetivos estipulados, a no ser aceptados por la sociedad, a parecer extraño, a sentirnos vigilados, a padecer alguna enfermedad grave, al futuro incierto, a la soledad, al olvido, a la muerte.... y un largo etcétera. Cada uno de estos miedos lo único que consiguen es paralizar nuestras mentes y sumergirnos es un estado de continua alerta y estrés mortificante. En pocas palabra, nos impiden actuar con libertad. De nada nos sirve el disponer de todo y tener todas las posibilidades de obtener lo que queramos si continuamente estamos asustados por el qué dirán o el qué pasará. Simplemente, el miedo evitará que utilicemos nuestra libertad debidamente, siendo él el que gobierne directamente nuestros actos y, por tanto, nuestras vidas.
La única forma que se me ocurre de evitar este sentimiento pernicioso y de poder llevar a la práctica el desapego mencionado anteriormente, es con una educación adecuada, donde se nos enseñe de verdad a pensar por nosotros mismos, apartados de modas y corrientes actuales, que evite que entremos, o si ya lo hemos hecho, que nos permita salir de esa fosa oscura a la que nos lleva sin remedio la insensatez y la ignorancia, y que sólo puede tener un final: el sufrimiento.

Para el que esté interesado en algo de lo que he dicho, le dejo este enlace a una entrada que publiqué hace poco en el blog Preludio a un acontecer titulada: Declaración de Guerra. Ahí podrían encontrar algunas claves para conseguir la tan ansiada libertad (al menos material). Aunque, insisto, es algo mucho más complicado y que requiere sacrificios que sólo con el tiempo darán los resultados esperados y que, sin duda, merecerán la pena.

Espero encontrar en vuestros comentarios, como es habitual, algunas claves más para ser un poco más libres.

Dedico esta entrada a Raquel, de El Piano Huérfano; una persona que lucha por conseguir su libertad y que tendría mucho que enseñarnos al respecto.

La Sabiduría nos enseña a encontrar la mejor compañía

jueves, 23 de octubre de 2008

En una ocasión, Paulo Coelho escribió: “Tus aliados no serán necesariamente aquellas personas a quienes todos miran y de quienes afirman: «No hay nadie mejor». Muy al contrario: son personas que no temen errar y, por lo tanto, yerran mucho. Lo que hacen no siempre es elogiado o reconocido.
Efectivamente así es. No siempre las personas mejor reconocidas por la sociedad son las más valiosas, de hecho sucede muy a menudo todo lo contrario. ¿Por qué ocurre esto? Vivimos en una sociedad meritocrática; esto quiere decir que se le da demasiada importancia a los méritos individuales. Da igual el valor interior de una persona, su calidad moral; lo único que se suele tener en cuenta es lo que haya hecho esta persona en la vida, lo que haya estudiado, a qué se dedica.
Si nos encontramos con antiguos compañeros de la escuela, lo primero que nos interesa saber de ellos es cuál es su profesión, qué hacen para ganarse la vida. Si éste o ésta nos dice que es gerente de una gran compañía, seguro que le prestaremos mayor atención que si nos cuenta que se dedica a vender seguros, por ejemplo. Queramos o no, lo hacemos inconscientemente; y lo mismo harán los demás con nosotros. Injustamente, tendemos a juzgar a cualquiera por lo que hace y no por lo que es.
Una persona sabia se enfrenta a otra, sea ésta quien sea, sin prejuicios, con la mente abierta, dispuesto a escucharlo y a conocerlo antes de hacer ningún juicio. De esta forma, las probabilidades de conocer a gente interesante, que de verdad merezcan la pena, se multiplican enormemente, así como las posibilidades de encontrar un auténtico amigo, de esos que tanto escasean.
Para ello es necesario aprender el difícil arte de escuchar, de opinar cuando sea necesario y de forma concienzuda, de no hacer juicios gratuitos e innecesarios, de no censurar a nadie por su apariencia y de dar una oportunidad a todo el mundo. Parece mucho pedir, sobretodo en un mundo donde las apariencias lo son todo, pero les puedo asegurar que la sabiduría les ayudará a todo ello.
Sólo hay una forma de conocer realmente a una persona: escuchándola y dándole al menos una oportunidad de demostrar su valía. Si no hacemos esto, podemos dejar pasar de largo a auténticas personas que nos podrían ayudar mucho en nuestra vida.
Relacionarse con los demás, no sólo es bueno, sino que además es necesario para lograr una existencia plena y satisfactoria. Tenemos que compartir nuestras vivencias, tanto las malas como las buenas; me van a permitir que les muestre de nuevo otro texto de Paulo Coelho que viene muy bien al respecto:
Tenemos que compartir. Aunque sea informaciones que todos sabemos ya, es importante no dejarse llevar por el pensamiento egoísta de llegar solo al fin de la jornada. Quien hace esto descubre un paraíso vacío, sin ningún interés especial, y pronto se morirá de aburrimiento.
Habla. Dialoga. Participa. Nada hay más despreciable que el ´observador` acomodado y cobarde. Tu valor al expresar opiniones te ayudará a crecer en cualquier dificultad. Habla de las cosas buenas de tu vida a todo el que quiera oír. Habla de los momentos difíciles que puedes estar viviendo: da una oportunidad a los demás para que te den lo que necesitas, aunque sea tan sólo una palabra de apoyo.
La palabra es poder. Las palabras transforman el mundo y al hombre. Cuanta más energía positiva haya a tu alrededor, más energía positiva atraerás, y más se alegrarán los que bien te quieren. En cuanto a los envidiosos, a los derrotados, éstos sólo podrán hacerte daño si tú les das ese poder
.”
Como decía antes, es necesario en la vida encontrar aliados, compañeros de tertulias, gente con la que compartir aficiones. Cuando nos abrimos de esta manera al mundo nos damos cuenta de la cantidad de gente que hay dispuesta a abrirnos sus puertas, a escucharnos; gente que tienen muchas cosas en común con nosotros y muchas otras que enseñarnos y que se interesan por nuestra vida y nuestros asuntos.Por supuesto que también hay muchas otras personas con las que no merece la pena ni compartir un segundo de nuestra vida. La sabiduría nos puede ayudar también a distinguir a este tipo de personas inmediatamente, antes de que éstas nos puedan hacer daño. Por desgracia, en el mundo hay demasiada gente egoísta, envidiosa, que sólo piensan en su propio interés. Pero como decía Paulo Coelho, estas personas sólo nos pueden hacer daño si se lo permitimos; para evitarlo sin entrar en conflictos innecesarios, lo mejor es alejarse de ellas cuanto antes. Conviene apartarse de todas aquellas personas que creen saberlo todo, que son incapaces de decir “no lo sé” cuando le preguntas lo que sea; de todas aquellas que jamás reconocen un error (ya que piensan que no se equivocan nunca); aléjate de los que acostumbran a criticar a los demás que no están delante, ya que harán lo mismo contigo cuando seas tú el que no esté. No te juntes con aquellos otros que sólo saben hablar de sí mismos, que no se preocupan nunca de los asuntos de los demás (aunque sea sólo por compromiso). Recuerda las palabras que le dijo el jesuita William de Baskerville a su discípulo en el libro El nombre de la rosa: “Huye de los profetas y de los que están dispuestos a morir por la verdad, porque suelen provocar también la muerte de muchos otros, a menudo antes que la propia, y a veces en lugar de la de la propia.”

En esta sociedad en que nos ha tocado vivir, donde lo que prima son las apariencias y lo que los demás opinen de ti, sin importar si es cierto o no, es preferible juntarse con aquellos que no siguen la corriente, que no opinan como la mayoría, si lo prefieren, a los que se les suele llamar «bichos raros». No conviene dejarse llevar por la opinión de la mayoría, ya que éstos suelen juzgar a la gente atendiendo a prejuicios y temores y, sobretodo, a las propias limitaciones de cada uno debido a la gran competencia que existe. Únete a las personas que sonríen, que cantan, que bailan, que aprovechan la menor oportunidad que les da la vida para disfrutar, que saben arriesgarse. Huye de esas otras que están siempre tristes, que creen que todo el mundo está en contra de ellos, que sólo buscan el respeto de los demás sin arriesgar nunca nada por ello, que sólo ven el lado negativo de las cosas; en definitiva, que no tienen ni idea de lo que es la vida, ni desean tenerla.
Y un último consejo; cuando encuentres a alguna de esas personas que siempre están dispuestas a hacer lo que sea por los demás, que nunca ponen mala cara cuando se les pide algo, cuídala, trátala bien, no caigas en el error que solemos caer la mayoría en estos casos abusando de la buena voluntad de estas personas. Con esto lo único que se consigue es terminar quemándola y provocar que, tarde o temprano, se aleje de ti; al principio lo hará con cautela, dándote largas y poniéndote excusas cuando le pidas algo y, con el tiempo, llegará un momento en que sabrás que ya no podrás contar con esa persona para nada más. En cambio, si no abusas de ella, si le agradeces y le correspondes cada favor que te haga debidamente, si sólo le pides los favores que realmente te son necesarios, siempre sabrás que tienes a alguien cerca con quien puedes contar cuando lo necesites, y eso es algo muy importante en la vida y que no todo el mundo puede poseer. Como dijo William Shakespeare en una ocasión: “Los amigos que tienes y cuya amistad ya has puesto a prueba, engánchalos a tu alma con ganchos de acero”.
Y, en cualquier circunstancia, no olvides nunca la regla de oro del confucianismo: No hagas a los otros lo que no quieras que te hagan a ti mismo.

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