Juan

lunes, 26 de noviembre de 2007

Juan tenía treinta y ocho años. Era un hombre sencillo y pacífico, de ideas más bien conservadoras, inculcadas desde su infancia por sus padres con paciencia, devoción y mucho amor. La misma devoción y pasión que él ponía ahora en la educación de su único hijo, Alberto, de cinco hermosos añitos de edad. El único por poco tiempo, ya que, Susana, su mujer, se encontraba en cinta de tres meses. Ambos esperaban con mucha ilusión y entusiasmo la llegada de este nuevo retoño al hogar, el cual traería sin duda aún más felicidad, si cabe, a la vida de Juan.
Pero a Juan no le había regalado nadie esta felicidad. Trabajaba desde muy pequeño en el taller, junto a su padre, al mismo tiempo que se sacaba los estudios obligatorios. Su padre se jubiló pronto, ya que tenía una salud muy precaria, además de una edad avanzada para un trabajo tan sacrificado como el que desarrollaba. Así pues, Juan se tuvo que costear la carrera de magistratura ejerciendo los más diversos trabajos: camarero, chico de los recados, atendiendo a la clientela en una panadería y haciendo chapuces mecánicos, aprovechando lo aprendido con su padre. Todo ello al mismo tiempo que ayudaba en el hogar familiar, puesto que era hijo único y la pensión de autónomo que le había quedado al padre era bastante exigua, apenas les alcanzaba para comer. Pero Juan se esforzó, nunca perdió la paciencia y se entregó al cien por cien en sus obligaciones sin cuestionarse nunca el destino que la vida le había deparado. Su padre le había enseñado desde que tenía uso de razón que siempre era preferible aprender primero a adaptarse a las circunstancias y, sólo después, una vez aprendido esto, intentar cambiarlas a nuestro interés. Y Juan seguía su ejemplo, sin pensarlo, instintivamente, sin plantearse otras opciones; simplemente porque él era así; lo habían forjado de esa manera.
Su inalterable empeño y dedicación le llevó a aprobar la primera de las oposiciones a las que se presentó, después de haber terminado la carrera. De esa forma, Juan, vio cumplido su primer sueño: trabajar de profesor en un colegio de primaria, dando clases a los más pequeños. Pero como un escalador incansable que alcanza una primera cumbre sólo para contemplar la siguiente, Juan continuó su esforzada escalada por la vida, dispuesto a llegar cuanto antes a la meta que por entonces él pensaba debía de ser el fin de toda existencia, aquella para la que se había estado preparando con ahínco desde su infancia, el objetivo que todo hombre de bien debía de tener siempre en mente: casarse, tener hijos y formar una bonita y feliz familia perfecta.
También en este empeño le fue recompensada su total entrega y dedicación. Conoció a Susana en un seminario impartido en su escuela. Era la mujer perfecta: guapa, inteligente, simpática y más bien introvertida, de gustos sencillos, enemiga de las extravagancias y de los lujos. Lo dicho: la mujer perfecta para él. Juan era también un buen partido, así que ella lo aceptó pronto como novio y no tardaron mucho en casarse. Tampoco el primer hijo, Alberto, tardó en llegar, para la alegría y satisfacción de Juan, que por día veía como su sueño se iba cumpliendo con el más rotundo de los éxitos. Por supuesto, Susana dejó su trabajo tras la llegada de Alberto para ocuparse por completo de su crianza, así como del cuidado del hogar. Fue algo de mutuo acuerdo, no por casualidad Juan la había elegido a ella entre tantas otras para su insigne proyecto de vida. Cada detalle era importante, y Juan lo sabía.
El segundo hijo se hizo esperar algo más. Incomprensiblemente para Juan, pasaban los años y Susana se resistía a quedar embarazada; algo estaba fallando. Algunos amigos se atrevieron a aconsejarle que acudiera a una clínica de fertilidad, pero eso era algo que iba en contra de sus principios: Dios había hecho al hombre y a la mujer para tener hijos; Él era el único que podía intervenir en este milagroso proceso. Ni que decir tiene que Susana también estaba de acuerdo con él. Pero de nuevo su tesón pudo más que cualquier adversidad. Por fin su mujer se quedó embarazada. Ahora sí que la felicidad sería completa; ya nada ni nadie podría pararle, su proyecto de vida estaba resultando tal y como él siempre lo había deseado y planeado.

Pero nada ni nadie en este mundo podría haberse imaginado ni por un momento lo que en pocos minutos iba a acontecer en el apacible y feliz hogar de Juan, porque a lo que nada ni nadie puede en verdad parar es al inevitable destino que las circunstancias cruzan en nuestro camino.
Era domingo, un día tórrido y gris de invierno, alrededor de las doce de la mañana; el desapacible clima exterior parecía augurar el inminente desastre que se cernía sobre aquella casa. Hacía tan sólo unos minutos que Juan y su familia habían regresado de la capilla cercana, después de asistir, como todos lo domingos, a la sagrada misa. Ya se habían puesto cómodos en el interior de la confortable casa de campo que, con tanto esfuerzo y sacrificio, habían podido adquirir hacía unos años. Juan preparaba el didáctico juego de construcción que le habían comprado a Alberto en las pasadas Navidades, mientras su hijo lo miraba con impaciencia y admiración, dispuesto a pasar una agradable y amena mañana de domingo en familia. Susana, mientras tanto, se afanaba en la cocina con un guiso que olía a las mil maravillas.
Fue ella la que advirtió la primera anomalía. “Juan, creo que ahí afuera hay alguien”, comentó inocentemente, pensando que podían ser algunos de los vecinos que habían entrado por la pequeña cancela metálica que habrían dejado abierta si percatarse de ello, como tantas veces había ocurrido. “Voy”, dijo su marido mientras se acercaba a la puerta entornada que daba a la terraza exterior, la cual, raramente solía cerrarse durante el día, ya que ellos estaban saliendo continuamente al patio y no había motivo para ello.
No tuvo tiempo de abrirla; ésta se le estampó en la cara de un fortísimo porrazo, lanzándolo hacia el suelo con un dolor muy intenso y palpitante en todo el rostro. Apenas pudo distinguir como entraban cuatro hombres grandes y corpulentos (o al menos así les pareció en aquel momento), armados algunos con bates de béisbol y otros con puñales; uno de ellos empuñaba una especie de arma automática pequeña. No hubo tiempo para avisar ni para decir nada. Su mujer y su hijo se acercaron tras escuchar el fuerte ruido del portazo y ambos fueron cogidos con gran violencia por dos de los intrusos. Entre los otros dos levantaron rudamente a Juan, después de darle un fuerte golpe con el bate en la cabeza, y lo lanzaron, medio aturdido, junto con el resto de su familia, hacia dentro del salón. A Juan le ardía la cara, la vista se le nublaba por momentos debido a la sangre que le chorreaba incesantemente por la brecha abierta en la frente producida por el bate; se notaba además la nariz hinchada y en la boca ya empezaba a acumulársele la sangre procedente de ésta, a raíz del portazo primero. Oía levemente gritar a su mujer y llorar desconsoladamente a su hijo, pero sabía, al igual que sus captores, que era inútil; aquellos hombres ya se habían encargado de cerrarlo todo y los vecinos más próximos se encontraban a suficiente distancia como para no enterarse de nada. Él siempre había buscado, y apreciaba mucho, la tranquilidad e intimidad que habían encontrado en aquella casa, tan apartada del mundanal ruido urbano.
El aturdimiento tan sólo duró unos pocos segundos en desvanecerse, aunque a Juan le parecieron una eternidad, en la que todo pasaba como a cámara lenta. En cuanto pudo articular palabra comenzó a repetir sin cesar: “¡Dejen a mi familia, les daré todo lo que quieran!”. Pero aquellos hombres no parecían oír; ellos iban a lo suyo. Uno de ellos asestó otro terrible golpe en el rostro de Susana mientras gritaba: “¡Calla puta!”, la cual empezó a sangrar abundantemente de inmediato, quedando medio inconsciente en mitad del suelo del salón. Solucionado el problema de los gritos, sólo quedaba acallar de alguna forma el llanto del pequeño, que no dejaba de llorar escandalosamente mientras el más fornido de los hombres lo atenazaba ferozmente por uno de sus delicados brazos. “¡Haz callar de una vez a ese mocoso!”, rugió otra de aquellas bestias, aquella que parecía ser el líder. Y dicho y hecho; delante de la vista de Juan, a tan sólo unos metros de distancia, sin mediar más palabra, aquel salvaje levantó el cuchillo que llevaba en la otra mano y, de un rápido y eficiente tajo, segó la yugular del niño, y con ello su corta vida.
Se hizo un silencio sepulcral.
A Juan se le heló la sangre, se le cortó de inmediato la respiración y creyó desfallecer, mejor dicho, deseó desfallecer. Aquello no podía ser verdad, no podía estar sucediéndole a él. Su mujer pudo incorporarse un poco tras el golpe recibido, lo suficiente como para ver a su amado hijo tendido en el suelo sobre un charco de sangre espesa y negra; el color de la muerte. El desgarrador grito que estalló súbitamente de su garganta devolvió a Juan a la terrible realidad: habían matado a su hijo. También le sirvió a ella para ganarse otro tremendo golpe por parte del atacante que tenía más cerca, dejándola nuevamente aturdida y con el rostro totalmente ensangrentado.
A Juan, sin embargo, le resultaba imposible exhalar siquiera un leve suspiro; la garganta la tenía bloqueada, el corazón le latía a mil por hora y en su mente sólo se repetían las mismas palabras una y otra vez: “No puede ser, no puede ser”.
Pero sí que podía ser, y así era.
Y aún faltaba por llegar lo peor. Uno de los asaltantes agarró con fuerza a Juan por el cuello y la cabeza, obligándolo a mirar lo que posteriormente harían sus compañeros con la mujer. Le desgarraron violentamente la camisa y arrancaron de un poderoso tirón el sujetador, dejándola con los pechos al aire; tiraron con la misma brutalidad de sus pantalones y bragas hasta dejarla completamente desnuda. Cada acción era vitoreada con alegría y entusiasmo por todos los asaltantes. Inmediatamente uno de ellos la abrió de piernas mientras los otros la sujetaban, se desabrochó el pantalón y se arrojó sobre ella, penetrándola como una bestia al tiempo que le levantaba las nalgas con sus poderosas manos. Afortunadamente, Susana no parecía encontrarse muy en su sentido, aunque sí que se la oía gemir de dolor levemente. Juan, entre sollozos, intentaba apartar la mirada del aberrante espectáculo, pero su opresor se lo impedía, atenazándolo más fuerte y abriéndole con sus dedos dolorosamente los párpados, los cuales, entre lágrimas y sangre coagulada, le permitían tan sólo apreciar una sombra de lo que estaba sucediendo. Los tres brutos que estaban con su mujer, se turnaban una y otra vez repitiendo el atroz acto sobre ella, sin dejar de gritar y de reír de entusiasmo.
Así hasta que el cuarto hombre, aquel que apresaba a Juan, se cansó y decidió que también él quería participar del festín. Entonces asestó a Juan otro fuerte golpe en la cabeza que lo dejó semiinconsciente y lo arrojó al suelo para unirse después a sus compañeros.
Nunca sabría el tiempo que permaneció en ese estado; presumiblemente, sólo unos segundos; el caso es que cuando Juan pudo abrir los ojos y fue capaz de enfocarlos medianamente sobre algo, lo primero que vio, a tan sólo un metro de distancia de su cabeza, fue la pequeña arma automática que llevaba uno de los asaltantes: con las prisas y la emoción la había dejado abandona en el suelo, al alcance de su víctima. Al mismo tiempo oía a los cuatro reírse y gritar de gozo alrededor de su mujer, en apariencia, sin percatarse en absoluto de la presencia del marido. De repente, su mente pareció despertar de una terrible pesadilla y fue capaz de pensar conscientemente, como ajena a su propio cuerpo, al dolor, al abatimiento, como si no le perteneciese a él y actuase por cuenta propia. Y se percató de todo lo que estaba sucediendo: cuatro delincuentes habían irrumpido en su casa, le habían dado la paliza de su vida, habían matado a su hijo y ahora violaban brutalmente a su mujer... y el tenía un arma al alcance de la mano.
Pero él nunca había utilizado una pistola, no sabría hacerlo. Sólo tienes que agarrarla por la empuñadura, apuntar y apretar el gatillo, no es tan difícil. ¡Hazlo!
Pero algo podía fallar y entonces se percatarían de que él estaba consciente y armado, las consecuencias podrían ser terribles. Nada puede ser peor de lo que está ya pasando, terminarán por matarnos a todos, no tienes nada que perder. ¡Hazlo!
Pero si los mato, ¿qué será de mí? Es ilegal matar incluso en estas circunstancias; nadie se puede tomar la justicia por su mano. Están violando a tu mujer embarazada, si no te das prisa podría perder al bebé o podrían matarla en cualquier momento. ¡Hazlo!
Pero Jesucristo dijo: “Amad a vuestros enemigos; haced bien a los que os aborrecen. Bendecid a los que os maldicen; y orad por los que os calumnian. A quien te hiere en una mejilla, preséntale asimismo la otra.” (Lucas 6, 27-29). Nunca más podrás abrazar a tu inocente hijo, ¿qué mal podía haber hecho él a nadie con tan corta edad y toda una vida por delante? Tú no eres Job; ¡hazlo!
Juan cogió con decisión el arma; todo había pasado por su cabeza en cuestión de dos segundo; nada había cambiado desde que abrió los ojos y despertó su conciencia. Se incorporó, apuntó y apretó el gatillo. El arma empezó a escupir una estridente y mortal ráfaga sobre las cuatro personas que le acababan de destrozar su apacible vida. Él sabía que su mujer estaba tendida en el suelo, así que se cuidó instintivamente de no apuntar demasiado bajo. Todo fue demasiado rápido como para que los delincuentes pudieran reaccionar; a los pocos segundos, los cuatro se encontraban esparcidos por el suelo de su salón, empapados en su propia sangre, la cual impregnaba cada rincón, cada mueble, cada pared, cada libro, cada objeto de decoración, cada cuerpo, con vida o sin ella, que allí se encontraba... La pesadilla había terminado.

Susana perdió el hijo; jamás volvió a quedarse embarazada. Tampoco le preocupó. Sus heridas físicas sanaron en poco tiempo, no así las mentales. Cayó en una profunda depresión, de la cual salía para volver de nuevo a derrumbarse sin que nada ni nadie pudiera evitarlo. Así hasta el fin de sus días. Por supuesto Juan nunca dejó de cuidarla y de quererla. Ya no era la esposa perfecta, no era divertida, ni condescendiente.. pero era su esposa, y esa era su obligación.
Tampoco Juan volvió a ser el mismo (¿quién podría serlo?). No lo encarcelaron. Tampoco fue al infierno. Tanto la justicia humana como la divina supieron comprenderle. Le habían preparado para trabajar duramente, educar a sus hijos, amar a sus semejantes, y para vivir en paz y con sencillez; nunca para algo así (¿acaso a alguien lo educan para algo así?). Continuó acudiendo al Santo oficio cada domingo, solo, más por costumbre y por guardar las apariencias que por otra cosa. En cuanto su espíritu fue capaz de nuevo de construir ilusiones, objetivos en la vida, un nuevo sueño en el que emplear la existencia tan arduamente conquistada, tuvo claro cual sería: vivir.

Fin

Si les parece dura esta historia es que no conocen las historias de verdad, aquellas que pasan todos los días en la vida real a seres humanos como usted y como yo, en cualquier parte del mundo. Tampoco yo las conozco, afortunadamente, pero soy consciente de que el sufrimiento, ajeno o propio, nos hace más humanos, mientras que la ausencia de él o su desconocimiento nos deshumaniza. De ahí que yo considere de VITAL importancia la publicación y difusión de toda forma de sufrimiento humano, provocado o fortuito, ya que prefiero humanizarme con el conocimiento del sufrimiento ajeno, a tener que hacerlo con el propio, que espero que nunca llegue.
Perdón por la extensión tan dilatada de la historia, pero es que lo mío no son los resúmenes; aun así, he procurado acortarla cuanto me ha sido posible. Si aún les quedan ganas de seguir leyendo un poco más, aquí les dejo un pequeño fragmento de mi libro Metnok; no sé si tendrá mucho que ver con la anterior historia, pero eso ¿a quién le importa? Que tengan un buen día:

En ocasiones, los dioses deciden poner a prueba a determinadas personas. El que no la pasa, muere, y su nombre se pierde con él en el más oscuro y lúgubre agujero del Gran Abismo, bajo toneladas de polvo y ceniza, junto a todos aquellos que una vez tuvieron la oportunidad de ser y en vez de eso eligieron perder.
Los que consiguen pasar esa prueba reciben el mayor don que ningún dios podrá conceder jamás a hombre alguno. Para ellos los dioses tienen reservado el preciado don de la felicidad eterna. Estas personas tendrán el privilegio de pasar de ser servidores de sus creadores a convertirse en señores de los mismos; para estas personas no existirán empresas que no puedan conseguir, porque los dioses estarán siempre a su lado, protegiéndoles, aconsejándoles, sirviéndoles, amándoles. El nombre de estas personas perdurará durante siglos en el más elevado pabellón construido en el Cielo, junto a todos aquellos que un día sintieron en su interior la necesidad y el coraje de cambiar el destino que otros se habían encargado de escribir para ellos, levantándose de sus cómodos asientos y enfrentándose a la vida sin más armas que la verdad, la justicia y la templanza. Estas personas nunca morirán, se mantendrán vivas por toda la eternidad en el corazón de aquellas otras que las honran cada día con su memoria.
Hasta muchos años después, ya en su ancianidad, Metnok no comprendió que él había sido una de esas privilegiadas personas elegidas para la gloria; él nuca lo pidió, ni lo deseo, ni tan siquiera lo buscó; simplemente apareció en su camino y lo tomó. Su vida no fue sencilla, pasó muchas penalidades, tuvo que luchar, sufrir y trabajar duramente, todo ello para mantener lo que le había sido concedido. En muchas ocasiones creyó perder el don de la felicidad eterna, pero no se rindió, porque el coraje y la valentía son algo que no se pierden fácilmente, así como la generosidad y la humildad, valores que siempre atraerán hacia nosotros a un sinfín de buenas personas dispuestas en todo momento a levantarnos cuando desfallezcamos, alejando de nuestro lado, también para siempre, a la amarga soledad. Tan sólo al final de sus días supo con certeza que ese don, una vez obtenido, perdura por toda la eternidad; pero esto es algo que sólo la llegada de la muerte puede hacer comprender, ya que únicamente es ésta la que, con su implacable mirada, nos hace ver lo que fueron nuestros días, lo que pudieron ser y lo que ya nunca serán.

11 Consejos, saludos, propuestas...:

mpiryko dijo...

Debemos de odiar el crimen por encima de de lo que tememos el probable castigo, o la historia se repetirá, desde Barcelona a Cádiz, ... por el lado largo del mundo, pasando por Bosnia ..., Birmania, ... Colombia o Liberia -por citar a uno pocos-.
Nuestra educación actual ensalza el crimen y se burla del castigo. Algo habrá que cambiar.
¡Salud! Y después de este relato: ¡Suerte!

Pedro dijo...

Mpiryko, yo no comparto la respuesta de Juan, ni la reprocho, es decir, no le juzgo, de eso ya se encargará la justicia y, por desgracia, la sociedad.
Pero intenta ponerte en tu lugar, a ver qué harías.
Un abrazo.

Fermina Daza dijo...

Pedro, escribes un relato terrible y es cierto que casos así se han dado por desgracia, también a diario sabemos que llegan a nuestras costas cadáveres de jóvenes africanos, y también sabemos que a diario muere gente en guerras promovidas por fanatismos religiosos o intereses económicos, y que hay un porcentage enorme de personas que mueren de hambre en el siglo XXI y que de manera incomprensible no se acaba con ella. Conocemos la tragedia del paro aquí mismo, en nuestra propia Comunidad.... ¿crees que que se puede vivir ajeno a esto? ¿Crees que tú o yo, o las personas como tú y yo, podemos hacer algo para conseguir que cesen las causas que producen tanto sufrimiento? No hemos aprendido a vivir con el sufrimiento Pedro, hemos aprendido a vivir con la impotencia.

Un saludo

Irene

Palomas dijo...

Amigo Pedro, creo qque la realidad ha superado los libros, las películas...por aquí se ha planteado la vuelta de la enseñanza religiosa en los colegios públicos. El ingreso de la droga de manera indiscriminada, está causando muchos estragos, los niños que no van a la escuela, el Robo es un trabajo oficializado.
Yo mi amigo, no soy una fanática de la religión. creo en Dios...un Dios común a todos...no acepto la violencia de ninguna forma. Abrazos, buena semana!!!.

LA CASA ENCENDIDA dijo...

La verdad es que cuando lo piensas friamente, comprendes que la realidad siempre supera a la ficción y por desgracia, estos casos son así de crueles y dolorosos.
Muchas gracias por tu visita y comentario.
Saludos

Ariadna dijo...

Uff Pedro que duro, me has roto. La vida es ruin y el ser humano un monstruo

Saludos

Luis Miguel dijo...

un saludo a todos de todo corazón.
La vida es impermanente. Podemos creer que podemos tener cierta seguridad, algo totalmente ilusorio, y pasamos la vida luchando para mantener nuestros logros, como si únicamente dependiera de nuestro esfuerzo.
De hecho el miedo y la inseguridad es la reacción que ha provocado, sin duda, en la totalidad de nosotros lectores este crudo relato.
En cuanto a la respuesta de Juan, diría que posiblemente haría lo mismo, o moriría en el intento. Hace algunos años, una compañera llegó totalmente histérica ante el maestro porque un chico había intentado atracarla, en plena calle, y se había defendido hiriendo a su agresor con el paraguas.
"Bendito paraguas" dijo el venerable lama con una sonrisa.
Gracias a todos por estar ahí fuera.

Luis Miguel dijo...

un saludo a todos de todo corazón.
La vida es impermanente. Podemos creer que podemos tener cierta seguridad, algo totalmente ilusorio, y pasamos la vida luchando para mantener nuestros logros, como si únicamente dependiera de nuestro esfuerzo.
De hecho el miedo y la inseguridad es la reacción que ha provocado, sin duda, en la totalidad de nosotros lectores este crudo relato.
En cuanto a la respuesta de Juan, diría que posiblemente haría lo mismo, o moriría en el intento. Hace algunos años, una compañera llegó totalmente histérica ante el maestro porque un chico había intentado atracarla, en plena calle, y se había defendido hiriendo a su agresor con el paraguas.
"Bendito paraguas" dijo el venerable lama con una sonrisa.
Gracias a todos por estar ahí fuera.

Navi dijo...

Hola Pedro, que relato mas crudo, en una ocasion yo pase por una situacion bastante fuerte, afortunadamente no tanto como la que describes. He de ser sincero, no creo que podamos hacer algo realmente efectivo al respecto, sin duda debemos intentarlo, pero para poder erradicar estas situaciones es necesario erradicar el mal, el mal existe dentro de todos nosotros y lo disfrazamos de religion, dinero, fanatismo, drogas un sin fin de escusas que se siguen actualizando, en mi opinion lo mejor que podemos hacer es defendernos sin demostrar odio para denfendernos nosotros mismos y a los nuestros, pero he de ser sincero yo tambien hubiera terminado a balazos. un saludo.

Palomas dijo...

Pedro, Pedro Hola!!!, te propongo que tengas un Fin de Semana excelente. Besos y abrazos amigo poeta.

Luli dijo...

PEDRO:Por favor necesito tu voz en mi blog, al igual la de todos tus Amigos.

Gracias

Se acordaron de mí: