Huyendo de la vida

martes, 25 de marzo de 2008

Ejercicio correspondiente al taller de literatura donde se nos pide construir un relato a partir del primer párrafo escrito en negrita.

Todo empezó por un número equivocado, el teléfono sonó tres veces en mitad de la noche y la voz al otro lado preguntó por alguien que no era él.
Miguel se volvió a embutir pesadamente en el desvencijado catre escupiendo maldiciones a la noche. No había nada que le molestase más que le interrumpiesen el primer sueño; sabía por experiencia que tardaría en volver a sumergirse en el reparador letargo nocturno, sobre todo esta noche, la primera que pasaba en su triste habitación después de dos años largos vagando sin rumbo fijo por cuartuchos aún más sórdidos y polvorientos, aquellos que su exigua economía podía poner a su alcance. Y todo por un solo error. O quizás no. Miguel empezaba a comprender que sólo podía ser el orgullo de especie dominante el que le hiciese creer que podía ser responsable de los avatares fortuitos que el destino hacía cruzar una y otra vez por su insulsa vida humana; sólo una criatura presumida y arrogante como el hombre podría pensar que es de verdad libre de decidir su oscuro futuro. Estúpidos ignorantes.
El efecto hipnotizante de las titilantes luces de neón del exterior invitando insistentemente a fumar Winston americano empezaron a ejercer sobre los párpados pesados de Miguel sus adormecedoras consecuencias, cuando, de repente, un aterrador pensamiento atravesó su cerebro como un rayo en la media noche, haciéndole saltar de la cama, alejando para siempre el sueño y la calma. “¿Cómo he podido ser tan estúpido?”, pensó con rabia mientras una palabra se dibujaba tenuemente sobre sus apretados labios: “Trampa”.
El largo tiempo que había pasado lejos de la realidad sucia y hostil de su mundo, le habían aletargado los reflejos y la razón, convirtiéndolo en un ser vulnerable, como tantos otros, y colocándole en una posición muy peligrosa. Cómo podía haber supuesto que esa clase de tipos se hubiesen olvidado de él tan fácilmente; gente así nunca olvida; no descansan jamás hasta que no ven pagadas sus deudas. Entonces lo vio claro; “habrán pagado a alguien para que llame cada noche, y yo, como un capullo novato, me he delatado a las primeras de cambio”. En cuestión de segundos se vistió con los raídos vaqueros, la camiseta sucia y las zapatillas deportivas gastadas que constituían todo su atuendo desde hacía semanas. Lamentándose por haberse deshecho tan prontamente de su vieja pipa, dio un salto felino hacia la puerta del apartamento cuando, una acuciante sospecha le paralizó la mano que ya atenazaba el picaporte. Ruidos de pasos precipitados al otro lado. Miguel sabía que este edificio era a todas horas un hervidero de actividad humana poco prudente, pero también conocía la rapidez con la que actuaban los hombres que le buscaban. No podía cometer un nuevo error, pero tampoco tenía tiempo para pensar. Se giró y voló hacia la ventana de la parte trasera; la oscuridad del callejón le proporcionaría refugio. Un par de pasos en la cuerda floja de la cornisa y un pequeño salto hacia la escalera de incendio le ayudarían a franquear los tres pisos de altura que le separaban de la salvación. No había problemas, ya lo había hecho otras veces.
Apenas había podido sortear el primer tramo de la oxidada escalera metálica cuando sus experimentados oídos volvieron a ponerle en alerta. Un chirriar de neumáticos en la misma boca del angosto callejón. Todo el mundo sabe que un sonido así sólo puede significar una cosa. Por el rabillo del ojo los vio salir de un enorme coche del color de la noche; gabardinas oscuras, sombreros negros, no hay tiempo para pensar. Como una rata asustada Miguel salta de nuevo al interior del edificio por un pequeño ventanuco que da al pasillo de la segunda planta. No piensa, sólo corre. Se asoma por la baranda: gabardinas oscuras y sombreros negros suben alborotadamente; la azotea es ahora su salvación. Intuye que en breves momentos se convertirá en una nueva ratonera, pero eso será después, ahora no hay tiempo para pensar. Salta los escalones de dos en dos, tres; cuatro, cinco plantas; el corazón le golpea con insistencia, pero éste, desde su oscura oquedad, no puede adivinar lo que ocurre fuera, en el mundo real, donde se muere o se mata porque sí, porque así son las cosas. Miguel alcanza la pequeña puerta que corona el edificio, “seguro que está cerrada con llave”, se atreve a imaginar. La empuja con fuerza y ésta cede; respira aliviado al tiempo que una bocanada de aire frío y húmedo procedente del cielo estrellado le da las buenas noches. El sudor se le hiela, pero no hay tiempo para pensar. Su mirada se mueve a mayor velocidad que su vista, la cabeza gira y gira, oscuridad y amenazas, amenazas y oscuridad; los cuatro puntos cardinales presentan el mismo aspecto desalentador. Vuelve a correr sin pensar y sin escuchar al atormentado corazón que le grita con más fuerza desde el interior de su oquedad. Ahora no hay tiempo, después. El edificio que se le presenta ante sus ojos es algo más bajo, unos dos metros de distancia, quizá tres. No hay problema, sólo será un salto sin importancia. Toma carrera mientras oye los precipitados pasos a su espalda; gabardinas oscuras, sombreros negros; no hay tiempo para pensar. Corre, salta, son más de tres metros, puede que hasta cuatro, no se sabe, qué más da. Cae a varios metros del pretil; ahora son los pies y el hombro sobre el que ha rodado los que le gritan, déjalo ya, todo esto es una locura, no hay salvación. Pero no hay tiempo para escuchar, qué sabrán ellos. Miguel corre entre un bosque de humeantes chimeneas ennegrecidas y antenas oxidadas. Su corazón se vuelve más osado por momentos, si no lo dejas ya seré yo quien lo haga, le amenaza, ya no eres el jovenzuelo inquieto e indomable de hace unos años. Pero no hay tiempo para pensar.
Sólo un metro le separa de la puerta de chapa que se ha convertido por ahora en su salvación, cuando siente junto a su cabeza un silbido escalofriante al mismo tiempo que ve saltar frente a sus ojos un trozo de ladrillo de la pared que ya tiene a su alcance. Armas con silenciador, esta gente piensa en todo; así evitarán la llegada de la policía entorpeciendo sus quehaceres. Ahora es cuando su corazón, piernas y músculos encuentran un aliado excepcional; también se les une el cerebro. Estás perdido, no hay nada que hacer, este disparo ha pasado cerca, el próximo será definitivo. Pero la pequeña portezuela se abre y cobija a Miguel tras de sí. No hay tiempo para pensar, sólo para correr.
Más escaleras. Sus pulmones protestan furiosamente, no puedes seguir. Pero no hay tiempo para pensar. Salta los escalones de tres en tres. Cuarta planta, tercera, segunda, primera; sus ojos se levantan mientras gira bruscamente entre dos tramos de escalera; gabardinas oscuras, sombreros negros. No hay tiempo para pensar. El portal salvador ya está a su alcance, un último empujón y podrá perderse en la oscuridad de la noche. Allí estará a salvo.
Pero en esta ocasión la noche le saluda con un terrible golpe en la cabeza que lo derriba sin remedio contra el sucio suelo acerado, haciéndole perder a un tiempo la conciencia y la libertad.
Cuando sus ojos se abren a la vida y su mente a la realidad, la totalidad de su cuerpo se pone de acuerdo para gritarle “ya te lo advertimos”. El dolor de la cabeza es punzante, casi insoportable, pero la negrura del cañón de una Magnum a un palmo de distancia es motivo más que suficiente para no pensar en ello. Al fondo del brazo que la sostiene, el rostro indolente de Toni el Gordo.
–Sa... sabes que fue inevitable, Toni –consigue articular Miguel con un hilillo de sangre corriéndole por la comisura de la boca–. Tu hermano venía a por mí, tuve que hacerlo, no me dejó otra opción.
–Mi hermano era un desgraciado –dice Toni impasible sin apartar el arma–, merecía morir.
Un rayito de esperanza cruza la mente de Miguel durante un breve instante.
–También tú eres un desgraciado, Miguel –continúa el mafioso con el mismo tono de voz inexpresivo–. Y también mereces la muerte.
El rayito se esfumó tal como vino, con la premura que precede al olvido. Ahora sí podía pensar, pero ya era tarde. Justo cuando el tenebroso pasillo oscuro que le encañonaba se lo tragó por completo y para siempre, una lúcida idea aterrizó en su mente: “Ahora ya soy libre”.

12 Consejos, saludos, propuestas...:

Neurotransmisores dijo...

Una vez muerto ya no se tiene miedo a la muerte.

La gata Roma dijo...

Juas, tengo el corazón que se me va a salir por la bca... todas esas escaleras... Tras tanto agobio al final se muere... es liberador claro, y aún existen aquellos que venden su vida cara, cuestión de supervivencia u honor.
Kisses

Evan dijo...

Leerte resulta muy gratificante, sabés?? Me cansé de con esas escaleras... el cuento se sintió hasta aquí ;)

Un beso!

Sibyla dijo...

Mi corazón latía al ritmo del de Miguel, veía tras de mí a los hombres con gabardinas oscuras y sombreros negros!
Magnífico relato... y sí, al final podía ser libre al fín!

Un abrazo:)

Fermina Daza dijo...

Pedro, has conseguido darle a la narración mucho dinamismo y acción, creando la atmófera idónea para vivir una persecución salvaje en toda regla. Muy bien las descripciones de personajes y entorno. He podido ver a Miguel con sus viejos vaqueros y raída camiseta corriento entre chimeneas y antenas en la oscuridad de la noche. Muy, muy bien. Te felicito.

Abrazo

Graciela de Palomas de Papel dijo...

PEDRO, estoy con taquicardia, agotada por las escaleras que he subido y el temor.
FELICITACIONES!!!, me has hecho vivir una película de acción.
Miles de Chuik, Chuik y abrazos perfumados con el aire de mi ciudad...no te quedes con todo!!!, reparte con tu amada.

anamorgana dijo...

Estoy cansada, de correr con el pobre hombre. La muerte cuando llega es una liberación, ya se es libre. Supongo. Saludos
Me ha encantado el relato
anamrgana

Mujer con piernas dijo...

Es muy desgarrador. Tienes un punto trágico bastante real por otro lado. Quiero decir que la vida misma tiene ese lado así que también la debemos tener en cuenta nosotros, para noser ni presumidos ni presuntuosos.
besísimo.

SAUVIGNONA dijo...

buena voy a realcionar las escaleras por mi eleccio a ellas...nunca elijo el ascensor...que suene a comico..y sabes pedro querido?,,conmi post no quise estresarte solo quise dar un poco de humor contando lo que me pasa besines

Navi dijo...

Hola Pedro, despues de un breve extravio ya estoy de regreso por aqui, es agradable regresar y encontrar posts tan buenos como es costumbre. Solo hubo una cosa que me retumba mas en la cabeza, Toni el Gordo, en los simpson el mafioso local tambien se llama Toni el Gordo no?. Excelente post, un abrazo desde Mexico.

mpiryko dijo...

Hola Pedro,
Como mas que crecer estoy met-amorfo-seando, al menos, en el ciberespacio, te apunto mi nuevo rincón: http://alycie.wordpress.com/mpira/
¡Saludos mpiryko!

caselo dijo...

No me vuelvas a hacer esto Pedro. Como se te ocurre ponerme a correr al lado de Miguel, bajar y subir tantos escalones, saltar, sudar... Yo no hago ejercicio, me sacaste el sobre peso de mis cinco kilos...

Aplausos desde Colombia, realmente nos hiciste entrar en la trama; parecía en medio de una película y me sentí perseguido, asustado, fuera de mí.
Un abrazo y sinceras felcitaciones

Carlos Eduardo

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