El final del camino

lunes, 10 de diciembre de 2007

¿Qué estarán poniendo en la televisión a esta hora?
¡Qué pregunta! Pues lo mismo de siempre, ¿qué si no?

Por más que cambio de canal, no encuentro nada que me distraiga lo más mínimo, o que me haga olvidar que no puedo hacer otra cosa más que estar aquí sentado, o más bien clavado, frente al maldito aparato, que ya empiezo a odiar con toda mi alma, a pesar de ser mi único y fiel acompañante en estas largas y largas jornadas de mi postrera vida.
De la cama al sillón, del sillón a la cama, pasando por el baño. Y vuelta a empezar. Despacito, no vaya a caerme, y con el bastón bien apretado en una mano, mientras la otra se apoya torpemente en cada mueble o pared que encuentro en mi camino; por si los mareos.
¿Y mañana?
¿Mañana? Ya olvidé el significado de esa palabra. Como el de tantas otras: esperanza, proyecto, meta, futuro. La espantosa rutina las borró para siempre de mi mente. ¿Qué sentido pueden tener cuando tan sólo queda pasado? Porque ya ni el presente es digno de tener en cuenta. Bueno, quizás descubra algún dolor o alguna molestia nuevos. Eso si sigo vivo, claro.
¿Pero quiero seguir vivo?
Pues claro, ¡qué clase de pregunta es esa! Todo el mundo quiere vivir...
O no... No lo sé. ¿Para qué?
¿Cómo que para qué? Mis hijos vienen de vez en cuando a verme y me preguntan cómo estoy...
¡Qué cómo estoy! Siempre les contesto lo mismo: bien. ¿Cómo voy a estar?
(Muriéndome).
Pero ya llevo setenta y cuatro años sobre este mundo; ya es hora. Eso es lo que piensan todos: que ya es hora.
¿Y yo? ¿Qué pienso yo? Yo pienso que no; que no es hora. Si pudiera gritar lo diría a gritos. QUIERO VIVIR. Un día más, un año más. Quiero salir; pasear por mi jardín, por mi huerto, al que tantas horas le dediqué durante mi perra vida y que tan abandonado se encuentra tras mi retiro. Quiero coger el coche, conducir, ir de compras, al cine, leer un libro sin que me lloren los ojos a los cinco minutos. Quiero hacer lo que hace la gente viva.
¿Cuánto tiempo permaneceré así? ¿Días? ¿Meses? ¿Años?
No, años no.
Claro que aún podía ser peor. Podría estar postrado en la cama sin poderme levantar...
Todo se andará.
Yo era de los que pensaban que todo tiene un principio y un final, que la muerte nos llega a todos y nada podemos hacer, sólo resignarnos. Es ley de vida. Creía que con esta idea asumiría mi final con dignidad y valentía cuando éste se presentase.
Pero eso era antes, cuando ese final se presumía lejano.
Ahora maldigo esta despreciable vida, que nos pone por delante toda la inocencia y la alegría de la niñez, nos hace gozar de los más bellos placeres de la despreocupada juventud, nos da serenidad y armonía durante nuestra responsable madurez... y nos lo arrebata todo, sin avisar, el día que más feliz eres por todo lo que has conseguido; condenándonos a una eterna agonía sin fin, sin propósito alguno, más que el de ver como se van agotando poco a poco la energía, la vitalidad, las ganas,... la ilusión.
No hay derecho. Siempre había pensado que una vida sin ilusión no merecía la pena ser vivida, que era ésta la que nos mantenía siempre alerta y activos. Pero, ¿y ahora? ¿Qué pienso ahora? No lo sé.
¿Pero cómo podía ser si no?
Tampoco lo sé. Yo no dicto las normas. Sólo las sufro.
Se supone que este es el momento de hacer recuento de lo que ha sido mi vida, del bien o del mal que he hecho a los demás, de cómo me he portado con mis hijos, con mi mujer, de la huella que he dejado en este miserable mundo (si es que he dejado alguna)... Pero es que no me apetece hacerlo. ¿Para qué? Ya no puedo remediar nada de lo que hice; lo hecho, hecho está.
¿De qué me arrepiento o de qué me siento orgulloso? ¡Y yo qué sé! ¡Acaso he podido elegir!
Todo el mundo piensa que es fácil responder a estas preguntas una vez que se ve el final del camino, pero todos se equivocan; no lo es. Me gustaría poder gritarlo al mundo entero. ¡NO LO ES!
Claro que ya se darán cuenta. Todos pasaran por este calvario.
Bueno, no todos. Algunos tendrán la fortuna de irse de este mundo tal y como llegaron, sin enterarse, sin necesidad de pasar por esta lenta angustia a la que nos vemos avocados algunos más desafortunados.
Muchos dicen que debería sentirme dichoso por haber alcanzado esta edad, haber tenido una vida placentera y holgada, una familia unida y feliz... ¿Qué sabrán ellos?
¡Pues no, no me siento dichoso! Muy al contrario, me siento la persona más desgraciada de la tierra. Quiero vivir, pero al mismo tiempo quiero morir.
¡No, no quiero morir!; voy a morir. ¿Quién se puede sentir dichoso viendo venir el final de los días?
Otros dirán: “Al menos tiene la cabeza en su sitio; debería de dar gracias”. ¡Serán hijos de...! “La cabeza en su sitio”, vaya consuelo. Y encima quieren que dé gracias y todo.
Pero tengo que ser generoso y amable con todos y decirles que tienen razón. ¿Para qué mortificarles con mis penas y amarguras? Seguramente dirían que son achaques de viejo. Pensarían que estoy entrando en un estado depresivo debido a mi debilidad. Al final terminarían deseándome una pronta muerte y se engañarían diciendo: “Es lo mejor que le podría suceder”.
Ignorantes.
No. Tengo que mantenerme firme; aparentar placidez y bienestar, para que al menos se sientan a gusto a mi lado y no terminen rehuyéndome. Hablar de política, del colegio de los niños, de la comida de Navidad, de lo que subirán las pensiones para el año que entra...
¡Qué me importarán a mí las pensiones ni el colegio de los niños!
Creo que estoy siendo demasiado cruel conmigo mismo; debería de relajarme un poco e intentar vivir lo poco que me quede de vida con la mayor integridad posible...
¡A la mierda la integridad! Tengo derecho a ser cruel conmigo mismo. Es más, quiero serlo. A estas alturas de la vida nadie me puede prohibir que me sienta conmigo como me de la gana. Bastante me he obligado ya a lo largo de tantos años a sentirme como se suponía que tenía que sentirme para que todos estuvieran contentos a mi lado. Que si los niños, mi mujer, los clientes, los socios, los empleados, los proveedores, las amistades, los yernos y las nueras...
Tanto esfuerzo para qué. Para acabar plantado delante de un decepcionante aparato electrónico que no hace más que recordarme lo inútil que soy y todo lo que me estoy perdiendo y me voy a perder ahí fuera.
Y todavía hay quien opina que la vejez da libertad.
Iluso.
Claro que yo también llegué a pensarlo cuando me jubilé y pude dedicarme a lo que me diese la gana. Estuvo bien mientras duró. Pero una libertad tan exigua no debería ni existir. ¿Qué clase de Dios es ese que te hace creer que tienes todo el tiempo del mundo para disfrutar de lo que te has ganado con tanto esfuerzo y sacrificio para poco después arrebatártelo por completo dejándote en la más humillante de las miserias?
No. Definitivamente yo no quiero esa libertad. Prefiero mil veces el forzado trabajo en el campo o el estrés de los negocios antes que esta mierda de libertad.
Bueno, al menos sí que soy libre para poner el canal de televisión que quiera. Por cierto, creo que ya va a empezar la corrida de toros; si no recuerdo mal hoy toreaba Morantes. Promete ser una gran corrida; creo que me lo pasaré bien.

Dedicado a mi padre y a todos aquellos ancianos que, como él, sufren en silencio la soledad y la amargura del final del camino.

9 Consejos, saludos, propuestas...:

Evan dijo...

Lograste que se me forme un nudo en la garganta...

No quisiera llegar sola a vieja... de pensarlo me siento triste.

Un beso Pedro!!

mpiryko dijo...

La vejez, está bien, la ancianidad, es muy puta.
Antes los hombres de honor y orgullo morían por una causa, bien o mal entendida. Hoy morimos por una complicación cardio repiratoria o por un fallo renal multisistémico y cosas así, tales causas a tales honores y que cada uno haga de su capa un sayo.
¡Salud!

Raquelilla dijo...

Pos me ha dao que pensar, de viejecilla te iré a buscar pa darte el coñazo y arrebatarte un poquito de libertad indeseable, jijiji, grasia por visitarme a mi blog, nus vemos tatarde chauuuuuuuuuuuu

Fermina Daza dijo...

Hola Pedro. Esta “cosas tuyas” que escribes han conseguido arrancarme una sonrisa. Muchos verán en tu texto un drama, una tragedia. Yo no lo veo así, veo las disquisiciones mentales de un hombre con setenta y tantos años que ya está de vuelta de todo y con una cabeza pensante en plena forma. Probablemente su contrariedad está en que el cuerpo se resiente y no da el mismo nivel que su cabeza. Verás, mi madre va a cumplir ochenta y un años dentro de unos días. Va a hacer gimnasia tres veces por semana, se matriculó en un curso de informática y creo que ha conseguido convencer a mi padre para que contrate Internet en casa, lee todos los libros que le ponen por delante, le gusta la política y hablar de ella (aunque siempre termina diciendo que es una mierda), le encanta ver cine en casa y sobre todo, le encanta pasear, siempre está dispuesta a salir con el motivo que sea o sin motivo. Hoy día sigue ocupándose de las tareas del hogar como ha hecho siempre. Ella cocina, hace la limpieza de la casa y atiende a mi padre, el cual pasa el día sentado en su sillón haciendo, suponemos, meditación trascendental y de ahí no lo mueve ni “Ariza con la escopeta”. Son dos formas muy distintas de vivir la vida, y ambas muy respetables, pues a estas alturas creo que es justo que cada uno haga lo que le da la real gana.

Por cierto, cada vez estoy más convencida de que, efectivamente, existir es resistir.

Un abrazo

Irene

Doncel dijo...

Pedro:
yo prefiero la radio a la tv y los programas basuras, que se los traguen los señores de corbatas de seda que manda en estas cadenas.
DALE UN BESO A TU PUEBLO Y EL MÍO
FELIZ NAVIDAD
Antonio

Navi dijo...

Hola Pedro, como siempre un gusto pasar por aca, sin dudad acabas de describir la vida de mi abuela que tambien esta cerca de los ochentaycorrele, creo que le dare una visita, diviertete mucho un saludo desde mty mexico.

Carito dijo...

Me gustó.
A veces ni quiero pensar cómo llegaré o cómo llegaran mis seres queridos a la vejez.
Mejor olvidarse, vivir el presente.
O mejor cuidarse para asegurarse una buena vejez, si es que se llega.
Saludos!
=)

Morgana dijo...

Yo he pensado en la vejez muchas veces, aunque creo que se puede llegar a ella con salud y equilibrio si nos cuidamos.
No creo que todo sea desesperación y sufrimiento, aunque desgraciadamente para muchas personas sí es así. Si tu padre no está todavía postrado en una cama, y puede andar, aunque sea con muletas o en una silla de ruedas, todavía puede pasear por un parque o ir al cine a ver una película, como quiere, si ve todavía aunque sea con gafas puede leer, etc.
Creo que en la vejez también hay cosas que vivir y disfrutar, aunque puede que yo lo vea desde una perspectiva ingenua al tener 19 años; casi todas las personas mayores que conozco no son felices, excepto algún caso particular.
Un abrazo

Palomas dijo...

Hola Pedro, te estoy visitando...espero ser una viejita piola (tranquila), como lo fueron mis abuelas. Pienso que la vejéz es un estado de ánimo.
Me has conmovido, espero que si a tu papá le pasa ésto, encuentre un día algo que despierte en él algunas cosas de su juventud, madurez que lo hagan revivir. Besos amigo!!!

Se acordaron de mí: